Hmmm...

Recitar un soneto en calzoncillos

Qué casualidades tiene la vida. Hace prácticamente un año que publiqué en esta misma sección un artículo duro, crítico y desolado sobre la situación del teatro clásico en España y sobre las poquísimas esperanzas que me transmitía el nombramiento de Helena Pimenta como directora del Centro Nacional de Teatro Clásico.

Me acordaba poco y mal de aquella pieza porque la exigencia semanal a la que ustedes me someten me lleva de un tema para otro sin terminar de detenerme en ninguno, pero es el caso que el otro día cayó en mis manos una invitación para el Teatro Pavón y una vez más me fui para allá a echar la tarde. (Un paréntesis: de las salas públicas que hay en España, ésta es la única para la que consigo invitaciones de tarde en tarde. Da la casualidad de que es también, con mucho, la más barata: a ver si el gabinete de prensa del Real se da por aludido).

No era la primera vez que iba al Pavón desde el relevo en la dirección general. He visto varias cosas de la nueva etapa, entre ellas La vida es sueño, una producción correcta y resultona contra la que no tengo nada salvo el hecho de su sobrevaloración mediática, sin duda por la presencia de una destacada actriz televisiva entre su elenco. Pero sí era la primera vez que veía en esta nueva etapa a la Joven Compañía, una especie de cara B o de versión amateur de la titular del teatro, que se creó en 2007 para jóvenes menores de treinta años. En etapas anteriores, la Joven había hecho cosas muy dignas y aún recuerdo con agrado una noche en Olmedo disfrutando del entusiasmo y la calidad con que actuaron para cuatro vejestorios que andábamos por allí circunstancialmente y como desganados.

Una inevitable palinodia

Pero esta vez la Joven me ha marcado. Su puesta en escena de la lopesca La noche toledana me obliga a una palinodia, al menos parcial, de algunas de las cosas que escribí hace un año.

Recordarán ustedes que el problema que planteábamos entonces era el adecuado equilibrio entre clasicismo y modernidad, asunto sobre el que ya se detuvo en su día con mucho aprovechamiento don Ítalo Calvino y sobre el que yo mismo les aburrí en una de mis primeras colaboraciones en este diario que tan caritativamente me acoge. Acercarnos a los clásicos (y lo que es peor: ¡gastarnos el dinero público en su puesta en escena!) solo puede tener sentido si lo que el clásico nos dice resuena en nosotros con viveza y nos ayuda a entender nuestras preocupaciones de ahora mismo. O, más simple aún: si nos divierte y nos entretiene con criterios actuales, más allá de los valores intrínsecos que le correspondan como pieza de arqueología. Yo escribía entonces que somos nosotros los que tenemos que hacer el esfuerzo de entender a los clásicos y no estos los que tienen que adaptarse a nosotros. Pero esto es solo verdad a medias. Entre el autor clásico y el público final –más aún si se trata de teatro- hay unos cuantos intervinientes con un papel significativo para hacer viable el entendimiento. Que sepan hacer su tarea de forma equilibrada es la clave del éxito. Y creo que en La noche toledana todos los intervinientes aciertan. Todos, que ya es decir.

Acierta en primer lugar Lope de Vega, que escribe una de esas obras menores suyas que hubiera sido mayor de haber sido firmada por cualquier otro con menos obras maestras a sus espaldas. La noche toledana es un vodevil, una comedia disparatada y llena de enredos que probablemente se despachó en dos tardes pero que tiene todos los ingredientes del buen teatro: personajes simpáticos, humor, ritmo, sentido crítico, tensión dramática y un guiño feminista (del siglo XVII, claro: tampoco hay que exagerar) que sin duda le ayudó a conquistar el creciente público femenino de la época.

Acierta el adaptador, Daniel Pérez, de quien no sé absolutamente nada pero al que aplaudo por su delicado tacto para limpiar el texto, sin pasarse, de arcaísmos innecesarios y de cargantes referencias mitológicas, incomprensibles para el espectador de hoy.

Aciertan los actores, todos admirables en la difícil tarea de decir el verso, aunque sostengo la peregrina teoría de que las chicas están más dotadas que los chicos para mantener la dicción adecuada en la complicada concatenación de los octosílabos barrocos. Espero que alguna beca científica de las que ahora proliferan sirva para verificar científicamente esta hipótesis de género.

Aciertan los escenógrafos en la construcción de un espacio y un vestuario extraordinariamente atemporales y sugerentes, de modo que estamos al mismo tiempo en el ahora y en el antes, sin que la circunstancia temporal tenga importancia en el desarrollo de la trama, como no la tiene la ciudad castellano-manchega que la aloja.

Y desde luego acierta el director, Carlos Marchena, dado unidad a todo y ofreciendo un espectáculo completo y reconfortante.

Ese momento clave

Hay un momento, al comienzo del tercer acto (creo, porque la obra se desarrolla sin interrupciones, en otro gesto muy de agradecer) en que el Capitán Acevedo sale en ropa interior de su cuarto y, en mitad de la noche llena de enredos y sorpresas, exclama: "Negra, desaseada, descompuesta, desaceitada noche…" y, a partir de ahí, enhebra uno de esos hermosos sonetos lopescos que hay que saber decir para que el ritmo se sostenga. Pues bien, hacer eso en calzoncillos, recitar ese largo parlamento de tal guisa sin que se rompa la tensión dramática está al alcance de muy pocos. Lo intentó Calixto Bieito en un Rey Lear de hace ocho años y solo consiguió, para mi gusto, que el buen actor que es José María Pou hiciera un tanto el ridículo. Esta vez en cambio, Marchena logra que el joven Manuel Moya salga bien librado del empeño. Y lo logra porque, a diferencia de Bieito, Marchena hace la apuesta con modestia, con respeto y con cierta ironía, como quitándose importancia. Exactamente el modo en que conviene acometer los retos.

La obra, insisto, es de diez, y ya solo falta que vaya el público a verla. Sospecho que esto no es tan fácil y que, al final, sumando giras, el número de espectadores totales de La noche toledana no sobrepasará un número de cuatro cifras. Pero de ello no es responsable ninguno de los partícipes en la obra ni de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Y, puesto a rematar mi palinodia, seré consecuente con el sentido crítico que en estas páginas enarbolo y diré con claridad que en esta ocasión, y sin que sirva de precedente, me equivoqué yo: Helena Pimenta fue un buen nombramiento. No me convencen algunas de sus propuestas, pero en general está sabiendo mantener el tono y la altura de sus antecesores en un momento especialmente difícil, en el que me imagino los equilibrios presupuestarios con los que tiene que lidiar. La noche toledana es una muestra brillante de su buen hacer. Y hay que saber reconocérselo.


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