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Queridísimos vampiros

Casi todo el mérito de John William Polidori para pasar a la historia estriba en que supo estar en el momento oportuno en el lugar oportuno con los acompañantes oportunos. Momento: la noche del 17 de junio de 1816. Lugar: las afueras de Ginebra. Acompañantes: el poeta Lord Byron, al que Polidori asistía como médico; el también poeta Percy Shelley; la esposa de este, Mary, y algunas personas más, que a nuestros efectos son irrelevantes.

Ya saben ustedes, porque se ha contado millones de veces, que aquella famosa noche, todos encerrados en una casa de campo en medio de una aterradora tormenta, nació el doctor Frankenstein y su famosa criatura, en una obrita, luego reescrita un par de veces, que ha consagrado para siempre a la entonces jovencísima Mary Shelley, Wollstonecraft de soltera.

Es menos sabido que también Polidori escribió una narración aquella noche, Ernestus Berchtold o el moderno Edipo, bastante mala en lo literario, pero llamativa en la temática, y que dos años después, muy  enfadado ya con el pedante e insufrible lord Byron, el médico se vengó de su paciente mediante un método poco usual: escribiendo un cuento, The Vampyre, también literariamente malo pero rigurosamente fundacional y, en consecuencia, rabiosamente moderno.

Vigencia de los vampiros

La figura del vampiro no era, a comienzos del XIX, ni nueva ni desconocida. A partir de leyendas centroeuropeas había circulado por todas las literaturas occidentales y formaba parte del portfolio con el que el género de terror alimentaba las necesidades que el ser humano tiene de canalizar sus miedos y sus angustias.

Pero los vampiros que había habido hasta entonces pertenecían al mundo rural, a las lejanías de países y paisajes desconocidos y exóticos, a figuras vinculadas a tiempos antiguos y a costumbres ancestrales.

Polidori es el primero que crea un vampiro burgués, un gentleman, un hombre de clase media. No dotemos al joven galeno de una especial capacidad innovadora: lo único que buscaba era zaherir a Byron, que lo había humillado sistemáticamente, y qué mejor modo de hacerlo que transmutándolo en un personaje, Lord Ruthven, bastante deleznable, que solo vive y disfruta sacando la sangre de otros y alimentándose de ella. Pero en esa broma macabra dio Polidori con la clave interpretativa del nuevo mundo que empezaba a plasmarse: el mundo precapitalista de la  primera revolución industrial, en el que, desmoronado el orden tradicional del entramado absolutista, surgen amenazas nuevas e imprevisibles, elementos ordinarios de nuestra más cercana realidad que provocan alguna forma de temor o de rechazo.

Estamos, no lo olvidemos, en 1819. Además de la inseguridad política, o, mejor aún, por encima de ella, la inseguridad socioeconómica se ha instalado en el siglo. No es que se viva peor –objetivamente, y considerada la población en su conjunto, es todo lo contrario- pero se vive con más incertidumbre. Y la amenaza del vampiro ya no es una referencia lejana, ligada a países lejanos y a la naturaleza incontrolable, sino que se yergue sobre nosotros, que ya no sabemos ni a quién tenemos al lado ni qué va a ser de nuestro estatus. Una situación por cierto, que a lo mejor les suena.

Casi un siglo después, el mundo vuelve a desmoronarse. Del romanticismo ya nadie se acuerda (si acaso, en la atrasada España, se consumen los últimos rescoldos). A lo largo de la segunda mitad del siglo, la Inglaterra colonial, bajo el mando de hierro de la reina Victoria, ha marcado pautas y valores de una firmeza implacable: ser blanco, varón, heterosexual y burgués es lo más que se puede ser en esta vida. Solo que, frente a este discurso oficial, se opone, como suele ocurrir siempre, la realidad misma y su avance implacable resquebraja la solidez del modelo victoriano. Los intelectuales británicos empiezan a verlas venir: Bernard Shaw introduce a las prostitutas en medio del puritano discurso dominante, Oscar Wilde paga con su libertad y su vida la osadía de salir del armario... y un escritor de segunda fila, Bram Stoker, recupera, con Drácula, la figura del vampiro y la devuelve a nuestro imaginario más próximo.

De Drácula al reality

No es que entre Polidori y Stoker nadie más se acordara de los vampiros. Al contrario: la novela gótica atraviesa todo el siglo diecinueve con su caterva de figuras degeneradas,  apariciones y seres sanguinarios, de manera que los vampiros se desenvuelven en ese periodo como monstruos por su casa, incluso con algunos títulos y arquetipos de relativo interés. Pero la importancia del Drácula de Stoker es que, como el vampiro de Polidori, sirve para dinamitar una época e inaugurar otra distinta: baste señalar (porque no esperarán ustedes que me ponga ahora a desarrollar una tesis), por ejemplo, el deliberado toque sexual de su propuesta  (¡con la reina todavía en el trono!), la Nueva Mujer que encarna la protagonista Mina Murray-Harker, o el simbolismo de subversión que representa el extranjero conde transilvano una vez adentrado en el mismísimo corazón del imperio. El Drácula de Stoker (a no confundir con  la versión cinematográfica de Coppola, tan irrespetuosa con el original y tan condicionada por la perturbadora presencia de Winona Ryder) abre la puerta a la modernidad desoladora del siglo veinte: a sus incertidumbres, a su miedos, a sus desastres.

Por fin,  casi un siglo después, Anne Rice retoma el mito y lo reactiva. Su Entrevista con el vampiro -hagamos elusión de sus epígonos- es una brillante puesta a punto de la cuestión.  El nuevo vampiro, el vampiro posmoderno a las puertas del siglo veintiuno, no solo está entre nosotros y resulta casi indistinguible, sino que además es guapo, y listo, y sensible. Es un tipo que sufre, y que busca, y que se desespera, como cualquiera de nosotros. No es que esté junto a nosotros: es que podemos ser nosotros. Y, en la medida en que se acerca tanto, deja de dar miedo, deja de ser una amenaza y un riesgo, para convertirse en un elemento más de la realidad con el que hay que convivir. Por eso la serie de televisión surgida de este nuevo vampirismo es tan aburrida: parece un reality de nuestra propia cotidianeidad.


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