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Precio fijo para los yogures

Mi buen amigo Fernando Valverde, veterano presidente de los libreros españoles, pidió hace poco que se mantenga el precio fijo del libro, porque así se garantiza que "cualquier libro, la cultura escrita, llegue en las mismas condiciones a todos los ciudadanos de todo el territorio". Esta reivindicación es un clásico que se repite más o menos con las mismas palabras desde hace años, sobre todo cuando hay cambio de Gobierno o movimientos bruscos en la Administración, y a veces sin que los haya, simplemente a modo de mantra destinado a perpetuar el discurso sostenido del sector.

Antes de adentrarnos en la hermenéutica de la cosa, conviene fijar algunas ideas que mis fieles lectores conocen perfectamente, pero que a veces tienden a olvidarse. Por ejemplo, que cuando hablamos de precio fijo no nos referimos a que sea el Estado quien establezca la cuantía de cada libro, como por ejemplo sucede con los carburantes o con la tarifa de la luz, como sucedió en tiempos con la del teléfono y como pasaba, hace más tiempo todavía, con productos básicos como el pan. No. Precio fijo quiere decir que es el editor quien establece la cantidad por la que debe expenderse cada ejemplar y el expendedor –es decir, el librero- tiene que ajustarse a ella -con algunas pequeñas salvedades que ahora no vienen al caso.

Yo nunca he entendido bien la filosofía del precio fijo.  Un comercio, como se sabe, dispone de tres variables para atraer al comprador: precio, calidad y servicio. En la librería dos de las tres variables no existen puesto que el precio viene ya marcado y el asunto de la calidad no procede en la medida en que cualquier título puede estar disponible en cualquier momento sin riesgo de que se estropee, como les sucede, por contra, a los tomates. En consecuencia, la competencia en el mundo del libro es apenas perceptible y el lector de libro tradicional (omito aquí todo lo referente al mundo digital) se queda con poco margen para la elección.

A esto se refiere el amigo Valverde cuando dice que el libro llega en las mismas condiciones a todo el territorio. Lo que quiere decir es que llega en las mismas (caras) condiciones, en las que la editorial (y no el humilde librero) se empeña en imponer. Yo, ya digo, nunca lo he entendido, sin duda por alguna limitación innata para asuntos de tanto fuste, pero hay gente que de esto sabe mucho y lleva años teorizando sobre la cuestión.  Una vez, cuando yo era joven y aún más indocumentado que ahora, quise debatir el tema con uno de estos expertos, quien, sin darme tiempo a nada, con solo poner la cuestión sobre el tapete, me espetó: “Juan, esta es una cuestión estratégica”, frase que textualmente no significaba nada pero que, traducida de acuerdo con el tono y el contexto en que la pronunció, quería decir: “Esto es un dogma de fe”.  Respetuoso como soy con todos los dogmas, siempre que no me obliguen a creer en ellos, dejé de poner en duda desde entonces el del precio fijo del libro, y me dediqué a extraer las consecuencias lógicas de tan estratégica posición.

Veamos. Con el precio fijo se intenta proteger a un bien superior -como es, al parecer, el libro, es decir, todos los libros- de una mezquindad tan enorme como es el comercio, es decir, el intercambio libre de bienes y servicios entre personas libres. Bien, aceptemos esto como hipótesis, puesto que tal es la esencia misma del dogma. Pero estarán de acuerdo conmigo en que hay otros bienes, que no son libros pero sí alta cultura, que también merecerían ser protegidos por el mismo o similar procedimiento. ¿Por qué no se estableció nunca el precio fijo para los discos – y tal vez por eso ahora están agonizando? ¿Por qué no ponemos precio fijo a la ópera –y de paso, un precio fijo algo más asequible de lo usual? ¿Por qué no a las obras de arte plástico que se ofrecen en la galerías?  ¿Y a los conciertos de jazz en las diferentes salas y festivales por los que se prodiga?¿Y al cine?, ¿por qué no hacemos que sean las productoras las que fijen el precio de venta al público de cada una de sus películas, en lugar de ser las salas las que lo establecen en función de las características de su oferta y de las previsiones de la demanda?

Pero, puestos a llevar el procedimiento hasta sus últimas consecuencias, hay que salir del terreno de la cultura y entrar en el de los productos y servicios de primera necesidad. Porque no parece justo que "cualquier libro llegue en las mismas condiciones a todos los ciudadanos de todo el territorio" y, sin embargo, los yogures, por poner un ejemplo de alimento básico, los pague a precio diferente un habitante de Lanzarote que otro de Huesca o de Vinaroz. O un ciudadano que compre en un low cost pague por él menos que otro que vaya a un supermercado de proximidad. ¿Y el chorizo de cantimpalos? , ¿no es un producto básico que merece estar al alcance de todos por el mismo precio? ¿Y el pan?, ¿cómo se justifica que en unos sitios valga treinta céntimos y se vaya por encima del euro, y hasta más, en sitios especialmente sofisticados? Podríamos seguir con muchos más productos y servicios, pero no es cosa de ponerse pesados. Lo que quería decir, dicho queda: puesto que el dogma del precio fijo de los libros no puede discutirse, aceptemos su bondad y en consecuencia elevémoslo a dogma de carácter universal: precio fijo para todo y se acabó la discusión.


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