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Poetas andaluces de hace poco

En los primerísimos ochenta tuve la fortuna de ser galardonado en uno de los premios andaluces más renombrados de entonces y tal honor me dio pie para conocer y tratar en años sucesivos a un buen número de poetas de aquella región. Conocía bien el poema que Rafael Alberti había escrito en 1953 reclamando poetas andaluces de ahora y aquella inmersión me dio la tranquilidad de comprobar que la proclama de nuestro Marinero en Tierra había sido escuchada. Después, por esas cosas de la vida, he perdido contacto con todos ellos –y por eso los referiré en pasado, pese a seguir todos, por suerte, vivos y en activo-, pero conservo un buen recuerdo, alguna sabiduría y la convicción de que, siendo todos bien distintos en calidad y estilos, los unía, y seguramente los une, el rasgo común de su andalucismo.

Uno de los primeros que conocí fue el poeta cordobés Manuel de César, el más joven exponente del grupo Cántico, impulsor de un sinfín de iniciativas culturales y literarias en su comarca y cocreador del premio de poesía Ricardo Molina. De Manuel he leído poco, porque él es de poco escribir y de menos publicar, pero me ha parecido siempre que su poesía es un fiel trasunto de sí mismo: breve, melancólica, mohína, una como ensimismada búsqueda juanramoniana de la palabra exacta.

En el extremo opuesto, al menos aparente, se encuentra Pedro Rodríguez Pacheco, con el que compartí caseta de firmas en una feria del libro de provincias. Esto fue hace muchos, muchísimos años, y me asombraba entonces qué capacidad, la de Rodriguez Pacheco, de hacerse con el público a base de dedicatorias vibrantes y frases acertadas. Nunca se me han dado bien ninguna de las dos. Al contrario que Manuel de César, Rodriguez Pacheco ha ido acumulando durante años una obra ingente y sólida, dicho sea esto último valiéndome de las distintas acepciones que la Academia le concede a este adjetivo. No me disgusta cuando lo leo, aunque tengo la sensación, dios me perdone, de leer siempre lo mismo.

De tarde en tarde me reencuentro con la figura insólita y extravagante de Pablo del Barco, sevillano, profesor, editor y estudioso de las vanguardias. Vanguardista él mismo, admiré en él, cuando tuve el honor de conocerlo, su atrevimiento formal en un tiempo y un espacio en el que los poetas andaluces se aferraban al endecasílabo como a un tinto de verano en pleno ferragosto. La vanguardia de Pablo, cuando uno profundizaba en ella, tampoco daba para mucho pero al menos era honesta. Editaba a gente joven y necesitada –a mí nunca me consideró ninguna de las dos cosas- en formatos atrevidos y ediciones raras. Estaba siempre enfadado, pero eso lo entiendo: ni siquiera entonces era fácil nadar contracorriente.

Sevillana era también María Sanz, de la que siempre admiré su sosiego y su modestia. Hace tiempo que no encuentro nada suyo, pero la he visto mantenerse en un buen tono de poesía personalista y mística, introspectiva y refinada, sostenida sobre buenas lecturas y sobre mucha honestidad intelectualidad. Hablamos un par de veces por teléfono, al hilo también de algún premio literario, pero no nos vimos nunca.

Tampoco he conocido personalmente a Javier Salvago, pero he convivido con él y con su poesía durante tantos años que parece como que sí. Quien se haya movido en los círculos de la poesía de la experiencia ha tenido que rendir pleitesía a este maestro del prosaísmo, uno de los tipos más capaces que conozco de decir cosas interesantes del modo más llano y más vulgar. Si Salvago se hubiera propuesto ser Góngora nunca lo hubiera conseguido: su acierto ha sido no proponérselo ni por asomo. Y su poesía sigue manteniendo una vigencia sorprendente.

No cabe decir lo mismo del que fue, sin duda, el gran líder de la poesía de la experiencia en su vertiente andaluza. Al granadino Luis García Montero lo empecé a leer y a admirar cuando los dos éramos unos críos y los dioses premiaron mi devoción y mi entrega cuando el gran poeta, ya sobradamente consagrado, leyó un poema mío en una televisión pública. El poema no era malo –quizá un poco ingenuo, solamente-, de manera que no tengo motivos para avergonzarme si un día lo encuentro circulando por ahí. En cuanto a Luis, bueno, todos nos hacemos mayores…

El también sevillano Pedro Torres Curiel hubiera podido llegar muy lejos de no ser por su perfeccionismo rayano en lo obsesivo y por su pesimismo hipocondriaco. Profesoral, analítico, obcecado, más que escribir poemas los cincelaba, y ya se sabe que trabajar sobre mármol lleva mucho tiempo. Visto con distancia, echo de menos en su poesía de los años en que nos tratamos algo más de riesgo formal y algo menos de clasicismo impostado. Pero era bueno, Pedro, muy bueno. Y tiene publicada una novela, Bajo la absolución de los árboles, que alguien con criterio y capacidad debería ocuparse de rescatar del olvido.

Pero mi ídolo, de entre los poetas andaluces que he tenido la fortuna de conocer, no es andaluz sino extremeño, aunque sus largos años de residencia en Sevilla le han proporcionado la pátina y la legitimidad suficientes para figurar entre ellos. José Antonio Ramírez Lozanoes un caso admirable: casi sesenta libros publicados, la mitad poesía y ficción la otra mitad, escritos todos ellos sobre dos premisas a las que ha sido fiel toda su vida: el juego con las palabras y la imaginación aplicada a lo cotidiano. La clave de Ramírez Lozano, tal como a mí me ha parecido siempre, ha estado en no tomarse nunca nada en serio: no me refiero a la vida, que eso es bastante fácil, sino ni siquiera a sí mismo, a su papel de escritor, al tinglado este, tremendo y engolado, de la literatura y sus mundos. José Antonio ha escrito como quien respira y, como los que practican yoga o pilates, ha respirado muy bien, con hallazgos envidiables a los que ha sabido darles la importancia justa. Hace años, un ensayista de tecla en ristre de cuyo nombre me acuerdo perfectamente lanzó un durísimo ataque contra Ramírez Lozano por la ligereza con la que este utiliza materiales, recicla personajes o poetiza fragmentos que en otras ocasiones fueron prosa. El sesudo ensayista no había entendido nada sobre el juego perpetuo en el que José Antonio transcurre. Sí lo entendió mi hijo, cuando era bien pequeño, y se quedó prendido en algunos guiños de aquel poeta calvo y barbudo que cuando venía por casa dejaba los poemas jugando por el aire:

La carcoma, qué glotona.

De mañana desayuna su poquito de caoba.

Para almuerzo, lapicero.

Para cena, virutillas del palito de la escoba.

Y en el día de su santo,

¿sabes qué?

Caballitos de ajedrez.


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