Hmmm...

El Planeta como síntoma

Que el Premio Planeta es un fraude, un certamen amañado y tramposo, no parece a estas alturas un asunto que resulte necesario descubrir. Si alguien aún no lo sabe o alberga alguna duda al respecto, basta con que eche un vistazo a la extensa hemeroteca existente y que aquí, para mi gusto, está perfectamente sintetizada. Es sabido que incluso el propio señor Lara, dueño y señor del premio, se permite referirse al asunto con bastante nitidez.

Trampas, pues. Un jugoso negocio sustentado sobre la credulidad de muchos, la complicidad de unos cuantos y la permisividad de todos. En rigor, y analizando toda la tramoya del tinglado planetario, se trata en apariencia de un juego win-win -por decirlo en la pedantesca neoparla ejecutiva-, en el que nadie sale directamente perjudicado, ni siquiera los más de quinientos crédulos que cada año envían su original al concurso y en los que opera un mecanismo tan rabiosamente humano como es el de aspirar a quedarse con las sobras del banquete (no aspiro a ganar, porque eso es imposible, pero tal vez mi novela interese a la editorial para su lanzamiento por las vías ordinarias, o algún miembro del jurado se sienta atraído por ella y la apadrine en otro sitio, o mi prosa enamore y me llamen para ser el negro de alguien… La naturaleza humana, sobre todo en estado de necesidad, es capaz de agarrarse a los sueños más inverosímiles). Nadie pierde, digo, salvo la literatura, los lectores y ese valor tan antiguo y maltrecho que antes se llamaba la honradez.

La argumentación que se ha dado siempre para justificar este atropello es que se trata de un negocio impulsado por una empresa privada que actúa en la legítima búsqueda del beneficio. El señor Lara es muy dado a referirse con facundia y desparpajo a su negocio editorial y a hablar de los libros desde su más cruda vertiente comercial. Y eso está bien, desde luego. En un país en el que tradicionalmente está mal vista la búsqueda del beneficio económico, en un tiempo en que la neolengua progre se ha inventado lo del emprendimiento para que sus detentadores puedan ejercer libremente su actividad sin caer en el bochornoso reconocimiento de que son empresarios, en este país y en este tiempo, digo, está bien que el señor Lara saque pecho y enseñe sus cartas con claridad.

Si no fuera, claro, porque se trata de cartas marcadas. El problema es que el señor Lara, el tinglado del Planeta, está montado sobre un sector especialmente protegido y especialmente resguardado de los avatares del intercambio libre de bienes y servicios. El mundo del libro goza de privilegios que le están vedados a cualquier otro sector productivo o comercial, bien sea mediante un IVA reducido o mediante el pintoresco procedimiento del precio fijo, al que ya me he referido en estas mismas páginas.

El mundo del libro se ha venido apoyando históricamente en el respaldo público del Estado con el argumento de que leer es muy importante, como si lo fueran menos otras actividades no tan protegidas o como si todo lo que se lee mereciera la pena. Pues bien, ese respaldo público, que se sustancia con el dinero de todos -vía subvenciones o vía favorable trato fiscal-, no puede enlodarse con procedimientos de dudosa seriedad como los que utiliza sin rebozo alguno el Premio Planeta.

Y, con ser todo esto grave, no es sin embargo lo más grave. Lo que escandaliza, lo que avergüenza, lo que irrita es asistir todos los años a la escandalosa mascarada de nuestros intelectuales rindiendo pleitesía al patrón de cuyo talonario penden sus garbanzos; a la bochornosa ceremonia de un titular de Cultura y un presidente de la Generalidad de Cataluña aplicando pátina de Estado a la vulgar mamarrachada; a la desvergonzada hipocresía de los medios, -tan críticos con los mercados, tan implacables con los políticos, tan vestidos de arrogancia y prepotencia cuando se trata de dar lecciones de honestidad-, que no tienen empacho alguno en participar en la farsa, disfrazando de discurso cultural lo que no es sino una broma de mal gusto.

El Premio Planeta, en efecto, es un insulto a la inteligencia de quienes creemos que la cultura no se resuelve con cheques ni con bromas. Y lo peor es que no se trata de una excepción, sino de un síntoma. De una enfermedad que aqueja a todo el sector y que ni siquiera la crisis tiene pinta de poner en cuarentena: esa mezcla de intereses inconfesables, falacias discursivas, arribismo pendenciero y afán de protagonismo, envolviendo, hasta asfixiarla, la buena voluntad de unos cuantos y el buen hacer de algunos.

El día en que ningún medio cubra el acto del fallo del Planeta empezaré a pensar que esto tiene arreglo.


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