Hmmm...

Palinodia

Me piden algunos lectores que cante la palinodia de mi anterior artículo porque entienden que he faltado a la verdad en algún punto. Voy a intentarlo aunque, analizándolos uno por uno, no veo contradicción alguna entre mis afirmaciones y las de quienes me demandan rectificación, de modo que solo una pésima exposición de mis ideas ha podido llevar a tal malentendido.

El punto primero de mi palinodia tiene que ver con la anécdota que contaba de una joven periodista que para consultar el régimen del verbo proveer acudía a un foro de internet en lugar de remitirse al Diccionario -y lo escribiremos con mayúscula para dejar claro que no nos referimos a un diccionario cualquiera. Confirmo la veracidad de la anécdota en todos sus detalles: perdonen que no les revele la fuente, pero la mía es tan seria que, en comparación, dejaría al Garganta Profunda de Watergate a la altura del pequeño Nicolás. Ignoro si la redactora había ignorado el Diccionario y se había ido directamente al foro –y, en tal caso, el prestigio de la RAE como fuente de autoridad no sale bien parado- o lo miró y no fue capaz de entenderlo, en cuyo caso los códigos de información de la RAE no conectan con los jóvenes profesionales.

Añado algo más: algunos de ustedes se referían con mucho entusiasmo al Panhispánico de Dudas, con el que yo también paso mis buenos ratos, y a las 25 líneas que le dedica al asunto del verbo proveer, del que dice que puede ser de todo, transitivo, intransitivo y mediopensionista. Pero nuestra joven de la anécdota no dispone de tanto tiempo como ustedes y yo: ella, en el mejor de los casos, acudió o hubiera acudido solo al clásico Diccionario de la Lengua Española y allí hubiera visto que las cinco primeras acepciones de proveer lo dan como transitivo y la sexta como pronominal. El uso intransitivo no se contempla, vayan ustedes a saber por qué.

Asunto aclarado, pues: no queda resuelto con claridad el régimen de proveer, pero ya sabemos que nuestra periodista pasa de la Academia. Quod erat demonstrandum.

Aclarando el busilis

Otro grupo de lectores me recrimina que en mi artículo no ponga en valor las extraordinarias aportaciones de la Academia en pro del español. Miguel González Somovilla, responsable de Comunicación de la RAE, tiene la amabilidad de entrar en mi blog para detallarme la ingente obra emanada de tan sabia institución y para ofrecerse con toda generosidad por si en un futuro necesito más aclaraciones. Y se lo agradezco, pero las que me da son suficientes.

A ver si nos entendemos. Nunca he dicho que en la Academia no trabajen. No es de eso de lo que estábamos hablando. Nunca he dicho que sus materiales no sean de excelente calidad: en sus filas hay gente de reconocidísimo prestigio y sería un milagro que no fueran capaces de trasmitirlo a sus tareas. Nunca he dicho que muchos de esos materiales no sean de extraordinaria utilidad: pese a las bromas que hago respecto a la institución, el enlace a la RAE es una de los pocos que mantengo siempre visible en la barra de herramientas de mi ordenador. No: de todo eso no pueden ustedes pedirme que me retracte porque en ningún caso lo he mantenido. La cuestión es otra: la cuestión es qué sentido tiene una institución que vela, vigila y regula la calidad de nuestro idioma, como si el hablar de las gentes fuera un asunto que deba estar sujeto a normas. Y aquí es donde radica el busilis del asunto.

El director de la Academia, en su entrevista del pasado domingo en el diario global que antes era independiente por las mañanas, decía una cosa de bastante sentido común: no pasa nada por emplear palabras que no estén en el Diccionario. Solo faltaría, habría que añadir. Y aún más, aunque no lo dijo el señor Blecua: no pasa nada si la comunidad de hablantes se empeña en dotar de significado a palabras a las que la RAE se lo niega y decide por ejemplo que decimosegundo es una buena forma de describir el ordinal del número doce por más que los académicos sigan empelotados en que solo se puede decir duodécimo.

La lengua es el conjunto de signos y reglas con los que una comunidad de hablantes se entiende. Su origen se remonta en el tiempo y sus cambios y adaptaciones se producen con mucha lentitud, respondiendo a necesidades y demandas de cada tiempo y lugar. La lengua es un código compartido, no una ley emanada desde una autoridad suprema; es una herramienta usada y perfeccionada por todos, no un texto sagrado necesitado de sacerdotes que lo interpreten.

Si aceptamos esto, y de Saussure para acá creo que son afirmaciones bastante básicas, un diccionario es apenas una recopilación ordenada de las palabras que componen la lengua y una gramática, la “ciencia que estudia los elementos de una lengua y sus combinaciones”, por emplear la propia definición de la Academia. Una recopilación y una ciencia: ningún dogma.

Los hackers, esos frikis

La RAE nació con una clara voluntad normativa, fruto del  sentir de las clases dominantes de su tiempo, y ha mantenido ese marchamo hasta el presente, en que aún sigue dilucidando si admite o no admite palabras en su Diccionario, como si las hubiera honradas y deshonradas, ricas y pobres, dignas o indignas.  Incluso, con un desparpajo verdaderamente admirable, aún sigue decidiendo si el franquismo fue o no una dictadura, y se muestra tan contenta de haber decidido que sí, sin parar a preguntarse si el mundo se hubiera detenido en el caso de que, fruto de una mala digestión, hubieran dictaminado que la etapa de Franco debe calificarse de democracia parlamentaria.

Los académicos, sin que ello contradiga ni a mis lectores ni al señor González Somovilla, siguen empeñados en eso tan español de “dar permiso”, como si en esto del hablar también fuéramos súbditos antes que ciudadanos. Los españoles, algunos de mis lectores incluidos, somos muy de protestar, pero nos encanta que haya siempre una autoridad competente que nos diga lo que tenemos que hacer y a la que podamos reclamar cuando algo no nos gusta o no va bien del todo. Ahí tienen ustedes a los hackers, unos tíos (y tías, naturalmente) que viven casi a las puertas del universo virtual, unas gentes a las que la ley se les queda estrecha, y que van y se enfadan porque la RAE los llama “piratas informáticos” cuando ellos se autodenominan “expertos en seguridad”. No me puedo creer que los hackers, cuando se enredan en los intrincados misterios de la red de redes cuyo idioma universal es el algoritmo, se anden con miramientos sobre lo que la RAE admita o deje de admitir.

Seamos serios y zanjemos esta discusión en la que estoy convencido que ahora estaremos más de acuerdo: lo que la RAE hace de útil podría perfectamente hacerlo cualquier Universidad con ganas de algo más que de mirarse el ombligo. Y todo lo que se empeña en dictaminar desde su atalaya normativa es, sin más miramientos, una falta de respeto hacia la libertad de la comunidad de hablantes. Hacia cada uno de nosotros.


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