Hmmm...

Ópera en Madrid: ¿De cuánto hablamos?

El Teatro Real de Madrid se encamina hacia su decimoquinto aniversario de la era moderna (conviene no olvidar que el egregio edificio de la plaza de Isabel II ha vivido ya unas cuantas vidas anteriores) y al hilo de tan  fausta circunstancia comparecieron el otro día sus gestores para rendir cuenta de cómo van las cosas y de cómo las prevén para el futuro.

Don Gregorio Marañón y don Miguel Muñiz hicieron bien su papel, hay que reconocerlo. Ambos son listos, y ambos entrenados en el cada vez más proceloso mundo de la gestión empresarial, y sabían que a estas alturas no les cabía otra que ser muy claros y aportar muchos datos. Hace unos años, cuando el dinero salía por las orejas, para hablar de ópera bastaba con dejar caer un Janácek, insinuar que si un Verdi, aludir a Levine, decir que Gruberova  y, a modo de estrambote, enarbolar a Plácido Domingo como quien da cien euros de propina. Hubo un tiempo en que hasta Esperanza Aguirre se manejó en el tema y, salvo cuatro enterados, nadie se daba cuenta de que no sabía de lo que estaba hablando.

Pero ahora, ay, hay que hablar de perras. De Verdi, sí, pero también de perras. De Plácido, por supuesto, pero también de perras.  A la Cultura, más que nunca, se le ha puesto cara de pagaré y ahora no hay paisano al que se le pueda endilgar un discurso de alto copete sin que se le arrugue la nariz y pregunte: “¿De cuánto estamos hablando?”.

Pues don Gregorio y don Miguel están hablando de una pasta, oiga. Ellos lo han adornado bien y han metido la palabra recorte por aquí y por allá, para que se vea que son gente con criterio y sensibilidad, pero están diciendo que, millón arriba millón abajo, la ópera en Madrid se come en el entorno de los cincuenta millones cada año.  ¿Y eso es mucho?, pregunta alguien. Pues es mucho, sí, para qué nos vamos a engañar. Planteado en términos de coste/beneficio, la ópera es carísima y, lo peor de todo, es ponerse a pensar quién la paga.

Tomen nota: de acuerdo con los datos aportados por don Gregorio y don Miguel, de cada cien euros devorados por el Teatro Real, no más de cinco corren por cuenta del aficionado, un buen mordisco lo aportan los patrocinadores y las empresas  privadas y aproximadamente la mitad sale de la administración pública, es decir, del bolsillo de cada cual y del de la prima de riesgo.

Así que el problema es doble: la ópera en Madrid (y quien dice en Madrid, dice en cualquier parte del mundo) es el espectáculo cultural más subvencionado que quepa imaginar y, aun así, sigue siendo carísima para el espectador, con precios prohibitivos solo al alcance de bolsillos muy capaces, de primos de subsecretarios con invitación asegurada o de apasionados melómanos dispuestos a sufrir las pésimas condiciones visuales de la mayoría de las localidades baratas.

Así que la cuestión que hay que poner sobre la mesa es si, así las cosas, la ópera es -por decirlo en la neolengua de estos tiempos- un espectáculo sostenible, si no sería este un buen momento  para desmontar el chiringuito o si, como mínimo, no convendría ponerse a buscar otras fórmulas menos onerosas.

Ah, pero ¿las hay? Pues fíjense que a lo mejor las hay y las tenemos bien a mano. Otro día vamos al cine y se lo cuento.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba