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Nota necrológica de un letrista peculiar

El obituario es un género que el periodismo español ha practicado siempre poco y mal. De unos años a esta parte parece haber reverdecido, haciendo bueno el viejo dicho de Chesterton para quien “el periodismo consiste esencialmente en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a personas que no sabían que Lord Jones estaba vivo”.

Con todo y su rejuvenecimiento, el género en España sigue siendo lo que ha sido siempre: un espacio de publicidad pro bono para el difunto y en ningún caso una pieza informativa. Cuando muere una celebridad, un buen amigo suyo recibe el encargo del periódico casi en el momento en que el fallecimiento se produce y el amigo echa mano de la alforja de alabanzas y lugares comunes para cumplir con el encargo y no quedar mal con nadie, ni siquiera con aquel que ya no va a leerle. Nada que ver, desde luego, con aquel Alden Whitman que dedicó su vida a escribir necrológicas en el New York Times y que inmortalizó Gay Talese en su inigualable semblanza de “Don Malas Noticias”.

La muerte acrítica de García Calvo

Viene esto a cuento de muchos fallecimientos y muchas biografías que uno lee cada día en la prensa, pero se me hizo especialmente patente cuando el pasado uno de noviembre falleció Agustín García Calvo y el dos -Día de Difuntos, casualmente- los diarios se hacían eco de una noticia que mereció un hueco destacado en las secciones de cultura.

Un hueco destacado, pero acrítico.

Y no seré yo quien se ponga a hacer leña de quien ya no puede defenderse. Al contrario, tengo también razones para su alabanza, pero creo que es justo aplicar un poco la lupa sobre su figura con el fin de separar la paja de los ecos. Porque García Calvo formará parte del elenco de los grandes intelectuales de nuestro entresiglos, pero no por las razones que normalmente se le achacan.

Se destaca de él la firmeza de sus convicciones ácratas y la coherencia de sus posiciones en contra del Estado y sus instituciones. En alguien que durante casi toda su vida profesional no fue otra cosa sino catedrático de la universidad pública española, es decir, funcionario del Estado, no deja de ser paradójica esa acracia. Me recuerda mucho a algunos ultraliberales del momento que triunfan en el proceloso mundo de los tertulianos radiofónicos y que tienen por eslogan indestructible la reducción del gasto público sin que se les haya escuchado jamás una palabra sobre su propuesta para reducir los momios que ellos mismos reciben por su bien escasa dedicación al puesto público que ostentan. Es cierto que García Calvo cargó sobre sus hombros la cruz de la expulsión de la cátedra en 1965, junto a Tierno y Aranguren, pero cuando le llegó el momento, y como corresponde, resucitó, y no fue mala resurrección la suya, que se le presentó en forma de rehabilitación, restitución a la cátedra, cobro de retribuciones atrasadas y marchamo de heroicidad para los restos.

No. No fue García Calvo un anarquista coherente (bien es verdad que él nunca se sintió cómodo en ese calificativo) y que tuvo algún gesto incluso fuera del buen sentido, como la campaña que organizó para recoger fondos con los que zanjar la deuda que había contraído al incumplir sus obligaciones con Hacienda. Pongamos las cosas en su sitio, sin acritud, pero con justicia.

Competente helenista

Tampoco creo que García Calvo perviva por su pensamiento lingüístico-filosófico, provocador ciertamente, socrático en algún modo y buen formulador de interrogantes en no pocas ocasiones, pero excesivamente nebuloso en sus propuestas, un tanto anclado en manidos principios libertarios y más empeñado en el cultivo de su imagen de enfant terrible que verdaderamente comprometido en la búsqueda de respuestas.

Fue, eso no cabe discutirlo, un buen amante de los clásicos helenos, a los que supo leer con ojos actuales y trasponer a nuestro moderno español con un respetuoso atrevimiento. Sin ser ni mucho menos un experto, tengo para mí que su traducción de la Ilíada -tan discutida por los puristas- sería muy aplaudida, al menos en sus intenciones, por el mismísimo Homero.

¿Poeta? Habría mucho que discutir al respecto. Poeta fue, desde luego, porque así lo atestigua una ingente producción en verso, pero habrá que esperar para saber si su obra pervive. Presumo que en la mayoría de sus poemas a García Calvo le podía el teórico que llevaba dentro y sus autoexigencias prosódicas, rítmicas y acentuales terminaban por lastrar su vena lírica.

¿Y entonces? ¿Ya está? ¿En esto se queda el personaje de las camisas floridas, de la voz estentórea, de las frondosas patillas? ¿El resumen es: un intelectual incoherente y algo histriónico, con una obra ingente pero muy irregular y cargada de condicionantes? No: falta un detalle. Fue también un letrista: un extraordinario, maravilloso autor de letras de canciones.

Un trío perdurable

No conozco los detalles de la relación personal que Agustín García Calvo mantuvo durante muchos años con Chicho Sánchez Ferlosio y con Amancio Prada. Sé que fueron amigos, que compartieron risas y que se quisieron comer el mundo, como cualquiera de nosotros. Chicho -hermano del gran Rafael, hijo del escritor falangista Sánchez Mazas- sí fue un libertario consecuente, que había fallecido -con sus obituarios correspondientes- pocos años antes.  Vividor a tiempo completo, como oficio y como vocación, lo único productivo que hizo en su vida fue -aparte de escribir alguna cosa suelta- componer y cantar. No tenía una gran voz, pero sabía utilizarla, y sus composiciones no son lieder de Schubert pero tienen una eficacia melódica que ya quisieran para sí muchos profesionales del show business. Escribió letras para muchas de sus composiciones -algunas excelentes y muy celebradas-, pero utilizó también las de otros y, particularmente, supo sacar un partido extraordinario a algunos de los poemas de su amigo Agustín.

De Amancio Prada-el único del trío que vive y además en activo- hay que resaltar el mérito de haberse mantenido como cantautor profesional de minorías durante cuarenta años. No es un genio componiendo, pero cuenta con una voz agradable y ha sabido encontrar en nuestros poetas clásicos un filón inagotable sobre los que ha construido una obra razonablemente consistente. También ha sabido musicar a García Calvo y, rizando el rizo, ha reinterpretado a Chicho Sánchez Ferlosio por encima de lo que él mismo podría haber llegado a imaginar.

Los tres han sabido amalgamar una obra sólida y perdurable, sustentada en la calidad de las letras de Agustín, el sentir lírico de Chicho y la profesionalidad de Amancio. Hay un disco extraordinario de este último, que recoge buena parte de la tarea conjunta de este trío inigualable y, si ustedes me preguntaran –que no lo harán-, les diría que no se cansaran nunca de escuchar esta canción en concreto, en esa o cualquiera de sus versiones. En esta pieza, en su letra colosal y medida, consiguió Agustín García Calvo aunar de una manera perfecta sus dotes de gran poeta amatorio con su encendido ideario político, y sus amigos supieron vestirla de los ropajes apropiados para hacer de ella una bellísima composición sobre la que hay que volver sin pausa.

Podría terminar con ella, pero, para unir a los tres, prefiero terminar con este vídeo. Se trata de otra hermosa canción en la que están Agustín, Chicho y Amancio, cada uno a su manera. Merece la pena verlos funcionando. Que lo disfruten.


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