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Mozart en las dos orillas

Hace más de un año acudí al Teatro Real de Madrid a presenciar la mozartiana Così fan tutte, en la versión de Michael Haneke. Hace unos días he asistido, a través del cine, a la puesta en escena de la misma ópera en el Metropolitan de Nueva York, tal y como allí la ha presentado Alberto Vilar con la brillante batuta de James Levine. El mismo Mozart, pues, visto a las dos orillas del Atlántico de forma consecutiva. Una curiosa experiencia.

Così fan tutte es la tercera de las tres grandes óperas compuestas a cuatro manos por Wolfgang Amadeus Mozart y Lorenzo da Ponte. Como sucede con El Padrino, es ocioso discutir si esta pieza es mejor o peor que las anteriores (Las bodas de Figaro y Don Giovanni) porque se trata de una propuesta de conjunto, de una entrega global en la que ambos autores vuelcan lo mejor de sí mismos.

Las tres obras se escriben y se estrenan entre 1785 y 1790, casualmente los años en los que se proclama la primera Constitución moderna (“Nosotros, el Pueblo de los Estados Unidos…”) y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (“Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en sus derechos”). Son años convulsos en toda Europa: restos de feudalismo conviven con los empujes impetuosos de la Ilustración; el absolutismo como forma generalizada de gobierno empieza a toparse con atrevidas propuestas democratizadoras; los sistemas de producción artesanales se combinan con un comercio pujante y una industria incipiente; las anticuadas universidades se irritan ante un nuevo y revolucionario saber y ante pensadores y científicos que se atreven a traspasar definitivamente las barreras de la superstición…

Reivindicación del individuo

El encuentro del joven Mozart con el aventurero y lúcido intelectual Lorenzo da Ponte se produce en este contexto de paradojas y contradicciones y las tres óperas más destacadas de su colaboración representan otras tantas formas de contestación a los poderes tradicionales y a los convencionalismos más arraigados, desde una óptica que recoge, por encima de todo, la reivindicación del individuo como constructor de su propio destino.

De las tres óperas, Las bodas de Figaro es la más convencional, la más simple. Es un canto a la libertad individual, al amor y a la vida sencilla, y el componente crítico contra la nobleza de tintes feudales está ya tan asumido por la sociedad que apenas resulta transgresora.

En Don Giovanni, la segunda pieza de la trilogía, la perturbación está, sobre todo, en la música. La relación paterno-filial actúa como eje de la obra, y este es un tema que Mozart ha vivido con extrema intensidad, de modo que inevitablemente traslada a la partitura sus propias contradicciones.

En Così fan tutte es Lorenzo da Ponte quien vuelca no solo su enorme calidad literaria, sino toda su sabiduría personal, su conocimiento de la naturaleza humana, su insobornable cinismo y su irrenunciable apuesta por la libertad.

En Così fan tutte (Así hacen todas, se puede traducir, más o menos) hay un argumento aparentemente sandio que pueden ustedes buscar en cualquier sitio. Hay seis personajes –es fácil hacer el juego pirandelliano- que se baten el cobre por buscar la felicidad y que de una u otra manera la encuentran, no sin antes desenvolverse entre conflictos, pesares, engaños, charadas y malentendidos. Hay conflictos de género, de clase y de generaciones, como si fuera la vida misma. Y hay al final una moraleja profundamente descreída y moderna porque es la moraleja del ser humano obligado a labrarse su propio destino, sin opresiones pero también sin apoyos:

Afortunado el hombre que toma

las cosas por su lado bueno

y en todos los casos y sucesos

se deja guiar por la razón.

 No era mala enseñanza para aquellos tiempos enredados y asombra comprobar su vigencia.

Tres decisiones magistrales

Era de cajón que este material en manos de Haneke no podía pasar inadvertido y habrá que agradecer siempre al desaparecido Mortier que en su etapa al frente del coso madrileño le ofreciera la producción de esta ópera. El cineasta vienés ya se había adentrado en los misterios de su ilustre paisano con una anterior puesta en escena de Don Giovanni, de la que no sé nada y de la que por tanto nada puedo decir. Pero Così fan tutte encaja sin fisuras en la cosmovisión de Haneke y la única duda era comprobar cómo un cineasta meticuloso y denso como él se manejaba con los diferentes mimbres del artificio teatral.

En mi opinión, lo hizo magistralmente con tres decisiones esenciales: la escenografía, el ritmo y los cantantes.

Haneke montó en el Real un espacio vivo, blanquísimo, exquisito, que lograba, mediante cuatro elementos y muy buen gusto, mantener al mismo tiempo la doble atmósfera de la época en que la obra fue escrita y el momento actual. De este modo no descontextualizaba la obra pero la dotaba al tiempo de una visible contemporaneidad.

La segunda decisión fue tan atrevida como acertada: acentuar la teatralidad de la obra, su carácter de representación, de conflicto, de drama. Uno de los graves problemas de los montajes actuales es que priman en exceso el poder de la partitura y vuelcan el esfuerzo en que la orquesta y los cantantes muestren su capacidad de interpretación musical. Pero con ello el libreto se diluye, lo que nos hace olvidar el carácter de la ópera como espectáculo global, que lo integra todo… incluido el texto, el relato, el conflicto. El gran acierto de Haneke fue corregir este error y potenciar el libreto de Da Ponte mediante la ralentización de los recitativos y la acentuación de los aspectos dramáticos de la obra.

Y con este fin introdujo una tercera novedad completamente inusual en los grandes teatros de ópera modernos: buscó intérpretes que no destacaran por su calidad como cantantes sino por sus dotes de actores.

Y así fue como el Così fan tutte de Mozart-Da Ponte-Haneke se convirtió en una producción inolvidable.

¿Qué han hecho en Nueva York? Exactamente todo lo contrario. Han buscado un director de escena de tercer orden que ha hecho una puesta en escena vulgar, un director de orquesta de primerísimo nivel y media docena de cantantes extraordinarios que lo ignoran todo sobre la interpretación teatral. Se han creído lo de que Cosi fan tutte es una obra juguetona, un divertimento algo machista e ingenioso, han pensado que lo importante es Mozart y que ese tal Da Ponte era un relleno que había que meter para que la música tuviera letra, y han despachado el asunto con la frivolidad con que se acostumbra en estos casos. El resultado no es malo, sino algo peor que eso: anodino, intrascendente, frívolo y equivocado.

Pero debo ser justo: si no me hubiera abierto Haneke los ojos, este Mozart neoyorkino me hubiera parecido bueno. 


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