Hmmm...

Modernos

Hay un librito, apenas un opúsculo, que llegó a mis manos hace casi cuarenta años y que ha vuelto a ellas tras muchas vicisitudes cuando ya lo daba por irremediablemente extraviado. En cuanto me reencontré con él supe que de sus páginas saldría un artículo antes de darme cuenta de que estamos celebrando el centenario de uno de sus autores –¡no soporto estas conmemoraciones envaradas!- y de que hace bien poco, apenas unos días, alguien escribía en otra publicación un artículo exactamente sobre el mismo librito.

Ambas casualidades bien podrían haberme hecho desistir de mi empeño si no fuera porque en realidad yo les quiero hablar de algo muy concreto, y el librito y sus autores no son más que pretextos para llegar a  ello. Permítanme que me explique remontándome al  principio.

Un español ofendido

Todo empezó en 1960, en los Estados Unidos, en el marco de un debate académico. Uno de los asistentes presentó una comunicación en la que negaba relevancia a la literatura española del entonces mediado siglo XX. El profesor Juan Marichal, en su papel de caballero español, se encargó de la defensa de la agraviada y, según él, fueron muchos los que le pidieron que publicara esa improvisada apología. Lo hizo, ya en 1967, en Papeles de Son Armadans, la revista fundada y dirigida por Cela, y dos meses después le llegó a Marichal una larga carta de Octavio Paz, a la sazón embajador de México en la India, que fue también publicada en la misma revista.

Finalmente, en julio de 1971, ambos textos, la apología inicial de Marichal y la respuesta de Paz, fueron recogidos y publicados en un librito firmado por ambos bajo el sugerente título de Las cosas en su sitio (sobre la literatura española del siglo XX). La edición –austera y de tupido gramaje- la llevó a cabo la mexicana editorial Finisterre con una tirada de tres mil ejemplares. Que yo sepa, no se ha reeditado.

De Juan Marichal no sé prácticamente nada. Apenas lo que da la Wikipedia. No he leído una sola línea suya, salvo las que ahora nos ocupan. Tiene prestigio en el mundo académico y una obra extensa que pasa por solvente. Así que, ¿cómo podría yo objetarle nada?

Su texto, sin embargo, en este ensayo a cuatro manos, carece de todo interés. Es apenas el muestrario de un viajante de comercio que abre su maletín ante el posible cliente y le expone, en tono monocorde y previsible, las virtudes del género. ¿Que la literatura española del siglo veinte es irrelevante? Vamos, hombre, viene a decir el probo profesor, prepárese a escuchar mi retahíla. Y allá van, uno detrás de otro, todos los nombres de nuestros manuales de literatura, no ya solo del veinte sino de todos los siglos anteriores desde que el mundo es mundo y aprendió a escribir en castellano. Y no solo los nombres, sino los calificativos, todos ellos entusiastas y previsibles, propios de un español que –y esto hay que comprenderlo en alguien que se exilió muy joven- a cada momento ejerce de patriota.

La pasión crítica

La respuesta de Octavio Paz es, en cambio, literalmente prodigiosa. No ocupa más de quince folios y está escrita en un tono epistolar y entrañable que nada tiene que ver con el alambicado ensayista que también supo ser. He leído estas páginas docenas de veces y sigo creyendo que en ellas se concentra lo mejor de la mucha sabiduría del escritor mexicano.

El texto arranca con una afirmación liminar que desarma todo el discurso de su corresponsal: la literatura española del siglo XX ocupa un lugar marginal en Europa. No hay un solo escritor español relevante en la gran literatura europea contemporánea. Ni Lorca, ni Unamuno, ni Machado, ni Valle… ninguno de los nombres que marcaron el brillante primer tercio de siglo en materia literaria tuvieron la significación y la importancia que han tenido sus contemporáneos de las grandes naciones europeas: Beckett, Verlaine, Nabokov, Kavafis, Mann, Ungaretti, Kafka… Los nuestros han dejado una obra interesante; los otros han transformado la manera de ver el mundo. Esta es la diferencia.

Las razones que aduce Paz para argumentar esta marginalidad son varias y metodológicamente fascinantes, pero me pondría pesado si me detuviera en todas y además ya les avisé de que yo solo quería llegar a un punto. En él me detengo.

Paz sostiene que el mayor problema de la literatura española  (si es que tal cosa existe: habría más bien que decir de la “literatura escrita por españoles”) es que no es moderna. Aquí está la clave: en la noción de modernidad. Oigamos al maestro: “No trataré de definir a la modernidad. Tal vez sea indefinible. Cada época, cada generación, cada año y aún cada día tiene su modernidad: nunca la misma. No obstante, todas se parecen en algo: en querer ser modernas. La modernidad no es un estado sino una aspiración. Un amor inmoderado por lo que está pasando, no tanto por lo que es como por lo que va a ser. En el artista, esta pasión es contradictoria: lucha contra el tiempo, quiere transformarlo en obra y, simultáneamente, se somete al tiempo –su obra debe ser moderna. Oscilante entre estos extremos, la modernidad es una pasión crítica: se sabe tránsito y se sabe instante único, absoluto momentáneo y momento absoluto.[…] Desde su nacimiento –Coleridge, Baudelaire- la modernidad es una pasión lúcida y sus monumentos son la crítica de sí misma. Pues bien, gran parte de la literatura española del siglo XX se opone a la modernidad, sea ésta amor a la actualidad o pasión crítica”.

Esta lucidísima reflexión sobre nuestra realidad literaria me viene martilleando desde que la leí, hace –ya digo- casi cuarenta años y me sigue pareciendo una verdad deslumbrante. En el tiempo transcurrido desde entonces la cosa no ha avanzado un milímetro y seguimos teniendo una literatura que no representa nada, o muy poco, en el ámbito internacional. Literatura española, cuidado, no literatura en español. Lo que el español ha aportado al mundo en el campo de la creación literaria ha venido de los países latinoamericanos: Rubén, Borges, Vallejo, Neruda, Onetti, Cortázar, García Márquez, Lezama, el propio Paz. Los literatos españoles del siglo XX –tal vez con alguna excepción- han escrito, por supuesto, grandes obras pero en ellas se echa de menos la voluntad crítica y autocrítica, “esa reflexión -escribe Paz- sobre el lenguaje y sus significados que, a mi juicio, es la forma más lúcida y exasperada de la modernidad”. Y remata: “La pasión crítica de los españoles no es radical, no es un examen de conciencia del lenguaje, como lo son las obras de Proust y Joyce, Breton y Eliot, Jünger y Mayakowski”.

Un día de estos tendremos que detenernos a comprobar si en este durísimo diagnóstico caben excepciones. Octavio Paz solo encontraba una -Juan Ramón Jiménez-, pero escribía, ya digo, en los años sesenta del pasado siglo. Tal vez haya alguna más: tendremos que seguir con ello.


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