Hmmm...

Misoginia con aplauso general

Siempre he dicho, y lo mantengo, que nada tengo que objetar a las creencias y las enseñanzas de la Iglesia católica: las organizaciones privadas son muy libres de mantener en su interior las normas, doctrinas y costumbres que crean oportunas, por poco racionales que a mí me parezcan, e incluso tienen derecho a difundirlas y a buscar seguidores, del mismo modo, por ejemplo, que en los clubes de ajedrez se empeñan en captar niños y jóvenes dispuestos a compartir una actividad que sus miembros consideran muy adecuada para el desarrollo físico e intelectual de las personas.

Pueden pues creer en lo que quieran, vestirse como les parezca y organizar sus actos y sus asambleas conforme al protocolo que les venga en gana. Ningún problema.

Me sorprende un poco más que algunos de los actos de esta organización privada sigan siendo elementos básicos de nuestro ordenamiento social. Las fiestas religiosas, por ejemplo, los actos ligados al cambio de año y a la llegada de la primavera, toda la parafernalia ritual de los católicos, en suma, marcan la vida y el orden de las sociedades occidentales de un modo que, en mi laica opinión, me parece excesivo, por mucho que se trate de una herencia cultural respetable.

Un espectáculo vacío

Y ya, más que sorprenderme, me asombra la atención mediática que por lo general atrae la Iglesia católica y que, en el caso de la elección de su máximo jerarca, es especialmente llamativa. No solo por el despliegue y la atención que se le presta, a todas luces desmesurados, sino por el deleite y la fruición con que los profesionales de la información se rebozan en el vocabulario y el enredo semántico de un ritual caduco que, fuera de su entorno, apenas significa nada. Palabras como fumata, camarlengo, protodiácono, y otras cuantas de ese estilo, se utilizan con un desparpajo admirable. Latines oxidados (extra omnes, habemus Papam, sede vacante…) protagonizan con los anglicismos más atrevidos el habla de nuestros días. Ritos medievales con ropajes estrafalarios se retransmiten por televisión (¡y por internet!) y se informa de ellos en todos los soportes con la misma soltura con que se da cuenta de un Barça-Milan.

Y no es casual esta última referencia: en los periódicos del jueves 13 de marzo eran dos las noticias que mandaban: la elección de Jorge Mario Bergoglio como papa y la remontada del Barcelona que le permitía clasificarse para las semifinales de la Champions. Dos sucesos que afectan en muy poco al ciudadano de a pie que se pregunta angustiado por su mañana, pero que le proporcionan la sobredosis de espectáculo adecuada para sentirse mejor.

He escrito la palabra: espectáculo. Fue Guy Debord hace muchos años quien acertó a formular el concepto de sociedad del espectáculo y a poner sobre el tapete el componente de farsa y falacia con que estos rituales ocultan la sustancia de las cosas. Debord hacía un análisis marxista un poco básico y concluía que la sociedad del espectáculo es fruto de la decadente civilización capitalista. Habría mucho que rehacer de aquella propuesta, pero estarán conmigo en que el sintagma (el conceto, que decía aquel gran exministro) es muy adecuado para la ocasión.

Porque lo verdaderamente peculiar de la historia que nos ocupa es que los mismos periodistas que se llenan la boca con tecnicismos y palabrejas dejan en casa el sentido crítico que suele adornarlos en otros eventos similares y ni siquiera se preguntan lo más elemental: qué significa todo esto.

Verán: yo, que he seguido este lío por obligación y de algo me he enterado, he oído, por ejemplo, que entre los grandes retos del nuevo jefe del Estado Vaticano -aparte de reforzar su política comercial para ampliar la base de clientes, lo cual es obvio en cualquier empresa- se encuentran dos: aclarar sus finanzas, salpicadas por turbiedades diversas, y desterrar algunos comportamientos de gentes significadas poco compatibles con su propio sexto mandamiento y con los códigos penales de todos los países civilizados.

Todo el mundo dice que son dos grandes retos. Admitámoslo. Pero imagínense ustedes a un partido político, a un gobierno, que concurriera ante sus electores prometiendo que ya no va a delinquir más. A mí me suena raro, la verdad.

Veto a las mujeres

Pero, queridos lectores, esto que les cuento no es nada comparado con lo que de verdad me escandaliza. Imagínense ustedes un gobierno europeo, un parlamento de nuestro entorno, un gran partido político, una institución que aspire de verdad a tener reconocimiento y apoyo, en el que no hubiera mujeres entre sus cuadros directivos. Diré más: en el que estuviera prohibido que hubiera mujeres. Imagínenselo. Imagínense a las partidarias (y partidarios, claro) de las cuotas ante una situación así. Imaginen a los partidarios (y partidarias, claro) de que las mujeres estén en los puestos dirigentes por sus cualidades y su peso específico. Imaginen que en el Parlamento de nuestro país no hubiera ni una diputada ni una senadora, que en el Gobierno no hubiera ninguna ministra, que no hubiera juezas, ni comisarias de policía, ni directivas de empresas públicas. No que no hubiera: que no pudiera haber porque lo prohibiera la Constitución

O imaginen que esa situación se diera en un país vecino, o que lo hubiera hecho Chávez en Venezuela, o los Castro en Cuba, o Bush en Estados Unidos. ¿Se imaginan la bronca? ¿Se imaginan los ríos de tinta, los justificadísimos cabreos, los permanentes boicots? Pues en el Vaticano ocurre esto y no pasa nada. Excepción hecha de algún artículo furibundo, tan inútil como este, los medios de comunicación han cubierto el desatino con perfecta naturalidad y las cámaras han enfocado imperturbables el espectáculo misógino sin que les temblara una ceja.

A veces, cuando pasan estas cosas, cuando algo que a mí me extraña o me irrita es aceptado por la mayoría con toda naturalidad, tiendo a pensar que debo ser yo el equivocado. En este caso, no. Este espectáculo absurdo de verborrea vacua y pura misoginia no tiene un pase por más que el aplauso generalizado pretenda disfrazarlo de no se sabe qué. Y aunque yo aquí suelo escribir de cosas más frívolas y mucho menos importantes, hoy hago una excepción para reclamar de los periodistas y de los medios –incluido éste en el que escribo- el mismo rigor crítico con unos que con otros.


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