Hmmm...

Mirando hacia Latinoamérica

La mitad de mis lectores se ha enfadado porque la semana pasada no publiqué mi tradicional artículo contra el Premio Planeta y la otra mitad se va a enfadar hoy porque lo publico. Menos mal que la suma de las dos mitades arroja una cantidad bien modesta cuyo común enfado no removerá, como los seguidores de Podemos, los cimientos de nuestra democracia.

La razón de no publicar entonces y de hacerlo ahora evidencia la indecisión que me corroe. ¿Merece la pena volver a la carga? ¿Hay motivos para insistir en lo evidente? ¿Se presentan novedades que haya que consignar? Vayamos por partes.

Mi artículo anual contra el Premio Planeta no responde a criterios periodísticos de actualidad, a la que yo no me sujeto, sino a compromiso cívico de hartazgo. Como el que desde hace treinta años escribe cada mes de mayo Manuel Vicent contra los toros, mi intención con él es cumplir un ritual algo obvio de recordatorio y denuncia desde la convicción absoluta de que no va a cambiar nada. Si año tras año, cada 15 de octubre, el señor Lara y sus innumerables huestes reiteran, sin inmutarse, la misma tomadura de pelo valiéndose de todos los medios a su alcance (y espero que capten la ironía en el empleo de la palabra medios), alguien tiene que ser igual de pesado, igual de contumaz e igual de cansino para salir a decir que ya está bien, que va siendo hora de acabar con este carnaval absurdo que se viste de acto cultural y se disfraza de apoyo al mundo del libro, tan necesitado de apoyos, cuando no es más que una burda maniobra comercial bastante casposa. Fernando Savater, en una de sus pocas frases desafortunadas, dijo en una ocasión, cuando se lo dieron, que creer en el Planeta era como creer en los Reyes Magos. Si los adultos, venía a decir, sabemos que los Magos no existen pero seguimos manteniendo la ficción por el bien de los niños, por qué no hacer igual con la impostura del Planeta. No seré yo quien le miente a Savater la palabra ética, de la que lo sabe todo, pero dejaré aquí apuntado, solo de pasada, que hasta en los negocios -o, sobre todo, en los negocios- la mentira es una mala compañera.

Novedades en la gran mentira

Es verdad que este año en la gran mentira del Premio Planeta ha habido algunas novedades. La primera, que se le empiezan a ver los descosidos al muñeco. Y no lo digo porque el señor Lara esté visiblemente desmejorado -desde aquí hago votos por su pronta recuperación- sino porque la escenificación del evento empieza a parecer más una fiesta de moros y cristianos que un acontecimiento moderno y atractivo. La ambientación es la misma desde hace cincuenta años, los personajes que rodean al editor -escritores bajo palabra de honor, la mayoría de ellos- no pueden disimular su hastío, los políticos siguen yendo a fichar para que luego no los regañe el patrón, pero bastantes problemas serios tienen ahora mismo como para distraerse con representaciones teatrales de fin de curso. Y los escritores..., bueno, los que se llevan una pasta ponen cara de que se llevan una pasta y los demás, como los jugadores de lotería, piensan que a ver si el año próximo...

Supongo que Lara y sus huestes se han dado cuenta, como yo, de que estamos en el fin de una época. En el último año se nos ha muerto mucha gente que parecía que no iba a morirse nunca, han entrado en la trena nombres que habían estado en el machito toda la vida, otros están a punto  de una cosa o de otra y algunos, cuando menos, han tenido que ceder el paso... Está bien. Aunque los sustitutos no me provoquen oleadas de entusiasmo, tiendo a pensar que los relevos generacionales son en conjunto positivos: más altos, más limpios, más cultos, los que vienen son un paso adelante en lo que se refiere a la mejora de la especie.

Donde parece que no ocurre esto es en el mundo del libro. O, para ser exactos, en el mundo de la edición en España. El mundo editorial español se ha concentrado de manera escandalosa en dos grandes grupos alrededor de los cuales se mueven centenares de escritores que aspiran a ser alguien y que están dispuestos a lo que sea por serlo. (El resto de las editoriales, esas que todos ponemos como modelos por su apuesta atrevida y blablablá, son un puñado de excelentes profesionales que editan libros  tan hermosísimos como irrelevantes en el panorama general). Dos grupos editoriales  que siguen haciéndolo todo como en el siglo pasado y que se extrañan mucho de un fenómeno  asombroso: hay más lectores de los que jamás ha habido pero se compran menos libros que nunca. Los dos grandes grupos le dedican  a esta paradoja un segundo de reflexión: la piratería, dicen, y siguen sesteando.

Vendiendo porteros automáticos

Pues bien, en este mundo de duopolio escandaloso, de incapacidad para dar respuestas, de pérdida de sentido de la realidad, José Manuel Lara y su grupo hacen como si nada y siguen convocando su dudoso premio  como si aún estuviéramos en 1952 y hacer negocios fuera parecido al personaje aquel de La Escopeta Nacional que participaba en las cacerías para vender porteros automáticos. Como si el tiempo no pasara...

Al escribir mi artículo de este año me había propuesto volver a decir que no, que no es admisible la trampa ni la mentira, ni en el mundo de la cultura ni en el de los negocios, que la literatura merece algo más que esta farsa que embauca a periodistas, televisiones y políticos como medios para colocarle al gran público un producto gastado y caduco.

Iba decir todo esto, pero tengo la sensación de que ellos mismos ya se han dado cuenta de que la broma ya no hace ninguna gracia y de que hay que irse con la música a otra parte.

Y qué otra parte mejor que América Latina. Para ir allí no hace falta saber idiomas y allí hay gente a mansalva que aún puede rellenar estanterías con libros inútiles e ilegibles. Centenares de millones de clientes potenciales... y miles de escritores dispuestos: por seiscientos mil pavos del ala, siempre se encontrarán mexicanos, chilenos, argentinos o guatemaltecos dispuestos a decir que esto es estupendo y que el editor Lara es el más grande. Solo faltaría: como aquí.

Es curioso, Juan Luis Cebrián, otro que tal tima, dijo hace poco que España ya no le interesa a su grupo y que solo mira hacia Latinoamérica. ¡Pobres latinoamericanos! Qué culpa tienen ellos de compartir lengua con nosotros. Qué suerte la de los hablantes de swahili, que no corren riesgos de que se instalen entre ellos ni Lara ni Cebrián.


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