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Manual de Urbanidad

Los que tuvimos la oportunidad impagable –desde luego, yo no la pagaría ni en broma- de cursar los estudios primarios en un colegio religioso durante el franquismo, disfrutábamos de una asignatura de perfiles muy específicos. Supongo que en los colegios públicos también existía, pero en aquellos tiempos las diferencias entre ambos canales educativos eran muy pronunciadas y no puedo garantizar que así fuera.

Me refiero a la asignatura de Urbanidad

La Urbanidad se cursaba –creo recordar- en el último año de Primaria, antes de ingresar en el Bachillerato Elemental, es decir, con una edad aproximada entre los nueve y diez años. No era una asignatura fuerte ni fundamental: nada que ver con la Historia Sagrada o con la Aritmética, y ni siquiera tenía la importancia de la Geografía o la Lengua. Era una maría, aunque nosotros no lo sabíamos entonces y apenas estábamos en condiciones de discernirlo puesto que se calificaba del mismo modo que las demás y se enseñaba con los mismos métodos preconstitucionales que cualquier otra.

La asignatura de Urbanidad pretendía enseñarnoscómo debíamos comportarnos, tanto de niños como cuando llegáramos a la edad adulta. Y ello, en los tres terrenos en los que el ser humano tiene que exponerse: ante Dios, ante uno mismo y ante los demás. El primer territorio era el menos desarrollado en la asignatura, porque en realidad, para las relaciones con lo divino disponíamos no solo de una específica –como era el Catecismo- sino de todo el tinglado en su conjunto, que se montaba, en esencia, para guiarnos al objetivo final de la santidad. Pero en los otros dos campos, el personal y el social, la asignatura en cuestión era detallada, quisquillosa y precisa.

En Urbanidad contábamos con un libro de texto propio (las demás asignaturas de Primaria se compendiaban todas en la Enciclopedia), muy parecido al Catecismo en su diseño y en su composición. Era la Cartilla de Urbanidad o la Cartilla, a secas, que había que memorizar en todos sus detalles por más que muchos de ellos fueran incomprensibles e incoherentes. Recuerdo a este respecto una paradoja: el manual decía que el alumno, al entrar en clase, debe dirigirse a la mesa del profesor y estrechar la mano de este, si es seglar, o besarla, si sacerdote, mientras le da los buenos días. El problema era que, en nuestro colegio, entrábamos media hora antes del comienzo de las clases y esperábamos, estudiando, la llegada del profesor, al que recibíamos poniéndonos de pie y rezando un padrenuestro. Nunca nos explicó nadie esa contradicción entre lo que estudiábamos  y lo que hacíamos: ahí se empezó a abrir el abismo de la vida adulta entre la teoría y la práctica.

"La Urbanidad del cambio"

Con contradicciones y paradojas, la asignatura de Urbanidad nos marcaba pautas muy precisas de comportamiento: pautas para la higiene -para la magra higiene de aquellos tiempos-, para el modo de vestir o para la manera de comportarse en la mesa. Nos explicaba lo que había que hacer cuando llegaban visitas a casa o cuando visitábamos nosotros. Cómo, por la calle, había que cruzar a los ciegos o correr a besar la mano de un sacerdote en cuanto lo avistábamos a lo lejos. Nos daba muchas pautas y muy detalladas y en muchos casos imposibles de cumplir, a menos que resultaras un perfecto imbécil. Pero pautas, al fin, y códigos de conducta de indiscutible utilidad para transitar por la vida sin hacer el ridículo o sin que te cayera un pescozón.

Casi veinte años después, exactamente en 1980, el gran periodista que fue Luis Carandell, especializado de antiguo en la microhistoria de los comportamientos, recibió el encargo de la revista Triunfo de escribir, a través de una serie de artículos, un nuevo Manual de Urbanidad adaptado a los nuevos tiempos. Merece la pena entresacar, del artículo inaugural de la serie, este párrafo justificativo: “La nueva urbanidad, llamémosla "la Urbanidad del cambio", constituye una caótica mezcla de los viejos modos y de sus adaptaciones modernas dictadas en parte por la tendencia a la “naturalidad” o lo que como tal se interpreta, en parte también por la necesidad de recuperar el tiempo perdido en las prisiones de la nueva normativa” [las palabras entrecomilladas son del autor y como tales las respeto, pese a mi alergia a su uso]. Y continúa luego  el autor explicando que la urbanidad, sea de la época que sea, es el conjunto de deberes que el ciudadano tiene como consecuencia de su relación con los demás en un tiempo y en un lugar determinado, deberes que surgen “de lo que se estila o se lleva” y que marca las pautas de “la cortesía y el buen gusto”.

La serie escrita por Carandell se ajustaba a los esquemas de los manuales clásicos –que se remontan a finales del siglo XIX y principios del XX- y así, establecía nuevas pautas “del cuidado en el vestir”, “del saludo y las presentaciones”, de las relaciones entre los jóvenes e incluso, llegando al extremo de la puntualización, escribió una estupenda pieza determinando cómo había que comportarse en el Mundial, cuando España estaba presta a recibir a las selecciones de fútbol bajo la enseña de Naranjito.

Por una urbanidad del siglo XXI

Pues bien: sirvan todos estos antecedentes para decir que urge un nuevo Manual de Urbanidad, un Manual de Urbanidad para la España del siglo XXI que nos ayude a circular por las calles, por las casas, por las oficinas y por los lugares de ocio con criterios claros y con convenciones definidas. Cuándo tienen sentido los besos y cuándo son un engorro y un exceso, cómo deben los padres poner firmes a sus hijos en los lugares públicos, cómo vestir sin que parezca que estamos siempre en Carnaval, en qué momento de la noche –e incluso del día- es impropio de una persona civilizada proferir  berridos aunque su equipo haya ganado por goleada, de qué manera hay que intentar hablar con otra persona sin mirar mientras tanto el móvil, cómo evitar que las calles se conviertan en pocilgas… Tantas y tantas cosas que los tiempos actuales exigen ordenar en lo referido a comportamientos y costumbres.

Cuenta Carandell que en 1876 se publicó un Tratado de las Obligaciones del Hombre escrito por un afamado canónigo y “corregido por siete teólogos presididos por un ministro del Tribunal de la Rota”. Probablemente no sea tanto lo que ahora necesitemos, y bien que sea así toda vez que los teólogos están últimamente ocupados en sus cosas. Ni siquiera propongo que Wert incluya, entre sus muchas ocurrencias, la recuperación de aquella añorada asignatura. Pero sí reclamo desde estas páginas que algún intelectual semiocioso y capaz –que de ambas cosas hay muchos- se ofrezca voluntario para marcar las pautas razonables de la buena educación. Me ofrezco desde ahora mismo para echarle una mano.


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