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Manifiesto por una ópera low cost

En el luminoso libro de Gabriel Zaid sobre los empresarios oprimidos –que debería mantener, siempre abierto, en su mesilla de noche tanto emprendedor diletante- hay una historia que viene al pelo para mi preocupación de hoy.

“Hacia 1900 –escribe Zaid- había miles de constructores de automóviles. El automóvil era un lujo para salir al campo (de ahí su primer nombre, touring car). Se encargaba a un diseñador, como se encarga un yate a un astillero o una casa de campo a un arquitecto. El concepto revolucionario de Henry Ford fue vender automóviles tan baratos que sus propios obreros pudieran comprarlos. Un obrero que ganaba dos dólares diarios no podía ni soñar en un lujo que costaba miles de dólares. Pero, ya en 1917, Ford pagaba a sus obreros un mínimo de cinco dólares diarios y vendía los automóviles en 360 dólares: 72 días de salario mínimo”.

He recordado esta historia a cuenta de un asunto que, como ustedes saben, me obsesiona: el presente y el futuro de la ópera en un tiempo en que el modelo económico se está transformando y todas las manifestaciones culturales se han de repensar desde una óptica en la que los Estados no podrán ya mostrarse tan generosos como en ellos ha sido costumbre.

Si al llegar aquí, usted se dice para sus adentros: “Uf, este pesado vuelve sobre la ópera, que a mí no me interesa nada: hoy me lo salto”, estará usted en su perfecto derecho, pero le recuerdo, antes de que proceda, que la ópera puede que no le guste, pero sin duda le incumbe. Le incumbe porque la paga, y la paga bien cara. Como ya he tenido ocasión de señalar aquí, se trata del producto cultural más subvencionado que existe, lo cual es paradójico habida cuenta del target en el que se asienta.

Un espectáculo para privilegiados

Haciendo una cuenta simple y algo chapucera: una producción operística en un teatro de primer nivel (Londres, Viena, Milán, Nueva York..., también Madrid…) es presenciada de manera directa por no más de 20.000 personas, que pagan una media superior a los 100 euros cada uno. Con esos dos millones de euros se cubre, como mucho, el 30 por ciento del coste de la producción. ¿De dónde sale el 70 % restante? Una parte, de los patrocinadores privados y patronos, pero no menos de la mitad de ese porcentaje –es decir, un tercio del coste total- lo pagamos usted y yo, religiosamente, de nuestros bolsillos. (Y pagamos también, dicho sea de paso, los beneficios fiscales que los patrocinadores obtienen por patrocinar).

En otras palabras: para que disfruten 20.000 privilegiados que pueden gastarse -de media: hay quien mucho más-  100 euros en una ópera, cada ciudadano contribuye en una cantidad difícil de cuantificar, pero estimable.

Las producciones operísticas  tienen unos costes altísimos, en primer lugar a causa de los intérpretes, gargantas tan privilegiadas que pueden permitirse la exigencia de honorarios propios de Cristiano Ronaldo. Altos son también los de los músicos  y los directores de orquesta, a lo que hay que sumar una elevada factura en concepto de puesta en escena, ya que, en un mundo como el nuestro (¡que ya conoce el cine!), la ópera moderna no puede conformarse con la tramoya simple de los corrales de comedias en los que una sábana servía para sugerir un paisaje.

Todo muy caro para unas obras alejadas en buena medida de la sensibilidad actual, desconectadas de la escasa formación melómana del común y necesitadas de una parafernalia que requiere de instalaciones propias y costosas más sugeridoras de la sacralidad severa de una catedral que del espacio gozoso en el que se celebra un espectáculo.

Cuando hago este tipo de reflexiones, mis amigos se escandalizan porque piensan que desprecio la ópera y la denigro. Nada más lejos. La adoro, la escucho con asiduidad y acudo a ella siempre que mi capacidad financiera me lo permite (ya que, ay, ningún gabinete de prensa se compadece de mí). Pero lo hago desde la convicción de que soy un privilegiado, miembro de una casta selecta, que disfruta de un producto especial gracias a que mis conciudadanos me ayudan a sufragarlo.

Un serio dilema

Hay una manera de verlo: la de Gerard Mortier, flamante director del Teatro Real de Madrid, tan convencido de ser el tipo más culto del planeta que siempre está enfadado con todos porque no le dan el dinero que se merece para hacer lo que a él le gusta. O la de los abonados a la Cultura con mayúsculas, que no paran mientes en justificar que todo lo que pueda ser agrupado bajo ese gran paraguas debe ser financiado por los Presupuestos Generales del Estado, sea ello la enésima novela policiaca de usar y tirar, la nueva necedad fílmica de los de siempre o el recital monocorde del cantautor superguay.

Es como si los amantes de las angulas -entre los que, por cierto, también me encuentro-, pidieran a sus conciudadanos un esfuerzo extra en sus ajustadas economías para poder ayudarlos en el fomento de su gastronómica afición.

¿Qué hacemos entonces? ¿Prescindimos de Mozart, nos olvidamos de Haendel, enterramos a Rossini, despachamos a Janáček? ¿O los encerramos en el cofre de la discografía y nos olvidamos de la riqueza escénica, teatral y visual que la ópera encierra? Desde luego que no, ni siquiera en mis días más irreverentes se me ocurriría semejante patochada. Lo que pasa es que, como me sucede casi siempre, tengo más preguntas que respuestas y no me resulta fácil avanzar una solución. Aunque intuyo algunas cosas.

Henry Ford en la ópera

Intuyo, por ejemplo, que la vía ensayada por el Metropolitan neoyorkino no tiene mala pinta. Allí, ya saben, son muy suyos para esto de las subvenciones y el tema de los patrocinios lo tienen  muy desarrollado, así que la ópera la paga Bloomberg (no el alcalde, sino la agencia de noticias que el alcalde creó cuando no era alcalde) y le da vueltas a cómo rentabilizarlo hasta que se le ocurre una idea brillante: retransmitirla en directo a pantallas de cine en diferentes partes del mundo, de manera que, de golpe, obtiene dos resultados favorables: amplía la audiencia en varios cientos de miles de personas e inventa una nueva forma de ver ópera que, en sí misma, tiene muchísimo interés.

Intuyo también que entre la ópera y los musicales ha habido tradicionalmente un abismo y que habría que trabajar para que ambas manifestaciones encuentren un territorio común. Las comedias musicales que hoy inundan nuestras carteleras tienen en general un nivel dudoso de calidad musical y sus intérpretes están lejos de ser Plácidos Domingos o Marias Callas del siglo XXI. Pero piensen ustedes que La flauta mágica, en su día,  no sobrepasaba las aspiraciones artísticas (¡ni mucho menos económicas!) de El Rey León.

En definitiva, lo que la ópera necesita es un nuevo Henry Ford, alguien capaz de proporcionar espectáculo de calidad a precios económicos. ¿Cómo se hace eso? Invirtiendo el orden de los factores. Hasta ahora, los Mortier de este mundo hacen su producción ideal al coste que sea y, luego, que el Estado y el espectador se las apañen para pagar entre todos la factura. Hagámoslo al revés: veamos cuánto podemos pagar y construyamos sobre esa premisa el espectáculo.

La idea no se me ha ocurrido a mí: hace años que José Luis Moreno presentó alguna temporada de ópera basada en estas premisas y ya llevamos un par de temporadas en que la compañía Estudio Lírico planta tres o cuatro piezas del repertorio clásico en la Gran Vía madrileña a precios asequibles. Estas iniciativas me recuerdan a la aparición de las fórmulas low cost en otras vertientes del consumo: poco a poco tuvieron que ir mejorando su calidad y su estética porque no solo de bajos precios vive el hombre... Pero hoy nadie entendería el turismo, o la moda, o la hostelería, sin el fenómeno low cost.

A lo mejor este es el futuro de la ópera.

Y, en paralelo, naturalmente, que los ricos sigan yendo a Bayreuth. Pero de su bolsillo.


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