Hmmm...

Liturgia en tono menor

Acudo a la presentación de un libro aguijoneado por la presión de todos ustedes, mis queridos lectores, que me incitan a mantenerme al día de cuanto se cuece en la ciudad. Y si algo se cuece, culturalmente hablando, en un país que publica la friolera de 280 títulos al día (incluyendo sábados, domingos y fiestas de guardar), son las presentaciones de libros.

He ido a muchas, pero lo había ido dejando en parte por pereza y en parte por higiene mental.  No terminaba de ver lo que me aportaban y, en contrapartida, me encontraba cada vez más constreñido en el marco de un colectivo -admirable por tantas cosas- del que no me siento parte: el colectivo-de-los-que-acuden-a-todo-lo-que tenga-que-ver-con-el-libro-y-todo-les-parece-bien. Ya les hablaré de esto otro día y de cuáles son las razones por las que no me identifico plenamente con ellos, pero el caso es que ahora no quiero perder el hilo.

Ya digo: me armé de valor, me dije “se lo debo a mis lectores” tres veces seguidas y allá que me fui con mi actitud crítica más afilada, porque sé que eso es lo ustedes esperan de mí.

La presentación tenía lugar en una de las librerías de moda de la capital. Una curiosidad: en Madrid no ha habido tradición de cafés-librerías, o de librerías-bares, o de sitios donde se pueda compaginar hostelería y lectura. En general, en España, a diferencia de casi todos los demás países –civilizados- del mundo, esta confluencia se ha dado poco, pero en Madrid la tendencia se ha mantenido siempre próxima a valor cero. Se podría argüir mucha sociología para explicar este fenómeno, pero tengo para mí que la cosa es tan sencilla como que la complejidad y dificultad de las licencias municipales en esta endiablada ciudad amilanan al más dispuesto, y de ahí que sólo en los últimos años en que la crisis ha devuelto a muchos organismos oficiales algunos gramos de sensatez, las cosas parecen estar resultando más fáciles. Sólo así se explica que en el ámbito físico en el que me muevo con más asiduidad, hayan aparecido en pocos meses hasta cuatro recintos de estos, todos con las mismas características: escasos de fondo como librerías, escasos de oferta como bares, pero muy agradables para pasar un rato o para sentirse uno empapado de cultura sin demasiado esfuerzo.

Una librería de moda, pues. Y en el cartel una escritora sonada, de éxito, de relumbrón, con una novela recién salida del horno y un presentador, escritor como ella, de renombre como ella y, como ella, de la misma editorial.

Mucha gente en el acto, mucha. Me sorprendió, debo decirlo (y lo digo) porque en estos tiempos en los que todo el mundo da por muerto el libro tradicional y la edición tal como la hemos conocido (no lo digo yo: lo dicen los que saben de esto), en estos tiempos de sepelio y funeral está bien que haya tanta gente dispuesta a acompañar al cadáver. Es verdad que entre el público estaban el marido de la autora, y sus padres, y otro escritor amigo, al que citó expresamente, y su ginecóloga (de la autora, quiero decir, no del escritor amigo), y el editor, y el distribuidor, y varias jefas de prensa (hay un factor de género en este asunto que tendremos que abordar algún día) y, por supuesto, los libreros, y un par de periodistas, y yo mismo, que encontré un huequecillo discreto para enfrentarme a la liturgia. Pero mucha gente: puede -dios no lo quiera- que más que lectores vaya a tener el libro.

Liturgia, por tanto. La presentación de libros es una liturgia sólida, recurrente, establecida. Temía que las cosas hubieran cambiado, pero no. Todo se mantiene tal y como yo lo recordaba. Primero, el editor, una referencia ineludible del universo cultural español, un tótem, casi un mito. Breve, emotivo, simpático: son ya tantos kilómetros a la espalda. Después, el presentador. No se anda con chiquitas en el cumplimiento del encargo: “prosista excepcional”, “voluntad de estilo”, “un uso especial de la metáfora”, “una mirada sobre el mundo”, “cuajada de vida”, “profundiza en el misterio de la naturaleza humana”. El escritor amigo se ha cargado con la mochila de los tópicos y no tiene reparo en esparcirlos a paletadas.  Se me olvidaba: “llena de humor sin renunciar a la seriedad”, “el diálogo de la autora con sus maestros”. En fin, un profesional con su colección –amplia- de carraspeos, sus bromas –socorridas- sobre el alcohol, sus guiños de colega. Alguna bobada..., algún error... ¿Pero quién se va a parar en esos detalles?

Y al fin ella. Habla bien, con firmeza y con soltura. Sin titubeos. Comienza por devolver el colegueo y habla de un viaje de escritores a Brasil, el año pasado, que, guau, aquello sí que molaba. (Ella no utiliza estas palabras, porque es una escritora de postín, pero es la idea). Y luego se lanza. Porque ella “no está dispuesta a disculparse por cuidar el lenguaje, por no utilizar un estilo anoréxico”, como el de los demás, quiere decir, y no lo dice, pero se le entiende. Califica estos de “tiempos atroces” -no aclara cómo encajan con lo de Brasil- y dice que vivimos en plena “violencia económica”, y me admira su propia economía verbal, su capacidad para ventilarse en dos frases una crisis que yo pensaba necesitada de un análisis complejo. Dice alguna cosa sobre el argumento, del que también había hablado el presentador, pero no me enteré bien porque oí que salían tres parejas de gemelas monocigóticas y yo, qué quieren que haga, no puedo con las novelas en las que aparecen tres parejas de gemelas monocigóticas por más voluntad de estilo que las acompañen.

Y luego poco más. Hubo aplausos, pero no entusiastas, sino amigables, cordiales, como de andar por casa, y arracimamientos en torno a la autora, y al presentador, y al editor, y a las jefas de prensa (para que regalaran libros) y a los libreros (para que regalaran cañas).

Estuvo muy bien todo. Como cabía esperar, como ha sido siempre. Una liturgia en tono menor, bien llevada, bien resuelta, como de profesionales.      Las liturgias son buenas para los fieles, para los muy fieles, porque refuerzan lazos y afianzan creencias. Y son buenas para que se reúnan los amigos, y para que las librerías se visiten, y para que los escritores hagan bolos. O sea, que no tengo nada contra ellas. Y si mis lectores están esperando de mí una crítica afilada contra este acto al que asistí, están muy, pero que muy equivocados.


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