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Literatura bajo mínimos

De la Historia mínima de la literatura españoladaba cumplida cuenta hace unos días la joven Karina Sainz y no le faltaba razón al reclamar la atención de los lectores hacia una novedad editorial que destaca por dos circunstancias: sus reducidas dimensiones y la relevancia de su autor.

Sobre lo primero, hay ya poco que decir en estos tiempos de la concisión extrema. No hay minuto en que unos cuantos fenómenos no acierten a resumir el mundo en un tuit, ni día en que alguna editorial no lance un nuevo libro de microrrelatos. La brevedad se ha convertido en un valor o, por decirlo a sensu contrario, todo lo que suene a tocho es o expresamente denostado o tácitamente ignorado sin compasión.

Desde esta lógica vital una editorial de larga data y profundo arraigo intelectual se ha inventado una colección de mínimos que a mí, particularmente, me deja un poco frío. Soy un ferviente fan de los haikus -de los que hablaremos pronto-, pero dudo que el Cantar del Mío Cid pueda trasladarse a este formato. Pedro Páramo, con su escaso centenar de páginas, me parece una admirable novela pero me extrañaría que Mann hubiera podido ajustarse a sus dimensiones para contar la inabarcable apuesta de su Montaña Mágica. Los lieder de Schubert son de una belleza insuperable pero ya me contarán cómo incrustar en uno de ellos la tristísima historia de Madame Butterfly. Cada asunto tiene su formato y ceñirse a él es el único modo de poderlo contar adecuadamente.

Pero en el libro que nos ocupa estaba la segunda circunstancia: el autor. José Carlos Mainer es uno de nuestros más importantes estudiosos de la literatura española y uno de sus teóricos más sólidos. En los lejanos setenta, aún treintañero, Mainer se hizo un hueco notable entre nuestra intelectualidad al acuñar el concepto de la Edad de Plata para englobar a nuestros escritores del primer tercio del siglo XX, superando con ello la gastada fórmula de las generaciones -del 98, del 27, y así todo seguido-, y enlazando entre todos ellos conexiones y referencias metodológicamente fértiles. A partir de ahí, su nombre se ha ido enredando en otros múltiples empeños hasta el punto de que incluso sus más acérrimos enemigos, que los tiene, no pueden negarle relevancia.

Tres partes desiguales

Me interesaba pues comprobar cómo un nombre de la talla de Mainer afrontaba el reto de poner en doscientas páginas (poco más de un centenar de folios) toda nuestra literatura.

El resultado es desigual, dependiendo de a qué parte del libro nos refiramos.

El último capítulo, por ejemplo, que aborda la literatura española desde 1939 hasta nuestros días y que es el que más interés ha concitado en la prensa (que si no está Pérez Reverte, que si a Menganito le dedica mucha atención, que si esto, que si lo otro), tiene el mismo interés que un catálogo de Ikea. Da la sensación de que el autor, apremiado por el espacio, se hubiera visto impelido a volcar en media docena de folios todos los nombres que han publicado algo en los últimos setenta años, con un resultado final interminable e injusto. Contra lo que han señalado algunos medios, el problema de este capítulo no son las ausencias -alguna de las cuales suena a mera venganza personal, que también los intelectuales son humanos-, sino las injustificadísimas presencias de escritores de los que dentro de cincuenta años no se acordarán ni sus herederos.

La parte mollar del libro, la que agrupa desde los primeros balbuceos de nuestra literatura hasta el comienzo de la guerra civil de 1936 es correcta sin más. Opinable en algunos extremos, interesante en otros, novedosa en ninguno: si alguien tiene verdadero interés en conocer nuestra literatura, dispone de docenas de manuales de mayor interés, algunos de ellos escritos o dirigidos por el propio Mainer, y si no tiene interés, no es necesario que se flagele con esta páginas, excesivamente densas en ocasiones por imperativos de la concisión.

Sin embargo, hay una parte del libro realmente importante: el prólogo. Mainer ha escrito para la ocasión un prólogo soberbio, de gran altura intelectual y de notable claridad expresiva. Da la impresión de que, consciente de las limitaciones de su trabajo, de la condición de mero encargo alimentario de esta obrita, se hubiera sentido en la necesidad de demostrar su valía escribiendo en el frontispicio una docena de folios en los que hubiera volcado la esencia de sus muchos años de lecturas y reflexión.

Las tesis de Mainer se sustentan en tres observaciones luminosas, tercamente incumplidas por él mismo:

Géneros, nacionalidad y comercio

La primera: ¿qué es literatura? En sus orígenes, se entendía por tal cualquier texto escrito, fuera cual fuera su contenido o su destino. Con el paso del tiempo el concepto se ha ido ajustando casi hasta limitarse a la ficción y hay que preguntarse si no ha llegado la hora de abrir la mirada de nuevo hacia otros géneros y formas de expresión -la filosofía, el periodismo, la divulgación científica, los soportes audiovisuales- a la hora de catalogar la herencia literaria. Lúcida reflexión que el autor incumple a conciencia, sobre todo en el último capítulo de su libro, donde parece que solo la novela, la poesía y el teatro tienen cabida en su peculiar catálogo.

La segunda cuestión es aún más atrevida: ¿tiene sentido hablar de una literatura nacional, la literatura española, en este caso? Mainer es implacable a este respecto: las obras literarias han sido utilizadas por los poderes públicos para imponer con sutileza sus sistemas de dominación y sus visiones del mundo, pero en la medida en que esto no tiene sentido en las sociedades democráticas, tampoco lo tiene agrupar a los autores y sus creaciones en función de su nacionalidad. Si acaso, y aún esto con muchas dudas, la lengua podría actuar como elemento de cohesión. En consecuencia, no cuadra escribir una historia nacional de la literatura, sino una historia universal de la misma o, como poco, una historia de la literatura en español, que incluiría, por tanto, a los autores, bien notables, del otro lado del Atlántico. Al llegar a este punto de su reflexión, Mainer hubiera debido abandonar la escritura de este libro o haber ampliado su horizonte.

La tercera cuestión es verdaderamente ardua: la literatura tiene una vertiente comercial que interfiere de lleno en la valoración de cada autor y cada obra. No hay, no puede haber un juicio estético literario que vaya desligado de la cruda realidad de que en cada momento el mercado condiciona el éxito y el fracaso. Más vale aceptarlo así y no llamarse a engaño: desde que el mundo es mundo, desde que la literatura existe, se han consagrado nombres aupados por los poderes económicos y han desparecido otros que no lograron apoyos suficientes. Certera observación de alguien como José Carlos Mainer que, con toda su valía, que es mucha, ha dedicado su saber y su influencia a favorecer a los autores de determinado sello, un sello otrora poderoso que acaba de ser malvendido para paliar las deudas indecibles del grupo al que pertenecía y para favorecer los planes delirantes de su poderoso factótum, una académico de la lengua, por más señas, que nunca ha movido un dedo, que se sepa, por sentar en alguno de sus sillones a quien tan fielmente le ha servido.


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