Hmmm...

Literatura para el dolor de cabeza

Solo hay dos autores vivos de los que leo todo cuanto publican: Rafael Sánchez Ferlosio y John Le Carré.

Afirmación tan rotunda puede hacer pensar que los tengo por los dos mejores escritores del momento, pero no es exactamente así. Richard Ford, por citar un autor con obra recién publicada, me parece, en ficción, muy superior a ambos, y Steven Pinker figura hoy por hoy a la cabeza de mis autores favoritos de no ficción, en apretada pugna con Antonio Escohotado. Pero de ninguno de estos siento la necesidad de leerlo todo, al menos no con la sistemática exigencia con la que me entrego a la obra de los dos primeros.

Con todo, los casos de Ferlosio y Le Carré son diferentes. En el primero, el impulso que me anima se sostiene sobre la calidad de su prosa. Sánchez Ferlosio escribe como posiblemente no lo ha hecho nadie en castellano en los últimos siglos. Puede gustar más o menos, pero su rigor, su precisión y su léxico tienen pocos antecedentes en nuestra lengua. No es una prosa fácil, desde luego. Ni para el autor, que cincela cada oración como si le fuera la vida en ello -y es que, en efecto, le va-, ni para el lector, que no tiene otra, si quiere seguirlo, que encenagarse en su sintaxis hasta ser absorbido por ella.

Lo que diga Ferlosio puede no ser siempre acertado -sus tesis económicas, sin ir más lejos, carecen de solvencia técnica-, pero siempre está certera y bellamente expresado y solo por eso merece la pena el abono vitalicio a la esplendidez de su prosa.

Un espía retirado

El caso de Le Carré, que es el que hoy nos interesa, es diferente. Llegué a él en los últimos setenta y fue la llamada ‘Trilogía de Karla’ -las más destacadas obras de las ocho que tienen como protagonista a Smiley- lo primero que me metí entre espalda y pecho con la curiosidad y el asombro de un jovenzuelo ignorante en una época en que España estaba todavía encerrada en el pozo negro de su larga autarquía intelectual. Para los españoles de entonces, para los poco viajados, quiero decir, que éramos la mayoría, la guerra fría representaba un tema distante e ininteligible, que, a lo sumo, los muy politizados analizábamos en términos estrictos de clichés ideológicos. Lo que aquellas novelas aportaron de novedoso a nuestro inconsistente caletre fue -lejanas herederas de Chesterton- humanidad a la política, matices a la ideología, zonas grises a las convicciones más profundas.

Le Carré introdujo la incertidumbre de lo vivo en medio de las certezas de lo imaginado.

La fórmula tenía mérito y no era fácil que funcionara. El género del espionaje contaba ya con un largo recorrido en la literatura, particularmente en la anglosajona, y en general –acaso con la chestertoniana excepción citada- había quedado claro el principio fundamental de que el mundo se divide entre buenos y malos. Con la llegada de los bloques y la construcción del muro de Berlín, esta división se hizo incluso física. No había duda de quién estaba a cada lado.

Le Carré sembró la duda. Construyó unos personajes tan extraordinariamente reales que se llenaron de emociones, de contradicciones, de remordimientos, de miedos. Construyó seres vivos y, por lo tanto, incoherentes. Rompió los moldes, y los resultados fueron deslumbrantes en términos literarios pero muy desasosegantes en lo vital.

Si el flamante ex espía británico no hubiera escrito nada más que las novelas de Smiley se hubiera quedado en mi corazón para siempre, pero inevitablemente hubiéramos tenido que separarnos. Yo me hice mayor -él también, pero se le notaba menos-, los bloques empezaron a derretirse, los españoles empezamos a formar parte del mundo civilizado y la vida se llenó de asuntos mucho más atractivos que aquellas atávicas rivalidades entre espías occidentales y soviéticos.

Una fórmula magistral

Pero nuestro autor también se dio cuenta de los cambios y decidió acompañarnos. Acompañarme a mí, por lo menos, ponerse a mi lado y avanzar por la historia del último cuarto del siglo veinte descubriéndola y narrándola al mismo ritmo con que yo me iba encontrando con ella. Así fue como abordamos juntos el conflicto entre Israel y Palestina, o como supimos en detalle del desmoronamiento del bloque soviético, o como desentrañamos algunos misterios de la política exterior en América Latina, o como nos adentramos en África y sus conflictos, o en la crueldad de las multinacionales, o en el cambio generacional, o en tantas y tantas cosas.

La obra de Le Carré ha sido, durante cuarenta años, una fórmula magistral para conocer el mundo y para intentar entenderlo. Fórmula magistral en el sentido farmacológico de la expresión: igual que uno sabe que en la aspirina tiene un acompañante fiel para los episódicos dolores de cabeza, también puede saber que en las entregas trienales del escritor británico está la solución a algunas de sus incertidumbres. Como la aspirina, la fórmula de Le Carré es conocida, simple y repetitiva. Como la aspirina, puede que a alguno no le haga efecto. Como la aspirina, puede tomarse o no tomarse, pero es difícil que haga mal.

Después de haberme leído todo cuanto ha publicado, me siento legitimado para afirmar que Le Carré tiene carencias notables. En lo literario, su prosa resulta excesivamente repetitiva y sus historias estructuralmente monótonas. Aquellos personajes deslumbrantes de las primeras obras han dado paso a arquetipos que reproducen los hallazgos fundacionales y los repite hasta la caricatura: el jefe implacable, el patriota con remordimientos, la joven independiente pero tierna, la adúltera con sentimiento de culpa, el amoral insaciable de dinero y poder... Parece como si La Carré, en vez de escribir nuevas novelas, hubiera fabricado un molde en el que periódicamente vuelca algunos nombres propios y leves detalles argumentales con el fin de obtener una pieza solo superficialmente diferente de la anterior.

Tampoco en lo ideológico estamos ya tan de acuerdo como estuvimos antaño. Lo que más le reprocho a estas alturas a mi autor de cabecera es que no se haya hecho, como yo, europeo. Él sigue siendo un británico tradicional -incluso el Nuevo Laborismo le resulta demasiado nuevo-, que mira a los americanos con ironía pero con familiaridad, y que en cambio contempla al Viejo Continente como un espacio ajeno en el que suceden cosas que le afectan pero que no forman parte de su mundo.

Es algo peor que un euroescéptico: no se ha dado por enterado aún de que su isla se ha quedado pequeña. Y, sin embargo...

En su última obra me he vuelto a encontrar al Le Carré de siempre, con su novela de siempre, con sus personajes eternamente repetidos. Ahí están otra vez todos sus temas, todas sus obsesiones, todas sus apasionadas diatribas contra la política profesional, contra la diplomacia, contra el mundo occidental y civilizado del que él mismo forma parte. Con el humor, con la ternura, con la desolación de siempre.

Y me he sentido bien.

Una vez más me he visto acompañado por este buen amigo, sabio, socarrón y comprometido, en mi visita al mundo que nos rodea. No es la vacuna contra el cáncer, sino una simple aspirina. No cura nada, pero evita que me duela la cabeza.

Quién puede resistirse a eso.


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