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Lisboa al veintitrés por ciento

Desde que son portugueses, nuestros vecinos viven en una franja de terreno que limita al oeste con el imprevisible océano y al este con los muy previsibles castellanos. Han preferido buscar siempre la salida por el lado del primero, pensando -con o sin razón, que en eso yo no entro- que les resultaba más rentable jugar a la lotería de las olas que estrellarse siempre con el muro de nuestra terquedad.

La cosa de su enemistad con Castilla viene de lejos y allá en los inicios debió ser tremenda a juzgar por el hecho de que, a estas alturas del siglo XXI, en las mesas de novedades de las librerías más punteras de Lisboa aún sigue habiendo libros sobre Aljubarrota que destilan tanta actualidad como si fueran una recopilación de entrevistas con Cristiano Ronaldo.

Se echaron, pues, los portugueses no al monte sino al mar y se enredaron en una interminable aventura que les proporcionó un renombre de héroes no del todo justificado. Ellos, como nosotros, se hicieron conquistadores a la fuerza, obligados por la estrechez de su territorio, la avaricia de sus reyes y la miseria de sus súbditos, que tenían que buscar en la mar lo que la tierra no les daba.

Consiguieron tres cosas: territorios en los que expandirse, bacalao para alimentarse y productos con los que comerciar, de los cuales el de esclavos no fue precisamente el menor. Gracias a todo esto Portugal se hizo un lugar en el mundo y aguantó la entrada en la modernidad en unas razonables condiciones de desarrollo.

Consiguió además su objetivo primordial: que la frontera con España se mantuviera, muy a pesar de Felipe II y de Napoleón.

Gente resignada

Pero los portugueses no han nacido para ser felices. El XIX fue para ellos también un siglo pésimo y arrastraron la primera mitad del veinte en unas lastimosas condiciones  de imperio colonial venido muy a menos. Tuvieron también su dictador, solo faltaría, y ya es mala suerte que una de las alianzas más firmes selladas con España llevaran las respectivas rúbricas de Salazar y Franco.

El 25 de abril del 74, ya saben, llegó la Grandola, vila morena y todos nos creímos que a partir de entonces unos y otros íbamos a comer perdices. No fue así, pero Portugal se desembarazó al menos de su pesada carga colonial y puso algo de orden en las instituciones hasta que, esta vez sí de la mano de su tradicional enemigo, los países de la Península Ibérica se hicieron formalmente europeos.

Pero ni por esas.

Unamuno, que amó mucho a los portugueses porque su condición de salmantino de adopción le avecinó con ellos, llegó a escribir que Portugal era tierra de suicidas. No fue capaz de señalar la causa -¿alguien puede?- pero sí se detuvo a enumerar el destacado volumen de intelectuales y pensadores portugueses que a lo largo de los siglos han puesto fin a su vida. El sentimiento del fracaso, tal vez, el permanente agobio de unas fronteras en exceso constreñidas... Quién sabe: lo cierto es que las estadísticas desmienten a Unamuno. Las últimas que he encontrado sitúan a Portugal en el puesto cuadragésimo del ranking mundial por tasa de suicidios, solo ligeramente por delante de nosotros mismos que estamos en torno al número cincuenta.

Probablemente la observación unamuniana era más cualitativa que cuantitativa. En efecto, los portugueses de a pie son gente resignada, tiernos y agradables como pocos, razonablemente conformes con lo que les ha tocado en suerte, melancólicos siempre y eternamente añorantes de una supuesta edad de oro que nadie es capaz de identificar con precisión.

La decadencia portuguesa se hace patente, cuando menos, en su capital. Lisboa fue metrópoli importante como consecuencia de un enclave privilegiado, idóneo para convertirse en paso obligado de armas, personas y mercancías cuando el océano era la principal plataforma de transporte. A medida que el mar fue siendo sustituido por el aire o los bits, y a medida que la gestión administrativa del país fue cayendo en manos de Bruselas, Lisboa empezó a dejar de tener sentido y ella misma, como sus habitantes, fue cayendo en una saudade neblinosa y desmovilizadora. Hoy, sus tranvías ineficientes, sus infinitas tascas mediocres, sus calles mal pavimentadas y sus dudosas moderneces han terminado por configurar un decadente parque temático en el que las familias madrileñas de paquete low cost se desgañitan a carcajadas entre tajadas de bacalao e interminables colas para los Jerónimos.

Entre Pessoa y el fado

Tan territorialmente oprimida como sus gentes, la cultura portuguesa ha militado siempre –que Camoens me perdone- en segunda división. En literatura nos han dado a Pessoa, ciertamente, el único lisboeta capaz de entender la urbe en clave de modernidad. Dicen también algunos que a Saramago, pero don José, -una bellísima persona, todo hay que decirlo-, no pasó de ser un escritor bien dispuesto, que los académicos suecos premiaron con toda justicia porque el Nobel es suyo y se lo dan a quien les viene en gana. En artes plásticas y visuales los que han querido algo se han ido a buscarlo fuera, a Londres o a París, porque la estrechez de su territorio les tapaba la vista.

En música, cosa curiosa, los portugueses han alimentado a otros, pero ellos se han alimentado poco. Los países lusófonos –Angola y Mozambique, Cabo Verde y su morna, Brasil, cuya bossa nova ha sido el único ritmo capaz de competir en modernidad y frescura con el rock anglosajón- le deben a Portugal la base rítmica del idioma y el rasgueo inconfundible de la saudade. La antigua metrópoli, en cambio, se trajo poco de sus territorios ultramarinos, pero con lo poco que trajo y con algo que tenía, construyó un estilo propio, indiscutible y tierno: el fado.

Los que ya tenemos una edad recordamos esta forma musical asociada a la pesadumbre de la oscura dictadura salazarista y a la única voz representativa de este estilo con alcance internacional: Amalia Rodrígues. Con la revoluçao cambiaron los gustos y la estética y el fado estuvo a punto de desaparecer. ¿Qué lo salvó? Creo, sinceramente, que los turistas. Los mismos turistas chillones que se desgañitan en el tranvía, acuden a los restaurantes con fado del mismo modo en que nuestros guiris más entregados consideran que una visita a España como es debido debe incorporar al menos una sesión de flamenco. 

El fado hoy está fresco y revitalizado. Hay un buen puñado de jóvenes cantantes, y los compositores y músicos tampoco faltan. En cualquier rincón de Alfama, Bairro Alto o Chiado se pueden escuchar hermosísimas piezas interpretadas con calidad y sentimiento. Después –o antes- cabe un paseo por esas calles destartaladas y hermosas redescubriendo sus secretos. Es preferible hacer abstracción de la basura que las inunda y de la desatención que las rodea. No está Lisboa en su mejor momento. La Europa que en su día salvó a Portugal del estrangulamiento financiero poscolonial la tiene hoy de nuevo acogotada. El IVA del 23% en las facturas es una marca de fuego  que atestigua, una vez más, el acorralamiento de este pueblo.

Esta vez, ay, no son los castellanos los culpables ni será el mar quien pueda redimirlos.


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