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Lengua y sentido común

Me resulta imposible delimitar cuándo leí por primera vez a Lodares. Fue algún artículo de prensa, probablemente en El País, y me fui haciendo poco a poco adicto a ese lingüista peculiar que escribía con la claridad de la que solo son capaces los buenos escritores, que perfilaba conceptos como quien quita barro a las botas y que desmontaba tópicos con la naturalidad del que se bebe un vaso de agua.

Ese acercamiento paulatino me llevó a su primer libro y de ahí a los sucesivos. Hay dos, sobre todo, a los que aún regreso con frecuencia, porque parecen escritos hoy mismo, con la lucidez y la pasión de alguien que sigue empeñado en desarticular la red de bobadas que se han convertido en verdades oficiales. Sus títulos ya anuncian algo: El paraíso políglotay Lengua y Patria. En 2005 salió El porvenir del español, un título que, en mi opinión, aportaba pocas novedades a los anteriores, pero abría expectativas sobre las futuras reflexiones del que en aquel entonces era, sin duda, el filólogo español más interesante del panorama. Ese mismo año un absurdo accidente de tráfico acabó con su vida. El año próximo hará diez años que estamos sin Juan Ramón Lodares, y bien que lo sentimos quienes creemos que con esto de la lengua conviene no jugar.

Las lenguas no están vivas

Recordemos el contexto en que Lodares escribió su obra: últimos años del pasado siglo y primeros del presente, cuando el debate nacionalista en España estaba en todo su apogeo y buena parte de ese debate lo protagonizaba la cuestión de las lenguas. Eran tiempos en que los gobiernos nacionalistas de Cataluña y País Vasco (pero también Galicia) implantaban de manera implacable sus políticas lingüísticas, cuando la palabra “normalización” empezó a adquirir el dudosísimo sentido que después se ha consagrado y cuando los vociferantes de siempre clamaban en pro del derecho de las lenguas y de delicuescentes derechos históricos.

Es un debate muy aburrido hoy, por lo cansino y, ahora como entonces, muy irritante. Lo más sorprendente del debate es que, en términos generales, estaba mal planteado y que todas las partes que intervenían en él lo hacían a partir de apriorismos perfectamente absurdos. Lodares era un bálsamo, una isla de sensatez, un dechado de sentido común.

Las lenguas no mueren, no pueden morir, simplemente porque no están vivas. Las lenguas no son seres vivos, sino simples herramientas que el ser humano se ha dado para comunicarse

Una de sus más insistentes y brillantes ideas empezaba por negar la mayor: las lenguas no mueren, no pueden morir, simplemente porque no están vivas. Las lenguas no son seres vivos, sino simples herramientas que el ser humano se ha dado para comunicarse. Como todas las herramientas, lo que busca en ellas es la funcionalidad, la utilidad, la practicidad. En la medida en que nos valen, las utilizamos y las potenciamos. Cuando dejan de ser útiles, se olvidan y a otra cosa.

El uso de las lenguas es necesario para el entendimiento de los individuos dentro de su grupo, pero también para el intercambio entre colectivos diferentes, sobre todo a efectos comerciales, para el intercambio fructífero de bienes, productos y servicios. Contra lo que pensaban los románticos, que elucubraron mucho sobre el espíritu de las lenguas y transmitieron algunas de sus maguferías al racionalista siglo veinte, la humanidad ha sido bastante implacable con las lenguas, enterrando las que ya no servían y generando otras nuevas en función, no de valores políticos o estéticos, sino de sus necesidades más simples e imperiosas de acuerdo a cada momento, exactamente igual que había hecho con el hacha de sílex, el cuchillo de bronce o la rueda de molino.

Bilingüismo o semilingüismo

A este respecto de la funcionalidad le dedicó Lodares muchas páginas y no le faltó humor –que algo de humor hace falta- al abordar el espinoso asunto del bilingüismo. No era nuestro filólogo un fanático de su necesidad ni de su importancia. Sostenía, con argumentos convincentes y con soporte científico adecuado, que no es cierta la leyenda urbana que acredita un mayor desarrollo intelectual a quienes manejan dos lenguas sobre los que solo se manejan en una. Una vez más, lo importante es la funcionalidad: hablar dos lenguas es bueno si sirve para comunicarse con más personas, no si solo sirve para comunicarse con las mismas en dos idiomas diferentes. Su ejemplo era palmario: hablar español e inglés suma dos colectivos inmensos y permite la comunicación con más de la mitad de la humanidad; hablar español y catalán permite la comunicación con el mismo número de personas que los que hablan solo el primero. Una simple cuestión de números. Y aprender simultáneamente dos lenguas cuya utilidad se solapa produce el efecto que empieza a notarse en nuestros jóvenes: no bilingüismo sino semilingüismo: no hablar bien ninguna de las dos.

Implacable fue también Lodares en su análisis entre lengua y nacionalidad. Transitando por España, por Europa y por América, nuestro filólogo desmontó tópicos, descartó leyendas negras y puso en evidencia las jeremiadas recurrentes de los apocalípticos de turno. Aunque muchos se empeñen en negarlo, la imposición de una lengua ha sido rara vez una imposición de los poderosos. Ni los reyes ni los dictadores de cualquier signo, salvo contadas excepciones, han tenido un especial empeño en exigir a sus súbditos cómo tenían que hablar (y menos aún escribir, que hasta hace poco ha sido cosa de cuatro). Cuestión distinta es que los súbditos, o los ciudadanos, hayan optado por según qué lengua en función de lo que les resultaba más útil para acercarse al poder, al dinero o a los beneficios. Es sabido, a este respecto, que las constituciones modernas de los siglos XVIII y XIX no se preocupaban de especificar una cuestión tan obvia: ya se encargaban los ciudadanos de saber en qué lengua les convenía expresarse, igual que sabían cómo tenían que vestirse, según hiciera más frío o más calor, sin necesidad de que nadie se lo indicara.

Daba gusto, da gusto leer a Lodares: todo tan evidente, tan de sentido común, tan bien justificado. No hay una sola página de sus libros que haya perdido vigencia y hay que volver a ellas frecuentemente cuando escuchar a unos y a otros nos tiene a todos a las puertas de perder el oremus.


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