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Internet en el Senado

Que internet tenga un día no es buena señal. Salvo la madre y el padre, que lo tienen por razones estrictamente comerciales, las demás realidades con día propio de celebración disponen de él o porque se encuentran amenazadas o porque no consiguen demasiada atención. El Día de la Tierra, el Día de las Enfermedades Raras, el Día de la Mujer..., reivindicación o toma de conciencia, advertencia o aldabonazo, declarar el Día de Algo es tanto como advertir de un problema -y hacer una declaración de intenciones para resolverlo.

Y entonces, ¿es internet un problema?, ¿hay riesgos que lo amenazan hasta el extremo de que sea preciso este ejercicio colectivo de exorcizacion?

Con internet sucede algo peculiar: un niño todavía -medido en plazos históricos, sus tres décadas largas de existencia apenas se corresponden a la etapa de balbuceos-, se ha incorporado a nuestras vidas de tal modo que ya resulta difícil entenderlas sin las posibilidades inmensas que nos proporciona la red. Vivimos inmersos en internet con toda la naturalidad y sin darle mayor importancia, un poco al modo en que Fabrizio del Dongo gambeteaba en medio de la batalla de Waterloo sin tener conciencia de que se encontraba en medio de un acontecimiento histórico.

El Día, propiamente dicho

Al menos en España, el Día de Internet es en realidad una Semana, vayan ustedes a saber por qué. Pero el acto central se celebra en el día propiamente dicho (el 17 de mayo, aunque al caer este año en sábado se anticipó en una fecha) y consiste en un acto en el Senado al que por primera vez desde que se celebra, tuve la suerte de asistir.

Que el Senado sea el entorno en que se encaja la celebración central de internet es una más de tantas paradojas como nos brinda la vida española. Atiendan bien al binomio semántico: Senado e Internet: la más caduca e inútil de nuestras instituciones, asociada a la más deslumbrante y moderna herramienta humana. Pero, en fin, como el Barroco demostró, la interrelación de los opuestos produce a veces frutos asombrosos y, sin bien no me parece que la red vaya a obtener ningún rédito de esta alianza, pudiera ser que nuestra segunda cámara terminara por entender lo que hablábamos aquí la semana pasada: que ser moderno es ser crítico, empezando, naturalmente, por uno mismo.

Este año la reflexión sobre internet se centraba en un aspecto muy pertinente de su realidad: la gobernanza. Ustedes, que son leídos, saben bien que con tal neopalabro se designa de un tiempo a esta parte el conjunto de procedimientos, reglas y principios con que una corporación, institución o empresa se organiza, se gobierna y se ordena. Y si esto de la gobernanza es un reto en las grandes compañías multinacionales, no les quiero contar cómo se complica en un caso como internet, cuya realidad es más líquida que sólida, y aún a veces deviene gaseosa.

Seis ponentes, seis

En el acto hablaron seis ponentes que enfocaban esta preocupación desde diferentes ópticas. El representante del Consejo de Europa hizo una intervención buenista que me recordó los mejores tempos de nuestro inolvidable Rodríguez Zapatero. Dijo que internet es como el viento y el agua, que es de todos y que está en todos los sitios -me pareció encontrar briznas de teología en su alocución-, que el Consejo de Europa está luchando duro por defender esta idea. Dijo más: dijo que la noche anterior, fiesta de San Isidro, lo habían llevado a ver los fuegos artificiales de El Retiro, y que también entre aquellas lúdicas llamaradas creyó ver a internet. Como yo nunca he sabido en qué ocupan su tiempo los miembros de tan digna institución pero no me cabe duda de que sus fines son extremadamente loables, la intervención del señor Malinowski me reconfortó el espíritu aunque no me despejó ninguna incógnita.

Francisco Polo es director en España de Change.org, esa plataforma que sirve para recoger firmas con el fin de pedir todo tipo de cosas. Polo expuso en su intervención cómo Change y otras herramientas similares están transformando los modos de participación política y cuánto están ayudando a la plasmación de una democracia más directa y participativa. Nos anunció en primicia alguna nueva iniciativa y, en fin, defendió con mucha vehemencia que internet ha venido para hacernos más ciudadanos y más libres. Me hubiera gustado preguntarle cómo hace Change para garantizar la calidad de la participación y la solvencia de los compromisos que plasman sus abajofirmantes pero, por desgracia, el formato no permitía las preguntas y tuve que dejarlo para mejor ocasión.

Al representante de Telefónica no le entendí nada y no solo porque su español fuera bastante precario. Supongo que estaba allí porque todo indica que su compañía financia buena parte de la juerga y quede constancia de que tal reciprocidad –yo pago, así que yo hablo- me parece perfectamente legítima. Que no lo entendiera tiene que ver con mi torpeza innata, por supuesto, pero también con el hecho de que Telefónica ha sido siempre así, desde los tiempos de Azaña y Diego Martínez Barrio: le basta con la evidencia de dejar claro quién manda y lo de menos es lo que signifiquen las palabras.

Andrea Becalli habló en nombre de ICANN y me gustó mucho. Primero, porque me puso sobre la pista de una institución cuya existencia me imaginaba pero de la que lo ignoraba todo, es decir, la organización que pone nombre (letras y números) a todas las realidades de internet, que son muchas y complejas. Y segundo, porque hizo un sensato recordatorio de la complejidad de la red y de sus necesidades. No se lo voy a resumir yo aquí, que me falta solvencia para ello, pero les aconsejo que se den una vuelta por su sitio web, literalmente fascinante.

Me gustó también Chema Alonso, que habló de seguridad y de fisuras en la red, que alertó sobre la fragilidad con que internet se sostiene y de la frivolidad con que algunas corporaciones lo viven, y que defendió con vehemencia a los hackers, esos frikis internautas que son algo así como los Philip Marlowe de la red, detectives privados entre sentimentales y resabiados que se dejan las pestañas para que internet no pete. Me gustó lo que dijo, me gustó su independencia de criterio rubricada por una consecuente indumentaria y solo me dejó un poco perplejo comprobar después, trasteando, que la empresa en la que Chema presta sus servicios de hacker pertenece, también, a Telefónica.

Por ir acabando

Por fin, el chileno Pablo Bello, en su condición de secretario general de la Asociación Iberoamericana de Centros de Investigación y Empresas de Telecomunicaciones (AHCIET), hizo una convincente intervención alertando sobre la brecha digital en Iberoamérica, una brecha de clases, entre ricos y pobres, pero también una brecha territorial y lingüística en relación con los Estados Unidos. Su mensaje con todo fue optimista y alentador y, además, y eso siempre se agradece, daba la impresión de saber de lo que estaba hablando.

El acto lo presidía la vicepresidenta segunda del Senado. Me sabría mal sumarme al coro de los grillos haciendo afirmaciones denigrantes que pudieran achacarse a todos los políticos. Nada más lejos. Conozco cargos públicos y parlamentarios que en esta mesa hubieran hecho un papel perfectamente digno, incluso brillante. No esta señora, cuyo nombre no he querido buscar y cuya militancia ignoro. Fue, con diferencia, el más desafortunado de los intervinientes y ya es mala suerte siendo como era la única mujer y la única representante de la política española. Su nadería y su vaciedad atropellada y confusa solo hubieran podido sostenerse en un debate televisivo de la reciente campaña electoral.

Salvo este grano, el acto fue digno, útil y de nivel. Y lo fue porque estuvo (muy bien) organizado, (muy bien) presentado y (muy bien) dirigido por Jesús Valbuena, el único tipo que conozco capaz de mezclar el agua y el aceite, el Senado e Internet, el diálogo internacional y los últimos de Filipinas. Asistí porque el asunto estaba en sus manos y el resultado solo podía ser bueno.


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