Hmmm...

IVA cero para Homero

Hace unos días sostuve una fuerte discusión con una buena amiga, excelente escritora de ficción y aún mejor periodista. Lo de que yo discutiera no tiene nada de extraño, y aún menos cuando se trata de literatura, porque tengo la costumbre de enzarzarme, y mucho, intelectualmente hablando, en lo referido a temas importantes. Pero esta enganchada tuvo la suerte de encontrar del otro lado a una rival digna que me exigió afinar al máximo el razonamiento de manera que, al terminar, me encontré diciéndome a mí mismo: aquí tengo un artículo.

La cosa empezó porque mi amiga está escribiendo una novela sobre la biografía fascinante de un escritor desconocido. Lleva años trabajando en esta historia, indagando, recopilando material, hablando con unos y con otros. Yo le decía que, siendo como es una avezada periodista, teniendo materiales suficientes y tratándose de un argumento fascinante de ruina y fracaso como la vida misma, no lograba entender que tuviera que recurrir a la imaginación para inventarse situaciones y personajes. Ella contraargumentaba con que carecía de todas las piezas del puzzle y no le quedaba otro remedio que rellenarlo a golpes de invención.

Sobre estas dos premisas iniciales se montó la bronca, que yo les quiero transmitir con bastante más sosiego y, espero que, eficacia, aunque en estas líneas solo se reflejará ajustadamente mi punto de vista y el suyo, en cuanto suyo, quedará desdibujado. Por fortuna ella tiene plataformas suficientes a su alcance por si quisiera contestar, lo cual sería estupendo para todos porque debates de esta índole es lo que España necesita en medio de tanta chocarrería cotidiana.

La función de la ficción

La base de nuestras respectivas argumentaciones arranca de la diferente visión que ambos tenemos de la ficción literaria. Creo, con Saint-John Perse, que el escritor debe aspirar a ser testigo de su tiempo y capaz de contarlo en un lenguaje eterno. Pero el mundo es complejo, enrevesado, inconexo, el mundo es líquido y difuso, y si alguien quiere de verdad aproximarse a su comprensión, debe hacerlo con la disciplina de quien se sabe enfrentado a un reto imposible. Nadie, por mucho que viva, puede llegar a aprehender cuanto le rodea y mucho menos podrá describirlo con la simplicidad de un argumento de cuento infantil: no hay un principio nítido, ni un final clarificador, ni hay personajes buenos y malos sin matices, ni suceden todos los días heroicidades y pasiones. No, la vida no es así y, por tanto, los instrumentos narrativos ficcionales que se utilicen para describirla tienen que ajustarse a este axioma.

Algunos ejemplos: la historia de Ulises (¡y la hermosa búsqueda de su hijo Telémaco, una historia en sí misma!) es, como la vida, un complicado galimatías que arranca sin ton ni son, en el que nada sale como está previsto y que acaba bien, pero con muchos rasguños en el alma. El Poema del Mío Cid es un fragmento en la vida de un hombre al tiempo valiente y taimado, soberbio y peleón, familiar y grosero. Todas las novelas de Dostoievski son una desgarradura del alma sin demasiado sentido. Balzac construye en La Comedia Humana una monstruosidad tan cargada de situaciones como la vida de cada uno de nosotros. Joyce, naturalmente, cogió el lenguaje nuestro de cada día y lo convirtió en protagonista. En La montaña mágica, Mann descifró Europa pero no pudo llegar a resolverla. El Pedro Páramo de Rulfo es una modesta y dolorosa aproximación a las raíces del mal y del dolor...

Mi amiga se asombró de que yo llegara tan lejos. "Pero, Juan, es todo mucho más sencillo. Se trata de hacer artefactos, de crear juguetes con los que uno puede entretenerse y hacer que sus lectores se entretengan. Lo importante es escribir bien...".

Jugueteros versus novelistas

Y me fue explicando: escribir bien es manejar una prosa rítmica y sonrosada para contar una historia falaz, inverosímil y absurda. Escribir bien es falsear una historia dura y feroz, que ya había sido muy bien contada, para meter en ella algo más de sexo y emoción y hacerla con ello más vendible. Escribir bien es hacer de la literatura objeto de la literatura sin mayor aspiración que la de publicar un libro cada año...

Luego, aunque no lo dice ella, está también escribir menos bien, pero resultar entretenidos. Manejar una prosa tosca y primaria para contar historias cargadas de supuestos misterios. Buscar vulgares trucos para descifrar enigmas que tienen poco de enigmáticos. Contar historias de amor que consuelan mucho. Construir héroes y heroínas sin demasiada sustancia con los que cada lector y cada lectora puedan consolar sus murrias...

Artefactos. Juguetes. Los hay bellísimos y útiles, que merecen toda nuestra admiración y respeto. Hay juguetes también para salir del paso, básicos artilugios que cuentan con la imaginación del niño para que él les dé el sentido que quiera. También, claro, merecen un respeto. Unos son juguetes más caros y otros más baratos, unos buscan un tipo de público y otros buscan otro. Pero a ningún juguetero le he visto nunca pidiendo tratos de favor, exigiendo que sus impuestos sean menores que los de los demás ciudadanos o arrogándose derechos diferentes a los de los demás industriales.

Es más, es peor: a ningún juguetero le he escuchado nunca ampararse en la cultura (perdón, he querido decir en la Cultura, que en estos casos es obligado mayusculear) ni en la Literatura ni en las Bellas Artes, para justificar su actividad.

Esto es lo que yo quise decirle a mi amiga: que yo a Homero no solo le perdonaría el IVA sino que me lo quitaría de mis gintonics para darle a él de comer. En cuanto a los otros, a los que fabrican artefactos de esos que entretienen mucho, no tengo nada que objetar contra su noble actividad, pero me parecería más justo y más honrado que se dieran de alta en el IAE bajo el epígrafe de jugueteros.

Y que cotizaran como tales.


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