Hmmm...

Haz el bien y evita el mal

Que Antonio Escohotado publique libros tiene dos ventajas. Una es el libro mismo. La otra, que las obligaciones promocionales lo mantengan durante unos meses en un alto grado de visibilidad concediendo entrevistas en todo tipo de medios y formatos para mayor gozo de quienes disfrutamos tanto de su sabiduría como de su mala leche.

Con la publicación de la segunda entrega de Los enemigos del comercio el esquema se ha vuelto a repetir. El libro es algo más que bueno: es imprescindible, como lo fue el primer tomo y lo será el tercero, para avanzar en la construcción serena y rigurosa de un corpus téorico liberal avant la lettre (nada que ver con etiquetas electorales, háganme el favor), que desmonte tópicos, que clarifique posiciones y que proponga nuevas hipótesis: lo que viene a ser un trabajo científico en el terreno de la sociología.

Con el libro estoy disfrutando una barbaridad: hace tiempo que lo empecé, pero lo voy combinando con otras lecturas porque a Escohotado hay que leerlo con sosiego, absorbiendo cada proposición con la misma lentitud y consistencia con la que los buenos nutricionistas dicen que hay que masticar la comida. En paralelo, me lo voy encontrando aquí y allá en entrevistas dispersas por la inmensidad de la red y el contrapunto del género periodístico viene al pelo para disfrutar del Escohotado didáctico y cáustico, empeñado en transmitir el gozo de aprender y en denunciar con aspereza la terquedad de los dogmas.

Esta entrevista que se publicó en la exorteguiana Revista de Occidente es la última perla que me he encontrado. Se la hace Ernesto Castro, un jovencísimo filósofo que será grande en cuanto supere la única enfermedad que se cura con el paso de los años, y cuya actitud de entrevistador sabelotodo provoca en el maestro un monumental enfado que merece la pena disfrutar -y hay que agradecer a Castro su honestidad al transcribir la entrevista sin amaños, aun cuando su propia posición quede tocada.

Opiniones vs datos

Hay un párrafo en esta entrevista que me parece especialmente adecuado para algo que me ronda en la cabeza desde hace tiempo. La sustancia del párrafo (completo pueden verlo en el enlace de arriba) se resume en esta frase: "El afán de averiguar datos desconocidos pesa incomparablemente menos que el deseo de confirmar algo resuelto antes de estudiarlo, en unos casos porque (se) es pro y en otros porque (se) es anti. (…). Como superar la ignorancia gracias al mero estudio es mi fuente primordial de satisfacción, (me) resulta asombroso -y en parte desazonador- que pasar del desiderátum a la verificación importe tan poco".

Primar las convicciones sobre el aprendizaje, las creencias sobre la investigación o las opiniones sobre los hechos es una actitud muy española y buena parte de nuestra historia se sustenta en ella. Pero hoy me interesa centrarme en una plasmación muy específica de la misma: el papel de la ficción en el mundo contemporáneo.

Ficción ha habido siempre, desde que el mundo es mundo. Mitos, canciones rituales, poemas épicos: la ficción ha perseguido desde sus orígenes dos fines: explicar lo inexplicable y consolar ante el fracaso, el mayor de los cuales es, por supuesto, la muerte. En la tarea de interpretar el mundo, la ficción se ha visto siempre complementada, en una interrelación mutua, por el arte y por la no ficción: música, pintura y escultura entre los primeros, y, entre los segundos, filosofía e historia, ciencias físicas y especulativas, ingeniería y arquitectura... Con estos mimbres, el ser humano ha ido avanzando en la construcción de un pensamiento complejo, tan racional como estético, tan ético como funcional.

La novela fue siempre una buena herramienta en la doble función de explicación y consuelo. Idear seres ficticios abocados a sucesos ficticios es una excelente manera de presentar en porciones digeribles lo que en la vida real se hace inextricable. Uno puede quedarse anonadado ante la enormidad de situaciones ante las que la vida le enfrenta, pero echando mano de Homero, de Cervantes o de Flaubert -por poner ejemplos casuales- algo de lo que sucede puede llegar a entenderse. Del dolor podemos llegar a saber mucho adentrándonos en Dostoievski; del amor, leyendo a Stendhal; de los absurdos de la moral burguesa, con unas dosis de Wilde; de la España del XIX, con Galdós. Como una maestra rigurosa pero didáctica, la ficción nos ha mostrado el mundo y nos ha destripado al ser humano.

Novela vs conocimiento

Pero algo ha pasado en los últimos tiempos. Algo malo, y ya es raro que lo diga yo, siempre tan optimista. En algún momento, que no sé exactamente cuándo fechar, la ficción -y particularmente la novela, y particularmente la novela en español- ha ido abandonando su aportación al conocimiento para irse relegando a su función de consolador. La novela como anestesia, la novela como religión. Lo que el lector de hoy busca, y, naturalmente, lo que el narrador le ofrece, no es indagación sobre las complejidades de la vida, sino píldoras homeopáticas que no curan de nada pero procuran paz interior.

Por supuesto que no me refiero a la ficción frívola, de puro pasatiempo y solaz. Tengo hacia esta literatura un profundo respeto, como se lo tengo a la brisca o a la petanca, actividades que no practico pero que me parecen muy honestas porque no engañan a nadie: sirven para lo que sirven y nadie se pone trascendente con ellas.

Mis problemas vienen con la ficción seria, con las novelas engoladas, con los grandes nombres y con las jóvenes promesas que aspiran al olimpo de la literatura. Estos son los que me preocupan, en la medida en que han encontrado en la novela un vehículo para sus alegatos morales y para sus lucimientos estéticos, con escasa atención al esfuerzo que requiere la búsqueda de nuevas vías y a la indagación en escondidos rincones de la realidad. Autores que descubren el Nuevo Testamento como la base misma de la modernidad, o imposibles trillizos monocigóticos a contracorriente de la evidencia científica, o recurridas historias guerracivilistas en la que la duda como actitud está directamente vetada. Jóvenes microrrelatistas, noveles reinventores de un realismo sucio de andar por casa, aparentes introspectores del alma humana que reeditan el viejo truco del Querido diario… Demasiada repetición de fórmulas, demasiada autocomplacencia, demasiado libro inútil.

Pero me preocupan más los lectores. Los lectores serios de novelas serias. Gentes que han convertido el género en el gran refugio de la placidez espiritual, en el nirvana del buenismo rampante, en la búsqueda incansable de la autoafirmación.

Voy a escribir una simplificación, aún a riesgo de que me caigan piedras más o menos metafóricas: el lector de ficción, hoy en día, huye del esfuerzo intelectual, del aprendizaje y de la búsqueda y lo que pretende es que le repitan incansablemente la tranquilizadora tautología tomista Haz el bien y evita el mal de acuerdo con sus convicciones personales y con su particular visión de las cosas. Algo de esto ocurre también con el ensayo político, e incluso con la historia -donde nadie lee a nadie que no sea de su cuerda-, pero lo de la ficción es especialmente serio, un serio problema de deshonestidad intelectual, poco acorde con el “esfuerzo por superar la ignorancia gracias al mero estudio”, del modo en que el maestro Escohotado propone como fuente primordial de satisfacción.


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