Hmmm...

Fin de época

Ya hemos tenido ocasión de departir en estas páginas sobre ese gran mito contemporáneo que son la lectura y los libros.  Es verdaderamente asombroso lo que puede llegar a hablarse sobre esto: es más, cabría decir que Pablo Iglesias y la literatura son los grandes temas de nuestro tiempo, aunque luego, en nuestro transcurrir cotidiano, ni una cosa ni otra nos influyan de manera significativa.  Como sobre el primero de los asuntos ya se ocupan por extenso todos mis demás compañeros opinadores más la mayoría de los redactores de este y de los demás periódicos, yo me dedico al segundo, sin ánimo de llegar a ningún sitio, pero al menos con la sana intención de ordenar algunas ideas confusas.

En esta ímproba tarea me ayuda siempre mi admirado Premio Nobel Mario Vargas Llosa con quien, como ya tengo dicho, coincido plenamente en el uso de las preposiciones, que mira que es coincidir.

¿Imaginación o ciudadanía?

El otro día, sin ir más lejos, se fue nuestro insigne novelista a autoinaugurarse y lo hizo, nada más y nada menos, que del bracete de nuestra muy querida alcaldesa. Ya les vale: Madrid está en fase de derribo y su cultura se ha situado en cotas de zafiedad que no se veían desde hace tiempo, pero esta foto, háganme ustedes el favor, es la imagen definitiva y veraz del final de una época. Que yo no echaré de menos.

Y va el hiperpremiado autor (¡hasta el Planeta ha conseguido!) y con un par, dice: “El espíritu libre que nos hizo salir de las cavernas ha sido atizado, estimulado por la literatura más que por ninguna otra disciplina o quehacer". La cita está extraída de la excelente crónica que nuestra gran Karina Sainz firmó para este periódico: no me cabe, pues, duda, sobre su autenticidad. Pero, por supuesto, no es verdad lo que dice: el espíritu libre ha sido estimulado por la curiosidad, por el ansia de saber, por las grandes preguntas existenciales, por el deseo de conocer, por la investigación, por el intercambio, por el comercio… Si hubiéramos dependido de la literatura para salir de las cavernas estaríamos aun cazando dinosaurios, o lo que sea que cazaran los hombres de las cavernas. Y después, tras otros cuantos lugares comunes, va y añade: “la lectura es fundamental para enriquecer la imaginación y para la formación del ciudadano libre y democrático", compleja proposición donde, como ustedes pueden observar, se mezclan dos ideas, cuales son la imaginación y la ciudadanía, que tienen poquísimo que ver y que incluso son antitéticas; los tipos con mucha imaginación son, por lo general, unos ciudadanos bastante deficientes. Y no me obliguen a dar nombres.

Pero como ya digo que en algunos detalles coincidimos, he aquí una frase de nuestro antitelevisivo divo que sí estoy dispuesto a compartir: "Una sociedad democrática y libre, impregnada de espíritu crítico, debe ser una sociedad lectora". Cómo no voy a estar de acuerdo con una afirmación así. La lectoescritura, como herramienta de comunicación y de captación simbólica de la realidad, ha marcado el devenir de las civilizaciones y las culturas a lo largo de siglos. La extensión de su uso fue crucial para la democratización de las sociedades y hay dos momentos esenciales en esta conquista: la invención de la imprenta de tipos móviles y la generalización de la alfabetización que, aunque parezca increíble, en las sociedades occidentales es cosa de hace cuatro días.

Los libros, según y cómo

Así que sí, por una vez tiene razón don Mario: la lectura nos hace más libres. La lectura, que no los libros. Nos hace más libres y democráticos el intercambio de información e  ideas a través de los diferentes soportes existentes: la prensa tradicional y la que estará ahora naciendo, los nuevos géneros nacidos en internet, los blogs y los vlogs, los facebooks y sus bobadas, los tuits y sus chismorreos… Todo ese mundo delirante y un tanto vertiginoso por el que ahora estamos deslizándonos nos hace más libres y democráticos, aun a costa de tener que soportar (pacientemente) mucho ruido y bastante estupidez.

¿Los libros? Claro, pero según y cómo. Yo sé que incluso Vargas Llosa, que es académico, sabe que la primera acepción de la RAE a la palabra libro (“conjunto de hojas de papel…”) no es exactamente a lo que él se refiere cuando la pronuncia. Piensa más bien en la segunda (“Obra científica, literaria o de cualquier otra índole…”) y aun en este caso habría que diferenciar, porque él sabe tan bien como yo que no todas las obras científicas y literarias que se publican (incluida alguna suya) han contribuido a la construcción de una sociedad más libre y democrática.

El problema del libro es la enorme complejidad de su proceso de producción. Desde que el autor lo idea hasta que un lector anónimo deposita sus ojos sobre la palabra fin sucede un proceso en el que intervienen muchos factores, muchos agentes y muchas circunstancias incontrolables. Y ese proceso, que ha sido fascinante y enriquecedor en el pasado (aunque también cargado de muchos vicios y problemas), está viéndose radicalmente transformado, como tantas cosas, por el nuevo entorno digital y por el nuevo modo en que la comunidad lectora empieza a configurarse.

En los próximos días quiero hablarles de esto. De alguna propuesta fascinante que anda enredada por las redes y de las nuevas posibilidades que se nos abren a los que amamos la lectura más allá de tópicos y mitologías. La foto que he encajado entre estas líneas ilustra, como pocas, el fin de un modelo y de un estilo. La próxima semana el futuro estará aquí.


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