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Estudiando historia en el recreo

En España no ha habido buena historiografía –aunque sí algunos historiadores notables-, en parte por carencias estructurales de un modelo de investigación que nunca ha contado con recursos suficientes, en parte por la descarada utilización política que de la historia se hace, particularmente durante el ominoso periodo de la dictadura franquista, aunque también antes y después.

Rigor, en efecto, no ha habido, pero afición a la historia como fuente de entretenimiento y evasión la hemos tenido a chorros. Siempre hemos sido muy partidarios de una historia entendida como base de ficción blanda y pachanguera, y los danbrownes y ruizafones de este mundo –con sus anacronismos, sus fantasías y sus excéntricas heroicidades- ya fueron anticipados por nuestros antepasados desde el romancero para acá.

Y si no, echen un vistazo a las mesas de novedades de las librerías y comprobarán que, junto a la delirante inflación de novela gris –antes llamada negra-, coexiste una asombrosa sobreabundancia de pretendida novela histórica que, si tiene poco de novela, de histórica conserva apenas el tufillo de los nombres propios.

Tampoco el mundo audiovisual ha sido generoso ni certero a la hora de afrontar la producción histórica. El cine le dedicó tiempo y recursos en época de Franco y no merece la pena prestar mucha atención a los resultados, aunque hubiera algún detalle de interés al que ya me referí tiempo atrás. En la época actual, apenas se ha atendido al cine histórico y de los poquísimos escarceos que se me vienen a la mente más vale olvidarse pronto.

La televisión no se ha dejado la vida en el género y, así, al pronto, no se me vienen a la cabeza más que algunos biopic como Teresa de Jesús o Ramón y Cajal, porque no querrán ustedes que consideremos historia los currojiménez esporádicos o los dramones de época que de vez en cuando nos endiña.

Rigor sin presupuesto

Por todas estas razones, la temporada pasada me resistí a ver ni un solo capítulo de Isabel, pese al interés que despertaba a mi alrededor. Dados los tiempos que corren, ya contaba con que no me iba a encontrar con un alegato imperialista bajo el eslogan cantarín de “Tanto monta, monta tanto/ Isabel como Fernando”. Me temía más bien que, tras la patética Hispania, y al hilo de ciertas series anglosajonas de pretexto histórico –la gran Roma, la excesiva Spartacus o la muy floja Los vikingos-, esta sería una nueva oportunidad de mostrarnos la belleza de nuestras actrices en cueros, el valor de nuestros varones seduciéndolas y la emoción evanescente de cuatro golpes de esgrima en medio de las intrigas de palacio.

¿Por qué me decidí finalmente a verla? Seré sincero: porque RTVE tiene un excelente apartado de TVE a la Carta que pone las cosas muy fáciles para entretener las murrias veraniegas. Me vi un capítulo, y ese me llevó a otro, y ese a otro, y así hasta que en apenas cinco días me ventilé los trece que componen la primera temporada.

¿La conclusión? Mejor de lo que esperaba pero con mucho margen de mejora. El mayor acierto, acaso el único, sea el rigor con el que el guion se ajusta a la verdad histórica. Hay algunas simplificaciones orientadas a favorecer la narración, una suavización de los rasgos físicos y morales de algunos de los protagonistas y una excesiva limitación de personajes participantes, exigida sin duda por la necesidad de abaratar el apartado de nóminas; pero aun así se nota que al fondo del proyecto ha habido historiadores competentes con capacidad suficiente para embridar a los guionistas.

Lo demás son pegas. Más o menos importantes, pero pegas. Unas posiblemente tengan que ver con el presupuesto disponible y otras con las ganas (o con la falta de ganas) de hacer las cosas bien.

En español televisivo

Los actores, por ejemplo. Los actores lo hacen mal en su conjunto y tomados uno por uno. Alguno de ellos es un clásico de las series televisivas y lo mismo le da ejercer de arzobispo de Toledo que de moderno inspector de policía: el mismo gesto, la misma dicción, los mismos tics de siempre. Otros son menos conocidos, como la propia actriz que encarna a la protagonista, quien, a falta de mejores registros, resuelve los matices de su papel a gritos. Más fuertes o más débiles, pero siempre a gritos.

Luego vienen la ambientación y la caracterización. Comprendo que no están los tiempos para reconstruir ciudades medievales con todos sus detalles, pero dotar de credibilidad el entorno a veces no es cuestión de grandes decorados sino de pequeños detalles: y aquí todo se resuelve a brochazos, con cuatro planos y media docena de fotos que se repiten hasta el hartazgo. En cuanto a los personajes, uno no busca un rigor histórico absoluto, pero son todos –y sobre todo, todas- demasiado guapos, van demasiado limpios y se comportan demasiado a nuestra manera de hoy. 

La verosimilitud de la serie, a mi entender, termina de perder pie con una cuestión crucial: el lenguaje utilizado. No esperaba encontrarme un vocabulario casi incomprensible y una sintaxis aún a medio escapar del latín vulgar –estamos, no lo olvidemos, saliendo de la Edad Media-, pero asombra comprobar que todos los intervinientes en el drama, sean de donde sean y defiendan lo que defiendan, utilizan un lenguaje homogéneo e improbable. No es solo que el Gran Capitán no tenga el más leve deje cordobés, o que Alfonso de Portugal no diga una palabra en su lengua, como no la dicen en la suya los enviados franceses, ni el papa; no es solo que los aragoneses y los catalanes y los valencianos hablen de un modo que no cuadra con el sentido común: es que ni siquiera los castellanos hablan en castellano, sino en un español estándar que no hablamos ni nosotros: un español televisivo, podríamos decir.

Un español televisivo que alcanza su cota máxima de delirio en la secuencia en que la joven princesa Juana, a la que la historia conocerá como La Beltraneja, se reencuentra con su madre tras una larga ausencia y se lanza a sus brazos al grito de ¡Mamá!, anticipándose en cuatro siglos a nuestros afrancesados de la Ilustración, que importaron de los gabachos el modo coloquial de dirigirse a la progenitora.

En fin, que Isabel es muy mejorable. Y que no soy optimista respecto a esas mejoras. Al fin y al cabo, en España, cuando nos ponemos estupendos, hacemos nuestro el aserto ciceroniano de que la historia es maestra de la vida. Maestra, ciertamente, pero siempre en horario de recreo.


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