Hmmm...

Empacho de kriptonita

A todos nos pasa alguna vez en la vida. Procuramos ser coherentes, actuar en consecuencia con nuestros principios, vivir con una cierta honestidad intelectual. No me refiero a hazañas ni heroicidades, sino a unos mínimos: no hacer aquello que se detesta, no aplaudir aquello que no merece aplauso. Lo normal.

Lo que pasa es que algunas veces uno patina en sus convicciones. Puede ser el calor, que achicharra el cerebro, o el mucho estrés, que afloja la voluntad, o una copa de más, ahora que ya el hígado no está para trotes.

Y así me pasó a mí la otra noche. Que, de hoz y coz –estarán conmigo en que se trata de una expresión preciosa aunque imprecisa-, me encontré en la butaca del cine viendo Superman: el hombre de acero con el mismo estupor e incomodidad con que hace muchos, muchos años, me vi en un night club de Oporto sin recordar cómo había ido a parar allí ni, lo que es peor, qué se esperaba de mí.

Superman, pues. Dos horas y media de mi vida tiradas al cubo de la basura. Porque eso ya se lo digo de antemano y que vaya por delante: no pierdan un minuto de su tiempo en acercarse a ver semejante bobada. Ni que se lo regalen. Ni que les incluyan las palomitas y las gafas de 3D. Ni que les inviten a cenar en el restaurante de Sergi Arola, ahora que lo gestiona Montoro.

Una necedad.

Cómo será que, uno que ya tiene cierta edad y ha visto mucha basura, no duda en colocar este film  en el Top-10 de las peores películas de la Historia.

A la altura de Dumbo, no les digo más.

Pero como soy un tipo práctico por naturaleza, y ya que había soltado mis correspondientes nueve pavos y tenía por delante dos horas y media de sopor e insensatez, me dije: voy a aprovechar el tiempo y a ayudar a mis fieles lectores a que no se dejen engañar.

Que yo, en lo referido al servicio público, el primero, oiga.

Y me puse a reflexionar sobre qué podía contarles.

Una película vacía

De la película en sí, prácticamente nada. Un amigo al que le anticipé mis inquietudes me aconsejó que hablara en este artículo de la dignidad recuperada por parte del héroe desde el momento en que los productores le dejan llevar los calzoncillos por dentro. Es un enfoque posible, no digo que no, pero como este asunto de la ropa interior masculina ya lo abordé hace poco, no quiero que terminen ustedes -y la CIA, que todo lo vigila- tomándome por un vicioso.

¿Los actores? Bien, gracias. Comprendo que Kevin Costner y Russell Crowe tengan que llevar los garbanzos a casa, así que ningún reproche que hacerles al hecho de que presten su rostro y su prestigio a semejante patochada. ¿Los efectos especiales? Qué quieren que les diga, terminé mareado, así que supongo que estupendos, porque me da la impresión de que era  eso lo que perseguían.

¿Y el guion? No, de eso no había: es una película moderna.

Pero lo malo, con ser esto malo, es que el asunto viene de muy lejos.

Un mesías de andar por casa

Para conocer los orígenes de Superman y todos los entresijos de la historieta no me necesitan ustedes. Basta con que gugleen la palabra y les aparecerán unos 145 millones de sitios web donde les hablarán del tema desde todos los ángulos y matices. Pero por señalar lo básico: el personaje, como tantas otras cosas, nace en plena Gran Depresión, con los Estados Unidos y el mundo sumidos en una profunda crisis y con unos gustos estéticos consecuentes con el momento, que oscilan entre la pura evasión, la desesperación existencial y la trascendencia diversa. Siegel y Shuster, los creadores del personaje, eran liberales convencidos -es decir, izquierdistas en versión norteamericana- y también judíos, así que, encajonados entre El Capital y La Biblia, le transmitieron al personaje un descarado tono mesiánico del que ya no se ha desprendido nunca.

Me imagino que ese espíritu salvador es el que hizo inmediatamente popular al personaje, porque desde el punto de vista narrativo y conceptual, el muñequito y sus acompañantes fueron siempre de una sosez sobrecogedora. Y sin embargo, en uno de los procesos más sostenidos y vertiginosos del panorama estético del siglo veinte, lo que empezó siendo una historieta corta pasó a convertirse pronto en una industria editorial en sí misma y de ahí a la televisión y al cine en un recorrido que no tiene pinta de detenerse.

En mi ya lejana juventud, Superman no me importó nunca lo más mínimo, pero se me empezó a poner el moscón detrás de la oreja cuando me encontré a un tipo muy serio y muy sesudo que estaba haciendo su tesis doctoral sobre la filosofía contenida en los tebeos del personaje, que el buen doctorando coleccionaba religiosamente y anotaba con letra menuda con la dedicación con que otros intentaban desentrañar a Kant con resultados más que dudosos.

De Eco a Mario Puzo

Fue este hombre quien puso en mis manos las reflexiones de Umberto Eco sobre el último superviviente de Krypton. Hoy, la obra académica de Eco suena, como su propio nombre indica, a una cosa entre anticuada y deslucida, pero hubo un tiempo en que el semiólogo italiano nos deslumbró con algunas intuiciones notables en torno al sentido de la cultura popular. Así que el hecho de que le dedicara  a Superman una atención tan notable me llevó a pensar que el asunto tenía enjundia. Lo fui leyendo. Me aburría sobremanera y en aquellas historias de amor reprimido y hazañas absurdas no encontraba más que patrañas. Así que no tenía motivos para ver ninguna de las películas que ya por entonces iban haciéndose sobre el personaje.

Hasta que en 1978 se estrenó Superman: la película, que conmemoraba los 40 primeros años de la criatura y para la que no se reparó en medios. Fui a verla por muchos motivos, casi todos cinematográficos, y no el menor la presencia como guionista del gran Mario Puzo, que poco tiempo antes me había dejado turulato con El Padrino.

Mi pasmo fue pleno: Superman era un plagio descarado de los Santos Evangelios y el protagonista se revestía con las características de un nuevo Jesucristo que había sido enviado por su padre para salvar a los hombres de su propia destrucción.

Puzo, pues, seguía los pasos de mi amigo el filósofo y había aprendido de Eco que la tal historieta se enraizaba en los arquetipos religiosos medievales (bestiarios, lapidarios y demás) con que durante siglos se había venido entonteciendo a las masas.

La película era buena, desde luego. Nada que ver con el bodrio de ahora. Pero, poco fan como soy de las cosas sobrenaturales, me dije que, después de aquello, si me da por ponerme trascendente, acudiré al original antes que a la copia.

Hasta que el otro día -ya digo: un traspié lo tiene cualquiera- me vi soportando de nuevo la simpleza mesiánica del héroe, que lleva trazas de no parar nunca.

Naturalmente, me acordé de Krahe: el único que ha sabido sacarle algo de jugo a tanto empacho de kriptonita.


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