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Ejercicios de gramática gubernamental

La sintaxis –ya lo saben ustedes que son gente culta y por eso frecuentan estas páginas- es el conjunto de reglas que permiten ordenar las palabras para que el mensaje se entienda. Conviene manejar esas reglas de modo que la expresión resulte lo más clara posible. En una construcción compleja, o en un discurso improvisado, o en una conversación, es perdonable, comprensible e incluso lógico que se produzcan errores sintácticos. En un texto escrito breve es menos perdonable. Y en una locución de cuatro o cinco palabras no tiene ningún sentido que la sintaxis no funcione. No les digo ya si esa locución corresponde a la denominación de un órgano de la Administración del Estado. En ese caso, la disfunción sintáctica no puede ser un error sino una consciente determinación de engañar al oyente. O de enredarlo, por lo menos.

Sin remontarnos mucho, el inolvidable Zapatero -¿se acuerdan?- nos brindó una de sus brillantes aportaciones a la neolengua contemporánea cuando creó el Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino, un engendro sintáctico en el que, con habilidad envidiable, se sortearon todas las posibilidades correctas para dar con una de las pocas que no tenían sentido.  Como ya saben ustedes que las palabras están al servicio de la política, de lo que se trataba en aquel caso era de eliminar el recién creado Ministerio de Medio Ambiente sin que se notara mucho.

Pues bien, en una habilidosa maniobra sintáctica del mismo tenor, como si Mariano y ZP estuvieran dispuestos a compartir algo más que las enseñanzas de la Merkel, el nuevo Ministerio de Educación, Cultura y Deporte se ha inventado dos locuciones extraordinarias para denominar sendos chiringuitos administrativos. El primero es la Dirección General de Política e Industrias Culturales y del Libro. Respiren antes de continuar y después reparen en la construcción semántica de la tal denominación: Política + Industrias Culturales + Libro. Es decir, desde tan selecto lugar no solo se va a hacer “política” (se supone que cultural, aunque la marca del adjetivo aparece un tanto forzada) sino que también van a estar al tanto de las “industrias”, estas sí claramente culturales. Pero, además, y aquí viene la guinda, aparece de pronto  el libro y nos perdemos definitivamente: Habida cuenta de que el libro es una de las industrias culturales más destacadas de nuestro país, no se entiende bien por qué no aparece englobado dentro de esta en una denominación sin vueltas: Dirección General de Industrias Culturales (porque la política va en el hecho de que se trate de un órgano de la Administración).

Pero si esta locución les ha fascinado, no se pierdan la siguiente: Dirección General de Bellas Artes y de Bienes Culturales y de Archivos y Bibliotecas. Aquí no son dos, sino tres, las copulativas que se manejan y ya no se entiende nada de la segmentación semántica de la cosa: ¿quiere decirse que los archivos y bibliotecas no son bienes culturales?;  ¿significa que las bellas artes, los bienes culturales, los archivos y las bibliotecas son, por así decir, realidades semánticas interrelacionadas que se gestionan juntas como consecuencia de las sinergias que se producen entre ellas? Y si es así, ¿cuál es la relación entre las bellas artes y los archivos, por poner un ejemplo?

La verdad es que estas disquisiciones no tienen interés alguno para la vida real. Pero es que tampoco estos departamentos lo tienen. Lo que se gestiona en ellos –cuatro subvenciones y alguna pelea: poca cosa, en comparación con el boato con el que se envuelven-, se podría hacer en ese formato o en cualquier otro, con ese nombre o con el a usted se le ocurra en la ducha. Pero las enrevesadas denominaciones buscan contentar a todos y suplir la claridad de ideas. Convierten el nominalismo en superchería.

En este caso, la desaparición de la Dirección General del Libro y Bibliotecas ha sido considerada por algunos un drama. La tal dirección general tenía menos competencias que el portero de una discoteca, pero un titular de la cosa, tres subdirecciones generales y su escalafón correspondiente daban mucho brillo a un sector que anda mustio y lloroso por las esquinas. Los señores Wert y Lasalle les han quitado el juguete pero con un poco de birlibirloque sintáctico han hecho como si, y algunos, tan contentos. Parece que el bueno de José Luis no se haya ido.


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