Hmmm...

Declamar a Chéspir

Traicionándome a mí mismo, voy a hacer una afirmación de la que no estoy absolutamente seguro. Si anduviera más sobrado de tiempo, dedicaría unas horas a comprobarla empíricamente para poder hacerla con rotundidad, pero por ahora permítanme que la formule solo como hipótesis.

La afirmación es esta: Shakespeare es el autor teatral más representado en nuestro país en los últimos treinta años. El más representado, de largo, por encima de Lorca, de Valle o de Lope, por mencionar nombres indiscutibles de nuestra dramaturgia que también están muy presentes en las programaciones de los teatros públicos y privados.

¿Por qué esta pasión shakespeariana? Una respuesta fácil, y muy al uso, consistiría en establecer la supremacía del escritor inglés sobre todos los demás dramaturgos que en el mundo han sido. Si Shakespeare es el mejor escritor de teatro y una de las máximas glorias de la literatura universal, es lógico que sea el más representado. Lo que pasa es que a estas aseveraciones tan contundentes conviene mirarlas con un ojo guiñado, como bizqueando.

De no haber sido por la creación de la Compañía de Teatro Clásico y su acotación semiclandestina en las paredes del Pavón, sería muy difícil ver en España algo más que La vida es sueño

El canon literario

No piensen ustedes que mi afán de provocación llega a tanto como para negar evidencias. Shakespeare es colosal, extraordinario y mágico y su obra será, para siempre, una referencia indiscutible del genio humano. Bien, de acuerdo. Pero esa afirmación es válida y aplicable a varias docenas de autores de diferentes partes del mundo y no por eso sus obras están permanentemente expuestas a los grandes públicos. Piensen ustedes, sin salirnos del arte dramático, en los grandes clásicos grecolatinos, en el gran teatro francés del Clasicismo, en la escena italiana del Renacimiento, en los rusos, en los centroeuropeos... De vez en cuando alguna obrita, alguna representación minoritaria en el marco de algún festival  de renombre, alguna sorpresa. Piensen en el gran teatro español del Barroco: de no haber sido por la creación de la Compañía de Teatro Clásico y su acotación semiclandestina en las paredes del Pavón, sería muy difícil ver en España (¡y no digamos fuera!) algo más que La vida es sueño.

Alguien podrá decir: pero, por dios, cómo dice usted esas cosas. Shakespeare es, junto con Dante, la más alta cima de la literatura universal y no admite ninguna otra comparación equivalente. Tal vez, tal vez, aunque ese canon lo fijó Harold Bloom desde una óptica muy peculiar y anglosajona y convendría repensarlo. Pero, si así fuera, seguiría sin resolverse la gran pregunta: ¿por qué tanta popularidad? Al fin y al cabo, nadie lee a Dante por mucho que se le reconozcan sus méritos ni se programan cada dos por tres audiciones o representaciones de La Divina Comedia.

Añadiré algo más, antes de dar respuesta a todo esto: generalmente se nos olvida que la genialidad shakespeareana se produjo en un contexto social y político muy concreto que hace extraordinariamente difícil entender en toda su amplitud el sentido de sus obras y las claves de su composición.

La gran intuición de la clase dominante de la época fue descubrir el teatro como el gran canal de información, formación y control social del pueblo

El teatro isabelino representa un esfuerzo muy notable de la monarquía y la nobleza inglesa por cohesionar el país y por trasladar a sus súbditos un relato coherente y ético sobre su destino como pueblo. Los hombres de teatro venían de la Edad Media arrastrando un estatus apenas superior al de los mendigos y con un repertorio basado en absurdas peleas y en chocarreras situaciones que se representaban en los patios de las posadas. La gran intuición de la clase dominante de la época fue descubrir el teatro como el gran canal de información, formación y control social del pueblo. Así es como se constituyeron las grandes compañías teatrales patrocinadas por los nobles y por el propio rey, como si de clubes de fútbol se tratara, y así es como se construyeron recintos específicos, platós de televisión de la época para representar continuos realities perfectamente refrendados desde el poder.

Las ventajas de un clásico

Hay un libro –siempre hay un libro- que viene muy bien para entender todo esto: se titula 1599: Un año en la vida de William Shakespeare, y lo publicó Siruela en España hace ya algunos años. En él, Jame Shapiro realiza un ejercicio extraordinario: acercar su lupa al transcurrir de un solo año en la vida de nuestro autor –un año crucial, eso sí, por muchas razones- para desde él, ir entresacando detalles esclarecedores de su vida, su obra y su mundo. Con este libro en las manos se entiende, por ejemplo, que los hombres y mujeres de la Inglaterra de aquel tiempo eran muy diferentes a nosotros: que sus sentimientos, sus emociones y sus intereses apenas coincidían con los nuestros, que lo que Shakespeare escribió para aquellos contemporáneos lejanísimos es difícilmente inteligible en nuestros días.

Pero es verdad que Shakespeare era un genio. Un genio capaz de inventar un lenguaje –el inglés era entonces idioma en formación hablado por no más de ocho millones de individuos- y capaz de crear personajes y tramas de extraordinaria hondura y complejidad. Shakespeare es un clásico en el sentido en que Italo Calvino definió el término y como tal “sus obras nunca terminan de decir lo que tiene que decir”. Todo eso es cierto. Pero no lo es menos que cada vez que se pone sobre las tablas el espectador contemporáneo no se entera de la misa la media y sale del teatro con la sensación de que o el autor es muy listo o él mismo muy tonto.

Casi nadie entiende nada de las enrevesadas historias y los inverosímiles argumentos del material shakespeariano, pero su verbo sigue siendo sonoro y vibrante

¿Por qué, pues, se representa tanto? Muy sencillo: porque es un autor muy lucido para los actores. Los de la época contaban con un atrezo mínimo, lo que les obligaba a sustituir con la palabra las carencias del escenario. Por eso eran necesarios textos amplios, dilatados, cargados de colorido y sobreactuados, de modo que el espectador entendiera bien lo que no veía. La gran ventaja de Shakespeare sobre los demás autores del teatro isabelino, y en general del teatro barroco, fue su dominio de la palabra, su extenso vocabulario, su facilidad para construir textos bellísimos, de una gran riqueza semántica y fonética, con los que los actores podían lucirse y alcanzar cotas de verosimilitud nunca vistas.

Esta ventaja de entonces sigue funcionando hoy. Casi nadie entiende nada de las enrevesadas historias y los inverosímiles argumentos del material shakespeariano, pero su verbo sigue siendo sonoro y vibrante, y sus personajes adquieren vida en esa riqueza por más que su parecido con la realidad resulte apenas sugerido. Shakespeare, como sus personajes, permanece vivo gracias al ruido y la furia, aunque de lo demás no se entienda nada.

Todo esto lo pensé el otro día, viendo un Ricardo III en el Teatro Español en el que lo único que de verdad llamaba la atención eran los esfuerzos de Juan Diego por demostrar que es un gran actor y que hay que ver cómo declama a Chéspir.

Lo consigue a medias.


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