Hmmm...

La Cultura en la Corte de Felipe VI

El día 19 de junio de este año era jueves, así que ya tenía escrito mi artículo semanal y la cabeza puesta en la búsqueda de tema para el de la semana siguiente. Por la noche, en casa, atisbé unos minutos el telediario, sin prestarle demasiada atención. La proclamación de Felipe VI ya me la sabía, así que no me interesaba gran cosa lo que me pudieran contar. Entreví algunas imágenes del ceremonial, del acto ante las Cortes Generales, del saludo desde el balcón, de la parada militar... Luego, unas imágenes de la recepción en el Palacio Real por la tarde y la presencia de algunos famosillos de distinto pelaje que me sonaron a dèjá vu. Por ahí apareció también el cantante David Bisbal, cuello en ristre, sin corbata, y oí que lo comentaban de manera especial... Me retiré a mis cosas... Pero de pronto me vino la idea. La idea del artículo, quiero decir.

Miré en algún sitio. Se decía que a esta recepción habían acudido más de dos mil personas que representaban, en un pequeño microcosmos, a la sociedad española. Como yo escribo solo sobre cultura, se me ocurrió algo muy sencillo: coger la lista de los invitados y expurgar de ella los representantes del mundo cultural. La lista resultante daría una idea bastante cabal de lo que los nuevos reyes entienden por la cultura española del momento, qué nombres son los que les parecen esenciales y qué peso dan a las diferentes disciplinas. Cultura, no hay ni que decirlo, entendida en su más amplio sentido, en un sentido de tercera cultura, en la que junto a escritores, cineastas y músicos se consideren también investigadores, científicos e intelectuales de toda laya y tendencia. Me gustó la idea, aunque fuera mía: iba a ser un poco latoso puntear los dos mil nombres -con consulta a la Wikipedia incluida para resolver algunas dudas- pero ustedes se lo merecen todo.

Buscando la lista

Me puse esa misma noche, pero la lista no estaba colgada en la web de la Casa Real. Normal, me dije, acaba de ser el acto y no es una cuestión que urja: habrá que darles un par de días. Pero el viernes 20, una información en un diario de la competencia me alertó: la Casa Real no había querido proporcionar la lista a los medios invitados alegando no se sabe qué razones de respeto a la intimidad. Me dije: son cosas de los nervios, Juan, no pueden ser tan cafres y entrarán en razón. Así que aquella misma tarde cogí el teléfono y llamé al gabinete de prensa de Su Majestad.

El primero que me cogió el teléfono se mostró amable y dispuesto, aunque no se identificó. Yo sí lo hice: di mi nombre y apellido, me presenté como colaborador de Vozpópuli y expliqué que necesitaba esa lista para escribir mi próximo artículo, “La Cultura en la Corte de Felipe VI”, así, bien cargado de mayúsculas. Mi interlocutor, nada sorprendido de mi petición, que sin duda no era la primera, me dijo que era imposible acceder a esa lista, pero cuando le pregunté las razones me dijo que me iba a pasar a un compañero. “Pero ahora está ocupado -añadió-. Déjame tu teléfono y te llamamos”.

El viejo truco, me dije. Si en media hora no han llamado, volveré a la carga. Prejuicio infundado. A los dos minutos devolvieron la llamada. Mi nuevo interlocutor se identificó, se mostró amable y razonablemente cordial, pero muy firme: no había posibilidad alguna de acceder a esa lista. La conversación duró cuarenta y cinco minutos. Mis argumentos eran de una simpleza franciscana: se trata del acto público más importante que se ha celebrado en España en muchos años, sus asistentes eran, en palabras exactas, “representación de la sociedad española”, luego, en cuanto ciudadano, tengo todo el derecho a saber quiénes son y en cuanto colaborador en prensa, la obligación de ayudar a divulgarlo. Las razones de mi interlocutor eran algo más alambicadas, pero elaboradas y firmes: El derecho a la intimidad de los invitados (sic), la circunstancia de que se trataba de un acto no estrictamente público (más sic) y el hecho de que la Casa Real, en un alarde de transparencia admirable (triple sic), había tenido la deferencia de invitar “a tus compañeros de los medios” a contemplar al acto y a tomar notas y fotos de él, aun cuando tampoco dispusieran de la lista.

-¿Quieres decir -pregunté, adivinando de antemano la respuesta- que si quiero saber quiénes asistieron al acto debo preguntar a todos los periodistas que lo cubrieron para que me vayan diciendo a quién vieron pasar?

Sí, eso quería decir, e incluso se ofreció a que, una vez hubiera confeccionado la lista por ese endiablado procedimiento, la podía contrastar con él, que, aunque tampoco la tenía, sí había asistido atentamente al acto.

Nos despedimos amigablemente (“Ya sé que nos vais a dar en vuestro periódico: sé cómo os las gastáis”) y yo supe que a partir de ese momento se me imponía una tarea como ciudadano y como escritor: desvelar el secreto mejor guardado de nuestra Monarquía y acceder a la famosa lista de los 2.000 para compartirla con ustedes.

Un blog en marcha

A la mañana siguiente, escribí a mi interlocutor del gabinete de prensa de la Casa Real un correo electrónico con los contenidos esenciales de nuestra conversación para que quedara constancia. Fue muy amable y me contestó con una nueva negativa, esta vez por escrito. Escribí al director de comunicación de la Casa Real, que no ha tenido a bien acusar recibo, y al jefe de la Casa de S.M. El Rey, que me contestó con una carta tan vacía como un buñuelo de viento. Consulté con alguno de los compañeros que asistió a aquel acto -el colaborador de esta casa, Alejandro Vara, me atendió con toda la amabilidad y paciencia-, que me confirmaron los extremos aducidos por mi interlocutor. Consulté con expertos en la ley de Transparencia, que ya me explicaron para lo poco que sirve la ley de Transparencia en trámite y me desaconsejaron vivamente que me amparara en ella. Escribí a la vicetodo del Gobierno -en su condición de portavoz y de promotora de la dicha ley- y aún estoy esperando a que acuse recibo de mi carta. En todos los casos fui muy claro: yo solo quiero escribir un artículo, modestísimo y sosegado, como todos los míos, mostrando a mis lectores quiénes entiende la Casa Real que son los representantes culturales de nuestra sociedad. Hechos y no opiniones. Nombres y no juicios. Nadie parece dispuesto a dármelos.

Así que no me queda otra: me lanzo a la tarea que me sugirió mi colega del gabinete de prensa. En las próximas semanas pondré en marcha un blog (“La corte de Felipe VI”, se llamará seguramente) en el que iré contando con detalle todo esto.  Aportaré los correos intercambiados, las cartas recibidas, las transcripciones de las conversaciones que vaya manteniendo y, sobre todo, abriré un espacio colaborativo para que los compañeros redactores y gráficos que asistieron al acto me vayan proporcionando nombres y caras de los que allí estaban. Hasta donde lleguemos. Como decía el clásico, sin prisa, pero sin pausa. Como un deber cívico.

Les espero en mi blog, cuyo lanzamiento anunciaré oportunamente y que haré compatible con mi presencia en este rinconcito. Espero que me ayuden, porque la tarea es endemoniada. Pero necesaria, a la vista de lo visto.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba