Hmmm...

Crítica de los críticos

Fui a ver Los descendientes a los pocos días de su estreno. Fueron 110 minutos de mi vida tirados a la basura, contemplando con escasísimo interés una película que no tiene ninguno. El nudo argumental es lo de menos porque cualquier historia, por simple que sea, puede resultar extraordinaria si se sabe contar. En este caso va de un abogado hawaiano que se “enfrenta a la difícil situación de vender las propiedades de la familia”, que dice la sinopsis. Vale. Nada que no se haya contado antes desde Qué verde era mi valle hasta El Padrino II. A partir de ahí, el resto es un cúmulo de simplezas sin mayor importancia. Un guion plano como una pizza en el que no hay un solo momento de intensidad narrativa. Una interpretación de cuarta regional, en la que destaca, por decirlo así, un George Clooney haciendo sin parar de George Clooney pero con camisa hawaiana. Una fotografía de polaroid. Y una música de la que podría decir algo si recordara algún acorde. Nada. Vacío. Puro ejercicio zen.

¿Por qué fui a verla?, se preguntarán ustedes en el supuesto caso de que hayan leído, íntegro, el párrafo anterior. ¿Porque me gusta el director? No. No había visto nada de este señor, aunque tiene algunos títulos que me suenan. ¿Por los actores? Jamás veo una película por esa razón, ni siquiera cuando Michelle Pfeiffer era Michelle Pfeiffer. La vi porqueFilmaffinity, el portal de cine en el que busco las opiniones de especialistas y no especialistas, me decía que "Payne tiene el don de hacer pasar por sencillo lo que es trabajo de genio”, que se trata “una película especial, de esas que salen contadas al año”, y otro montón de elogios similares que pueden ustedes ver aquí, si tienen humor y les sobra el tiempo. Elogios, como estos señalados, de críticos y especialistas, y aplausos a cargo de los no especialistas, que, como pueden ver en el mismo sitio, la califican con una media de notable. O sea, que a ver Los descendientes me llevó la crítica.

En torno a los mismos días, fui a ver El topo. Ya saben, la película basada en la novela del mismo título de John Le Carré. Esa novela que, al igual que la película, no se titula El topo, sino TinkerTailor, Soldier, Spy, y que, allá por los lejanos finales de los setenta del pasado siglo, nos hizo a muchos definitivamente adictos al gran escritor británico.

Esta vez fueron 127 los minutos tirados a la basura. Mi acompañante los aprovechó mejor que yo porque los durmió desde el primero al último. Un sopor de película, créanme. Literalmente insoportable. Y me dirán ustedes, lecarrerianos irredentos como yo, que qué vergüenza, que qué falta de respeto a nuestro autor. Pero se equivocan: el error de Tomas Alfredsones su excesivo respeto al original. Su absoluto respeto. Y así le va.

Me explico brevemente.

Le Carré es un burócrata que sabe escribir –casi un oxímoron. Un tipo que levanta acta de una época y de unos sucesos con una prosa notarial, áspera, demoledora. Le Carré escribe, y muy bien,  sin prisa ninguna para gente sin prisa, de un modo similar a la pausada manera en que un entomólogo descubre los mecanismos secretos del último insecto que acaba de encontrar.

Creo que me he leído la obra completa del ex espía británico, incluidas algunas cosas de las que la Humanidad podría prescindir sin problemas. Ni uno solo de sus libros ha caído de un tirón, como podría pensarse de la sinopsis de sus argumentos; al contrario, todos ellos, sobre todo los mejores, requieren de una lenta degustación, de un sosegado transcurrir muy parecido al de los rumiantes en su proceso de nutrición.

Pero el cine no funciona como una novela. El sistema con que el espectador se enfrenta  a la película es bien diferente del modo a través del cual el lector asimila el libro. No se puede poner una señal a los quince minutos de película y dejarla para el día siguiente. No se puede revisar una secuencia para entenderla bien antes de pasar a otra. No puede uno ponerse a ver otra película entre medias para después retomar la primera con renovado ímpetu.  Ver cine en nada se parece a leer un libro, y esta obviedad, que han entendido muy bien algunos directores, sigue sin entrar en la mollera de los mediocres. Este tal Alfredson debe ser un gran admirador de Le Carré. Pero de las diferencias entre cine y literatura sabe lo justo.

O eso me parece a mí. Porque hay críticos que opinan que esta película es “Otra genialidad (...). Alfredson vuelve a dibujar el perfil exacto de una sensación cerca del frío" o que “los espectadores serán premiados con un thriller taciturno, complejo y envolvente”, por citar algunos ejemplos de los varios, todos positivos, que pueden ustedes leer en este sitio, junto al aprobado alto con que los usuarios de Filmaffinty han valorado el bodrio.

Pueden ustedes pensar que el equivocado soy yo. Puede. Pero hagamos una prueba. La mejor, la que no falla: la del tiempo. Dejen pasar unos años. Cinco, diez, unos cuantos. Déjenlos pasar y pregúntense entonces por estas dos películas. A ver quién las recuerda, a ver quién conserva de ellas un buen sabor de boca. Y cuando comprueben que nadie ha retenido nada, que han sido 237 minutos tirados a la basura, diríjanse a estos críticos sesudos y pídanles cuentas. A menos que sigan ustedes impactados por estos dos tostones y entonces me las tendrán que pedir a mí.


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