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Corresponsal de guerra

Primavera de 1916. Hace ya dos años que ha estallado la Gran Guerra, esa escaramuza ridícula con la que nadie contaba y que tiene envuelta a Europa en un sangriento sinsentido. El frente de Verdún es la trinchera clave en la que se dirime el futuro del conflicto sobre los restos desparramados de un millón de cadáveres. La situación está estancada, con los franceses y los alemanes necesitados tanto de la victoria militar como del apoyo de la opinión pública.

Aún no se ha inventado la comunicación como disciplina, ni las relaciones públicas como profesión; pero la propaganda es ya una pieza esencial de las guerras, tanto como lo fue después, con las revoluciones, y, aunque no existen los influencers, ejercen como tal los intelectuales, cuya opinión cala a través de las redes sociales de la época, que en España son tanto las tertulias como los periódicos.

Ramón María del Valle-Inclán se encuentra en un momento personal difícil cuando le llega la invitación oficial del gobierno francés para visitar el frente de Verdún. A la ausencia de su amigo Rubén Darío, recién fallecido en extrañas circunstancias en su lejano país natal, se une la de un hijo de apenas cuatro meses. Se encuentra además sumido en uno de sus habituales momentos de confusión en lo político y en lo estético. En lo primero, es un convencido aliadófilo -aunque con serias reticencias hacia los ingleses- pese a la difícil convivencia de esta posición con sus convicciones carlistas y antiparlamentarias. En lo segundo, con cincuenta años ya y una sólida obra a sus espaldas, cuenta con el máximo reconocimiento como narrador y dramaturgo, pero sabe que su apuesta modernista ha tocado techo.

Una escritura total

La invitación a visitar el frente es más que una buena oportunidad de escribir otro libro: es una oportunidad de reinventarse. Valle se instala en el frente francés durante algunas semanas y se mueve en él con soltura y con desparpajo, con agilidad y sin amedrentamientos, pese a su manquera. Vuela incluso, en uno de aquellos primigenios aviones de guerra, y desde las alturas  sueña con una escritura total, una escritura menos ingenua que la de los omniscientes románticos a los que aborrece pero capaz también, como la de ellos, de narrar los hechos en su plenitud, sin las mortales limitaciones del tiempo y del espacio.

Cuando regresa a España se encierra en Cambados y en tres meses escribe lo que será primero una colección de artículos publicados en prensa y después, al año siguiente, un librito único y transcendental: Visión estelar de un momento de guerra: Verdún 1916.

¿Por qué único? Porque, a diferencia del resto de la obra de don Ramón, este libro no es  ni ficción ni ensayo, sino puro reporterismo. Valle escribe como un mero corresponsal de guerra que se atiene a lo que ve y a lo que oye y que se esfuerza en hacérselo llegar a sus lectores con la mayor precisión. Es un enfoque nuevo, una novedad radical en su obra, en la que se atiene, con años de anticipación, al famoso aforismo de Pla: “Es mucho más difícil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual, todo el mundo opina”. Valle, que en cuestiones de política siempre ha sido muy de opinar, en esta ocasión describe.

Reporterismo, pues, pero no un reporterismo cualquiera. Valle-Inclán sabe que en estas páginas está narrando uno de los momentos más duros y desgarradores de la historia moderna. Sabe que está describiendo el horror de una guerra brutal y novedosa, en la que la tecnología más avanzada se ha puesto al servicio de la destrucción. Sabe que hay que escribir sobre la muerte y el dolor de un modo nuevo, acorde con la novedad y las dimensiones del conflicto.

Como el mejor Homero

Y se pone a ello. Por eso digo que este librito es transcendental: porque en él nace la gran literatura del mejor Valle-Inclán, la literatura esperpéntica y desgarrada, inigualable, de Luces de bohemia y de El Ruedo Ibérico.

En Visión estelar..., Valle refunda su visión del mundo, su teatro y su prosa, apoyándose en fórmulas expresionistas, pero sin rendirse a ellas: se esmera como no había hecho hasta entonces en afilar la frase, en precisarla, en desterrar el adjetivo innecesario, en perfilar los personajes, en describir su quehacer. Como en el mejor Homero de LaIlíada, la escritura de Valle se sublima en la descripción del dolor y de la muerte: la recogida de los restos de dos aviadores que se estrellan; el estallido de una granada sobre un soldado que se jactaba de su buena suerte; el exilio desolador y lento de dos hermanas huérfanas y violadas, el sepelio delirante que unos franceses dan a sus enemigos... Hacer literatura en estas situaciones resulta muy tentador, porque todo es demasiado tremendo como para decirlo y sin embargo es necesario decirlo... Pero solo los muy grandes son capaces de acertar con la fórmula.

Visión estelar... no se había reeditado como libro independiente y solo estaba accesible -bajo el epígrafe incomprensible de novela- en la Narrativa completa editada por Darío Villanueva en 2010. Arturo Gonzalo Aizpiri y Jaime Alejandre, dos expertos, como ellos mismos dicen, en impulsar iniciativas que les cuestan dinero, han lanzado el librito en la colección El Periscopio, de Ediciones Evohé, que ellos mismos dirigen. La edición es cuidada, está llena de excelentes explicaciones y materiales complementarios y solo cuesta once euros.

Corran a comprarla. Ya están tardando. Ustedes saben, y yo lo digo con frecuencia, que el noventa por ciento de los títulos que se publican son innecesarios; unos cuantos,  interesantes; algunos, francamente buenos. Pero son muy pocos, contados, los que pueden calificarse como imprescindibles. Este es uno de ellos.


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