Hmmm...

Ciudades que fueron

Hemos pasado unos días en Florencia. El motivo del viaje no era de ocio ni de negocio, sino un poco de ambas cosas y de ninguna, y esa ambigüedad ha sido muy fructífera para mis reflexiones viajeras. Añadiré a esto que hemos tenido ocasión de disfrutar de un guía muy particular: un joven matemático madrileño que reside en la capital toscana desde hace algunos meses desarrollando un trabajo de investigación sobre el que a lo mejor un día de estos tengo ocasión de contarles algo.

La visión de este Virgilio privado que nos orientó en nuestra diminuta divina comedia también ha sido enriquecedora. Vaya por delante que el joven matemático no tiene conciencia ni de exiliado ni de emigrante, sino de profesional al inicio de su carrera disfrutando de las oportunidades que le ofrece el espacio común europeo.

Y Florencia es una ciudad europea, de eso no cabe duda. Una ciudad hermosa y renombrada, que aparece siempre en la lista de deseos de cualquier ciudadano del mundo con ganas de viajar. Todo en Florencia es admirable. Para empezar, su enclave a las orillas del Arno, en un valle sosegado y tranquilizador, dentro de una de las regiones más fértiles de la Península Itálica.

No siempre ocurre, pero la ubicación ayuda a que las ciudades crezcan y se enriquezcan y en la historia de Florencia es muy probable que su privilegiada posición en el mapa resultara esencial. La ciudad nació, sesenta años antes de nuestra era, como una residencia de ancianos: es decir, fue un regalo de César a soldados veteranos para que en aquella llanura de clima llevadero y agua abundante organizaran su jubilación conforme a los méritos acumulados en el campo de batalla. Los jubilados se organizaron del único modo que sabían, como en un campamento, y es de ver que aún hoy la ciudad se estructura sobre dos ejes esenciales, las dos calles principales de la ciudad que se cruzan en lo que hoy es la Plaza de la República.

Tres siglos de esplendor

Ese origen entre militar y campesino no marcó, como sucede en otros casos, el destino de la ciudad. A Florencia lo que le ha marcado ha sido el comercio y, particularmente, la actividad privada de una sola familia: los Medici. Banqueros sobre todo, pero también empresarios en el sentido más amplio, comerciantes, políticos e intelectuales, son ellos quienes impulsaron su ciudad durante la friolera de tres siglos y quienes permitieron que en ella se desarrollara una de los momentos más brillantes de la creatividad europea.

Dante y Petrarca aparte, a los Medici se deben lo que son hoy las dos facetas más fascinantes de Florencia, su arquitectura y su arte, ambas interrelacionadas de tal modo que no sería fácil entender la una sin la otra. Pocos lugares conjugan de un modo tan armonioso las obras plurales de tantos artistas y artesanos -arquitectos, pintores, escultores, peones de las diversas actividades manuales-, dando como resultado un espacio urbano de una belleza sin igual.

Esa es la virtud de Florencia. Su defecto: que Florencia no existe. Dejó de existir hace mucho tiempo. Es una ciudad muerta, caducada, perfectamente encapsulada en un pasado lejanísimo. Florencia dejó hace mucho de ser una ciudad y pasó a convertirse en un gran parque temático. Como estos, cuenta con innumerables atracciones y con un número ingente de extras que animan los espectáculos; como ellos, proporciona una cierta impresión de realidad y uno está dentro de Florencia como está dentro del Templo del Fuego en Port Aventura, sintiéndose partícipe de la aventura. Pero no es real, naturalmente. Uno se pasea por las plazas y por los palacios, y por los parajes perfectamente conservados de Florencia, y parece que va a encontrarse con todo el surtido poblacional del Renacimiento: caballeros altivos, damas enjoyadas, menestrales, rústicos campesinos vendiendo hortalizas y quesos, prestamistas, joyeros, clérigos poderosos, pordioseros, mujeres de la vida... Naturalmente, no se encuentra con nada de eso, sino con otros clientes como él mismo, que han pagado también su entrada y con los que se irá entrecruzando a lo largo de los días en las diferentes atracciones del parque.

Ciudad o parque temático

Una ciudad es una realidad compleja. Un espacio en el que se convive de una manera enrevesada, en la que se trabaja y se crea, se produce y se intercambia, se dialoga y se participa: en definitiva, un lugar en el que se vive y se convive, al modo en que lo engloba el término ciudadanía. En un parque temático, en cambio, lo que hay son turistas, personas también, por supuesto, pero ajenas a la realidad que visitan y sabedoras, sobre todo, de que su presencia allí es coyuntural e innecesaria. Lo único que aportan al lugar que visitan es dinero.

El parque temático tiene también habitantes, pero no son sino los empleados del parque, los que hacen posible que las atracciones funcionen, y que los turistas puedan comer y beber y dormir y desplazarse. Este es el caso de Florencia. Poco más de trescientos mil habitantes atienden cada año a cinco millones de visitantes que abonan al ayuntamiento de la ciudad la bonita cantidad de cuatro euros por persona y noche, al margen de los gastos generosos en los que incurren durante su estancia. En la mayoría de los casos, el visitante pasará allí dos o tres días y se hartará de ver palacios e iglesias, la mayoría de los cuales ignoraría con absoluto desprecio si estuvieran en su ciudad de residencia. El atracón de cuadros y esculturas alcanzará niveles estratosféricos, teniendo en cuenta, además, que se trata de un arte perfectamente ajeno a nuestra estética actual: salvo alguna obra excepcional, el turista lo ignora todo de esas piezas y de sus creadores, y lo seguirá ignorando cuando coja el avión para regresar a su vida ordinaria.

Comerá pasta en abundancia y helados hasta la extenuación; beberá chianti mediocre y limoncello asesino, comprará recuerdos de los que no se volverá a acordar y regalos que dejarán fríos a sus destinatarios. Después, se marchará, perderá en el camino su condición de turista para ir recuperando, a medida que llega a casa, su condición de ciudadano -al que le pierden las maletas, al que la huelga de limpieza le abruma, al que el sueldo no le llega- y se pondrá de inmediato a buscar otro destino para la próxima vez: alguna ciudad que fue grande, que fue hermosa, que estuvo viva y vibrante y que hoy ejerce de parque temático para turistas.

Conste que no me parece mal. El turismo es una gran fuente de riqueza en nuestro tiempo, una industria potente que aporta empleo y desarrollo, un modo de ocio tan respetable como cualquier otro. No me parece mal. Siempre que no nos engañemos y que empecemos a poner en claro las ciudades que son y las que fueron, para que sepamos a qué atenernos cuando viajamos a ellas.


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