Hmmm...

Cine y cena

No conocía de nada al director del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, así que cuando el otro día me senté a escucharlo en una rueda de prensa me puse la anteojera de los prejuicios y me dispuse a recibir un aluvión de lloros sobre el maltrato que el cine está sufriendo en nuestro país, sobre el daño que provoca el IVA en nuestra industria y sobre la necesidad de que el Gobierno adopte medidas urgentes para evitar su hundimiento. Alguna cosa más diría, me imaginaba, y sin duda de interés, pero esas de más arriba las daba por seguras. 

Una vez más mis dotes de profeta se revelaron nulas. No solo no hubo capítulo de lloros sino que José Luis Rebordinos habló en un tono sorprendentemente equilibrado, con las dosis justas de sentido común y de estimulante compromiso. Es más, dijo algo que no sé si a los castos oídos de los periodistas culturales allí presentes pudo sonarles a blasfemia: que la sociedad que gestiona el Festival es una empresa y que como tal persigue no solo fines asociados a su razón de ser sino además la obtención de una saneada cuenta de resultados.

Después de la rueda de prensa tuve ocasión de departir con tan raro espécimen en un aparte con otras dos personas. Nos hizo un repaso sucinto y lúcido de lo que es hoy el Festival y de lo que representa, de sus cifras esenciales, de su ubicación en el conjunto de los festivales de categoría A que existen en Europa y del papel esencial que juega como puente entre el cine que se rueda en español -con un mercado iberoamericano en crecimiento constante- y las grandes mecas de la industria.

Todo lo que Rebordinos nos contó, relajadamente, en aquella charla, no contiene ningún dato relevante ni exclusivo, nada que no pueda encontrarse en la web del Festival o en sus propias declaraciones públicas. Pero, igual que me había sucedido en la rueda de prensa, me gustaron su tono, su convicción y su optimismo racional. Comprobé que las declaraciones públicas que acababa de hacer no eran impostadas sino que respondían a su convicción personal de que la industria cinematográfica sigue funcionando, de que las redes establecidas mediante los festivales internacionales continúan impulsando la llegada de las películas a mercados internacionales y, sobre todo, que el cine sigue teniendo sentido.

Unos versos de Alberti

¿Recuerdan ustedes aquellos versos esenciales?: “Yo nací -¡respetadme!- con el cine. / Bajo una red de cables y de aviones. / Cuando abolidas fueron las carrozas / de los reyes y al auto subió el Papa”. Cuando el Alberti más valioso de los muchos Albertis que ha habido escribió estos versos -1926, aproximadamente, aunque no fueron publicados hasta tres años después-, ir al cine era la actividad cultural más moderna que cabía imaginarse. Junto con el jazz, quizá, pero con la diferencia de que el primero se basaba en una tecnología recién descubierta. El cine estaba consiguiendo poner al alcance de los ojos toda la capacidad de ensoñación que tiene el ser humano, su inagotable capacidad de fabulación, estaba rompiendo moldes más allá de lo que la literatura y el teatro habían conseguido hasta entonces.

Háganse una idea: en los años en los que Alberti escribe y publica estos versos, Buñuel y Dalí han plasmado en imagen los principios teóricos del surrealismo con Un perro andaluz y Fritz Lang ha puesto ante los ojos de los espectadores esa terrorífica profecía que tituló Metrópolis. Apenas tres años después, se filman casi simultáneamente tres piezas seminales que abrirán otros tantos caminos a las diferentes cinematografías: La Edad de Oro, de, nuevamente, Buñuel; Luces de la ciudad, la obra de referencia de Chaplin, y El acorazado Potemkin, de Einsenstein, de cuya sintaxis innovadora aún se siguen extrayendo lecciones.

Es lógico que Alberti pidiera un respeto. Pero si él nació con el cine, los que vinimos después nos hemos criado con él y es impensable imaginar la educación sentimental e intelectual de todos los que hemos vivido el siglo veinte sin tenerlo en cuenta. Durante toda nuestra infancia, juventud y madurez, ir al cine se convirtió en una locución obligada, que se pronunciaba religiosamente todas las semanas y que contenía una prolija carga de significados: cultura, por supuesto, pero también evasión, divertimento, gozo, amor y amistad, huida de la soledad, combate contra la melancolía. Entrar en una sala de cine ha sido, hasta hace bien poco, la gran liturgia laica del hombre moderno.

Una crisis para mejor

Creo con sinceridad que ya no es así. Cuando a Guillermo Cabrera Infante su madre le enfrentaba cada noche a la dicotomía inevitable de elegir entre cine o sardina, el gran escritor cubano estaba lejos de imaginar que hoy hubiera podido compaginar perfectamente los dos términos de la alternativa. Cine y cena ya no son incompatibles, sobre todo porque la liturgia ha cambiado de escenario y porque los soportes en los que el primero se sustenta no exigen desplazamiento, ni condiciones especiales, ni -en la mayoría de los casos- pago de entrada. Hoy, entre los televisores de alta gama y los múltiples aparatos con acceso a internet, el desplazamiento a las salas de cine va perdiendo sentido.

Por supuesto que tiene que ver con la deserción de los espectadores el precio de las entradas, como tiene que ver, en general y no solo en el caso español, la baja calidad de las películas, pero creo honestamente que la crisis va más allá, que es una crisis enraizada en la propia obsolescencia de una industria que empieza a perder sentido frente a otras que se sustentan en tecnologías más modernas. Un poeta de hoy tendría, por ejemplo, que pensar en los videojuegos para reescribir el inmortal verso de Alberti.

Que el cine esté en crisis a mí no me molesta. Si lo está es porque hay otras cosas que vienen a sustituirlo o porque él mismo se está reinventando. Ya he tenido ocasión de escribir aquí sobre las series de televisión como el gran modelo audiovisual del momento. Como todas las crisis, pues, irá avanzando y se irá resolviendo hasta dar lugar a otro escenario distinto. No hay problema. No lo hay mientras nuestra visión de la cultura no sea tan chata y tan conservadora como la de Forges o la de Vargas Llosa. Y no lo hay, además, si los gestores que se encuentran al frente, mientras la crisis avanza, son gente sensata, equilibrada y razonablemente optimista como este hombre al que conocí el otro día.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba