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El Cid cabalga (de nuevo)

Como género, el de los libros de autoayuda no me interesa nada pero como fenómeno sí que le he prestado alguna atención. No tienen mucho misterio: aspiran a dar respuesta a los problemas de la vida mediante fórmulas fácilmente digeribles. Dicho lo cual, a partir de ahí empiezan las verdaderas preguntas: qué problemas y qué fórmulas.

Los libros de autoayuda lo abordan todo con un desparpajo y una desvergüenza verdaderamente admirables: cómo ser madre/padre, cómo ser hijo/a, cómo ser feliz, cómo seguir siendo feliz, cómo engordar, cómo adelgazar, cómo dormir bien, cómo amar, cómo superar un trauma, cómo no tenerlos… en fin, no hay preocupación del ser humano –en versión chico y en versión chica, que las diferencias de género dan mucho juego- en el que no haya encontrado un filón algún autor y alguna colección de autoayuda.

¿Las fórmulas? Brevedad, claridad y, por encima de todo, superficialidad. Comprenderán que alguien con problemas no se va a meter entre ojo y cerebro un libro que le genere más problemas aún. Un ejemplo: imagínese usted que se levanta una mañana preocupado por su futuro. ¿Qué va a hacer? ¿Desayunarse a Heidegger? ¿Remontarse a los presocráticos? ¿Adentrarse en Damasio para entender la íntima conexión entre Spinoza y la neurología contemporánea? Hay soluciones más fáciles: comprarse un librito de poco más de cien páginas en letra grande que le dirá, en formato resaltado, que “si no sustituimos nuestras reacciones automáticas por respuestas elegidas, no podemos sostener que tenemos verdadera libertad interior”. Por veinte euritos de nada, con píldoras así tiene usted la vida resuelta para los restos.

El ensayo light

Digámoslo en dos palabras: el género lo han copado un sinfín de caraduras que han descubierto un modo fácil de sacar dinero a los incautos usando el mismo método con que los sacamuelas se hacen pasar por dentistas, los tertulianos por analistas o los homeópatas por médicos.

Todo esto ya lo saben ustedes, porque los que se pasean por este oscuro rincón no son de libros de autoayuda. Por eso les advierto, tengan cuidado: hay un territorio resbaladizo, poco frecuentado pero interesante, que utiliza las mimbres de la autoayuda para adentrarse en un género que cabría calificar como el ensayo ligth, descremado y sin azúcares añadidos. Un género que, como las comidas preparadas que venden ahora en los súper, tal vez no sea el método ideal para alimentarse todo el tiempo, pero es una buena solución para un rato de sosiego o para una urgencia intelectual.

Para este tipo de ensayo, el recurso a los clásicos es muy socorrido. En aquel portentoso acercamiento al tema, Ítalo Calvino daba muchas definiciones de lo que es un clásico. Se me grabó especialmente esta: un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. También es cierto lo de Mark Twain: un clásico es aquel al que todo el mundo se refiere sin haberlo leído nunca. Pues bien, conjugando las dos afirmaciones, ambas ciertas, una buena fórmula de libro de autoayuda consiste en leer un clásico y brindar esa lectura aplicada a un momento concreto o a una situación específica de la vida. Tengo entre mis libros de cabecera una joyita que publicó Planeta (sí, Planeta, qué pasa… por qué me miran así) hace unos años en una colección que no es de autoayuda pero que hubiera podido serlo. Lo firma Ramón Irigoyen, un excelente escritor al que siempre agradeceré su poemario Los abanicos del Caudillo, publicado allá en el pleistoceno tardío, que tanto me ayudó para desatascarme de algunos vicios formales en la construcción rítmica del verso.

Los clásicos y la vida misma

Irigoyen, pues y su librito en Planeta. El título: Los clásicos en la empresa. Si pueden, no se lo pierdan. Son doce capítulos, doce miniensayos jocosos y documentados en los que propone visiones actuales y perfectamente legítimas para acercarse a otras tantas obras clásicas de la literatura. Desde la autopublicidad que se hace Cervantes en su Viaje al Parnaso como modelo de currículum, a cómo se gestiona una crisis desde el punto de vista del Hamlet shakesperiano, pasando por fray Luis, el Lazarillo o Melville, el libro de Irigoyen es una verdadera autoayuda: a mí al menos me ayudó, y mucho, en su momento, a pasar un rato excelente y a percibir algunos matices que se me habían escapado en la lectura convencional de clásicos de siempre.

Un recurso muy socorrido, para esto de la autoayuda soportada en los clásicos, es El Cid. Se comprende: fue un tipo que tuvo la suerte de caer en manos de un autor sencillamente genial. El artista que ideó e implementó (como se dice ahora con permiso de la RAE) El cantar del Mio Cid tuvo una capacidad extraordinaria para crear uno de los más grandes personajes de la literatura universal. Antonio Orejudo, acaso nuestro novelista vivo más capaz, supo ver muy bien el material que hay en el gran poema épico de nuestra literatura y sus grandes posibilidades. Este artículo de título revelador (“El Cantar de Mío Cid es un coñazo”) vale por todo lo que yo pueda decirles. (Es cierto que luego intentó una broma más o menos ingeniosa reescribiendo el poema en clave de ciencia ficción actual y le salió una cosa bastante flojita, pero quién no se equivoca aluna vez: incluso a mí me pasa).

La que no se ha equivocado es María López Herranz. Expublicitaria, coach, experta en arte y en un montón de cosas más, bellísima persona, lleva toda la vida colgada del Cantar del Mío Cid y por fin se ha decidido a proponernos su lectura particular. La estrategia del Cid, que así se llama el opúsculo, tiene un subtítulo revelador: Descubra las cinco claves que hicieron del Cid Campeador un líder aclamado y un emprendedor de éxito. No lo niego, con esa advertencia previa, quien esto firma jamás se hubiera acercado al librito. Lo hice en su día porque su autora tuvo la deferencia de dejarme leer el primer borrador. Lo releo ahora, bien editado y ligeramente reenfocado hacia una óptica más comercial (advierto por si alguien no se ha dado cuenta: lo de comercial, en mí, no tiene nada de peyorativo) y descubro que María lo ha conseguido: hacer un libro de autoayuda sensato, bien escrito y perfectamente respetuoso con el clásico al que se interpreta.

Como quiso el mejor de los Machado, el Cid cabalga. Una suerte que lo haga para aportar calidad a un género que bien que lo necesita.


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