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Cáceres en dos actos

Primer Acto

El día 6 de noviembre pasado se inauguró en la capital cacereña una exposición inusual. Inusual no quiere decir única, ni excepcional, ni inigualable, pero sí diferente y diferenciada de la mayoría de las propuestas que se presentan cada día en las salas de exposiciones de nuestro país. Se trataba de una instalación sobre Berlín de Javier Polo, artista vallisoletano afincado desde hace años en Extremadura al que ya tuve ocasión de pasear por estas páginas.

Como nos ha pasado a otros, Polo viajó a Berlín por primera vez hace pocos años, en todo caso después de la caída del Muro, y el primer encuentro con la capital alemana le deslumbró. Después, otras visitas, y sucesivas fascinaciones, y fue así como surgió la inspiración y la necesidad de esta propuesta.

'Berlín digerido' no es una colección de piezas independientes más o menos relacionadas, sino una invitación unitaria a adentrarse espacial y sentimentalmente en un territorio estético del que surge un conjunto diverso pero coherente, una visión heterogénea en la que caben interrogantes, perplejidades y sugerencias.

La instalación es, por definición, la forma más moderna de las artes plásticas. Moderna por fecha de nacimiento -la década de los sesenta del pasado siglo-, pero moderna sobre todo, en el sentido profundo de la palabra: crítica, evanescente, fugaz. La instalación no tiene aspiraciones de permanencia sino que desaparece una vez desmontada. La instalación no tiene sentido en sí misma sino en cuanto que es visitada, participada, interrelacionada con el visitante. La instalación no puede ser captada íntegramente, sino a fogonazos, fragmentaria, desestructuradamente.

Así es el ‘Berlín digerido’ de Javier Polo, como él lo concibió hace ya tres años y como finalmente lo ha podido poner en pie en la Sala Pintores de la Diputación Provincial de Cáceres. Como ya no van a poder pasarse por allí, y cuando lean esta página la instalación habrá dejado de existir, aquí les dejo el enlace de su catálogo, que apenas sirve para hacerse una leve idea de la fascinante propuesta del autor vallisoletano.

La intervención ha estado expuesta durante tres semanas. No dispongo de datos fehacientes pero tengo elementos para creer que no la han visitado más allá de alguna docena de visitantes. Si excluimos los del día de la inauguración –autoridades, canaperos y algún allegado íntimo del artista- estoy convencido de que apenas se ha pasado por allí algún despistado. ¿Razones? Las hay profundas y sesudas, como la desatención al arte, la escasa formación en la materia, el IVA cultural (#WertDimisión), la maldad intrínseca del capitalismo y la pérdida de valores de la juventud, que son locuciones útiles para cualquier tiempo y lugar, como muy bien nos recuerdan periódicamente todos los papas. Pero a la hora de la verdad las cosas son mucho más sencillas y se reducen a lo siguiente: una sala de exposiciones desatendida, cerrada a cal y canto todos los fines de semana (en una ciudad eminentemente turística), con un horario absurdo y carente por completo de cualquier esfuerzo de difusión.

Una sala de diputación provincial, en cinco palabras. No sé si me explico.

Segundo Acto

Aprovechando que me había desplazado a Cáceres para ver la instalación de Javier Polo, la escritora Chelo Sierra –seguramente el único autor de micronarrativa que me interesa- me invitó a pasarme por Guijo de Santa Bárbara, una pequeña y hermosísima localidad cacereña en la que el sábado pasado se conmemoraba el primer aniversario de la muerte de Emilio Antero Santos.

Ni yo sabía quién era Emilio Antero ni tenía idea de lo que me iba a encontrar. La respuesta a ambas preguntas me sorprendió, y muy agradablemente. De entrada, descubrí en Antero a un personaje de mucho interés. Escritor, pedagogo, cineasta, fotógrafo, humanista, la personalidad de este hombre, de la que me embebí ese día y a la que he dedicado bastantes horas después, es sorprendente. Asentado siempre en su comarca pero viajero contumaz, me resultó admirable su dedicación pionera a la didáctica de la lengua inglesa, en años en que en España aún no estaba asumida, ni siquiera oficialmente, esa imperiosa necesidad. No es fácil imaginar cómo hacía, hace más de treinta años, para viajar a los Estados Unidos con sus alumnos a mantener intercambios con universidades y centros educativos de aquel país.

Pero si el personaje es intelectualmente fascinante, me sorprendió aún más la emotividad del acto. Se celebraba en el salón de plenos del Ayuntamiento, y algo más de medio centenar de personas lo abarrotaban. Muchos escritores, mucho profesor de instituto y, sobre todo, mucha gente del pueblo. Intervenciones emotivas, lágrimas a raudales. Acostumbrado a las ramplonas, monótonas y previsibles presentaciones de libros de Madrid, harto de las convocatorias culturales al uso (#IVAcultural, #WertDimisión), aquel atípico y sentido acto, sobre el que nadie me había puesto sobreaviso, me retrotrajo a tiempos ya muy lejanos, cuando uno creía (la edad de la inocencia) que la cultura “es algo como el aire que todos respiramos/ y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos”.

De aquel acto inolvidable me traje un librito de Emilio Antero Santos que la editorial Alcancía acaba de publicar en una cuidada y bellísima edición de quinientos ejemplares numerados. El volumen, titulado, muy certeramente, Lencería, contiene trece relatos que me he leído, como me pasaba antes, con placer y aprovechamiento. Escribía bien, Antero, y es autor que debería tener más recorrido. Pero lo que me quedará de él, sobre todo, es la imagen de aquel puñado de personas, en Guijo de Santa Bárbara, recordándolo con cercanía y emoción.

No había, que yo sepa, ninguna diputación provincial cerca.


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