Hmmm...

De cuatro en cuatro

Por una de esas confluencias planetarias que solo se dan de tarde en tarde, me he encontrado de pronto leyendo a la vez cuatro libros con unas similitudes sorprendentes. Lo de leer cuatro libros al tiempo (no de forma simultánea, claro, sino consecutivamente intercalados) es algo que me ocurre con frecuencia como consecuencia de mi desorden natural, pero generalmente combino géneros y épocas bastante distanciados, de modo que echo mano de unos o de  otros en función del momento y el humor.

Pero esta vez, ya digo, los parecidos eran notables o, al menos, tenían algún denominador común fácilmente distinguible. El primer denominador es que ninguno de ellos era de ficción. Empiezo a sentir por la ficción cierta desconfianza, un ligero rechazo, más vinculado a la segunda acepción que la RAE le otorga al vocablo que a la función estética que Aristótelesdescribió con precisión. Un día de estos hablaremos detenidamente sobre la ficción y sus trampas (y también sus valores, que los tiene), pero hoy estamos a otra cosa.

El segundo denominador común es que los cuatro libros se adscriben al epígrafe memorialístico, lo cual nos viene al pelo para indagar un poco más en las preocupaciones esbozadas aquí la semana pasada. La memoria desde distintos puntos de vista y con diferentes horizontes, pero memoria al fin y al cabo.

Aquí se acaban los parecidos. Autores, enfoques y épocas son en los cuatro casos muy distintos y en todos ellos hay elementos que conviene resaltar.

Por riguroso orden de publicación, vamos a echarles un vistazo.

Dos autores muertos

El cuaderno gris, de Josep Pla, es uno de esos clásicos sobre los que hay que volver constantemente, como sobre la Ilíada o Quevedo, por poner ejemplos de clásicos que nada tienen que ver con este. El pretexto para releerlo una vez más es la publicación de lo que, parece ser que por fin, será la versión definitiva en castellano del corpus definitivo catalán que ya se había fijado en su momento.

Ya saben ustedes que Pla comenzó este libro, con poco más de veinte años, a base de anotar en un cuaderno de tapas grises sus observaciones  y ocurrencias durante el periodo en que el cierre de la Universidad de Barcelona por una epidemia de gripe le obligó a permanecer, ocioso y aburrido, en la casa de sus padres en Palafrugell. Lo concluyó ya en Barcelona, en la reanudación del curso universitario 1919-1920, pero no lo publicó hasta 1966, completamente reescrito y reorganizado, como era costumbre que Pla actuara sobre todos sus manuscritos.

Lo que sigue admirando de El cuaderno gris, a tantos años y tanta distancia, es su asombrosa capacidad de disección, su precisa prosa y su afilada disposición a encontrar el adjetivo justo y el verbo exacto con el que un objeto, una persona o una situación puedan ser percibidos por el lector sin que parezca que el autor interviene. Por decirlo en palabras del propio Pla: “Es más difícil describir que opinar. Muchísimo más difícil. Por eso la mayoría de la gente opina”; y por eso (añadimos nosotros) Pla se ajusta a la descripción y se la impone como tarea en cada una de las líneas que escribe. Al final hay opinión naturalmente –y una opinión marcadamente de derechas en un sentido no siempre honesto-, pero es una opinión soterrada, sutil, socarrona, discreta. Una gozada en términos estrictamente literarios.

En el extremo ideológico opuesto, el segundo título por orden de publicación es Hitch-22, del que fuera brillante y mordaz periodista anglonortemericano Chistopher Hitchens. Se trata de un libro de memorias en sentido estricto, que cubre de hecho toda la vida del autor porque, prácticamente coincidiendo con su publicación, le fue diagnosticado un cáncer de esófago que lo llevó a la tumba pocos meses después.

Hitchens –de quien yo conocía artículos, pero no sus libros de más largo aliento- fue un auténtico torbellino: socialista de variados matices en distintas épocas de su vida (trotskista, laborista, liberal en el sentido norteamericano, próximo pero muy a la izquierda del partido demócrata), periodista especializado en conflictos internacionales, muchos de los cuales cubrió en unos casos como enviado especial y en muchos como autoenviado; polemista incendiario, especialmente desde su posición irredenta de ateo militante… Parece el envés de Pla: opina constantemente y su prosa es desenfrenada y febril, al contrario que la sosegada escritura del escritor ampurdanés. Pero solo lo parece: como él, Hitchens, que se precia de haber estado en todos los sitios y haber conocido a todo el mundo, termina presentando un fresco vistoso y colorido de la segunda mitad del siglo XX con el que se aprende mucho y se lo pasa uno muy bien. Que no es poco.

Y dos autores vivos

El  tercer libro es el ensayo de Antonio Muñoz MolinaTodo lo que era sólido. (Me perturba que, mientras escribo este artículo, le concedan a Muñoz Molina el Príncipe de Asturias de las Letras. Y no es que me parezca mal la concesión sino que lamento aparecer tan pegado a la actualidad babelia como si fuera un letraherido al uso. Pero ahora que ya llevo escrito más de la mitad, no me voy a poner con otra cosa).

Este es el libro más dudoso de los cuatro. Más dudoso en cuanto que es el más irregular, el más visceral, el menos madurado. Y es extraño, porque Muñoz Molina es un escritor eficiente, que sabe cincelar párrafos medidos y pensados con una prosa sin fisuras. Pero esta vez se ha propuesto escribir con las tripas y a golpe de viajes y de noches en vela (a mí, francamente, esta pose suya de escritor engagé y sufriente me toca un poco los pies), se marca una larga reflexión sobre cómo y por qué España ha dilapidado sus treinta años de democracia hasta llegar a una situación a la que le ve pocas salidas.

El libro desde luego hay que leerlo, sin duda, aunque solo sea para concluir  que hay páginas memorables y otras que no tanto.

Las memorables: sus reflexiones sobre ciudadanía y democracia como términos opuestos a tribalismo y asamblea. Las explicaciones de Muñoz Molina sobre la necesidad de que aprendamos democracia, sobre la exigencia de que se nos adiestre a vivir en un Estado moderno, sobre la urgencia de que se enseñe a los ciudadanos a serlo, me han parecido pertinentes, muy bien trabadas y extraordinariamente valientes para ser dichas en un país donde todo el mundo culpa a sus políticos pero nadie admite sus carencias de formación democrática.

Las páginas menos logradas son aquellas que no ha escrito, las que ha omitido sobre su propia peripecia personal, que incluye, aunque no solo, su etapa de director del Cervantes en Nueva York. Hay algunas referencias casi veladas y alguna jugosa anécdota, pero se echa de menos una reflexión más sosegada y autocrítica de esa etapa y del papel que él mismo jugó durante muchos años como ‘intelectual del régimen’ (sea este el que cada uno quiera que sea). No porque yo le esté exigiendo nada (que ni tengo derecho ni me incumbe) sino porque, me parece que, una vez metido en faena de poner las peras al cuarto, hay que meterse con todas las consecuencias, sobre todo cuando se ha sido protagonista en parte de lo que se narra.

En fin, un libro necesario y recomendable que hubiera sido mejor, mucho mejor, si Muñoz Molina,  en vez de lanzarse a una escritura desmedida y a bocanadas, se hubiera sentado, como él sabe hacer, a escribir un texto meditado y medido, en el que el análisis de nuestros treinta años de democracia hubiera resultado mejor descrito en sus luces y en sus sombras.

Y el cuarto libro, por fin, el más reciente, es de Manuel López Torrents, Manel para los amigos y los enemigos, subdirector de este periódico y periodista de larga data, siempre ligado a los mercados y a las finanzas.

De la bolsa a la gloria, que así se titula la criatura, es un libro cuya mejor virtud y su mayor defecto es que deja con hambre. Escrito a contracorriente de los tiempos (no hay pesimismo, no hay autoflagelación, no hay descalificación ni de políticos ni de financieros), Manel narra con soltura y facilidad (algunas veces, incluso, cometiendo  pecado de coloquialismo) una vertiente escondida de nuestra reciente historia: cómo en los años ochenta un grupo de visionarios ejecutivos españoles, jóvenes y osados, subieron a nuestro agonizante mercado financiero al tren de la modernidad.

Es verdad que este no es estrictamente un libro de memorias porque el autor por entonces casi acababa de nacer. Pero es un libro de microhistoria, de periodismo bien hecho  que indaga en nuestro pasado más reciente y nos cuenta una historia de mucho interés, cargada de buenas intenciones y que además acaba bien.

Al revés que en el de Muñoz Molina, he echado de menos en este libro un punto de acidez, un mayor sentido crítico para con alguno de los personajes que por aquí desfilan. Pero mi conclusión final es que la lectura simultánea de estos cuatro libros me ha proporcionado una visión caleidoscópica y fascinante de nuestro reciente pasado y he pensado que, a partir de ahora, voy a leer siempre de cuatro en cuatro.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba