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Aristóteles en la escena madrileña

Hace años aprendí de Alberto Manguel a leer por ósmosis y, una vez que dominé la técnica, me apresuré a aplicarla a otros territorios del conocimiento humano. Hay ámbitos en los que no lo he conseguido: las matemáticas, por ejemplo, se me vienen resistiendo de una manera terca y tampoco he logrado comerme unas patatas con costillas absorbiéndolas sin gasto de energía a través de las células.

Pero he alcanzado otros éxitos en el difícil terreno del aprendizaje por ósmosis. Ir al teatro, por ejemplo. En mi ya lejana juventud fui un entusiasta de las tablas y no había estreno en Madrid que me perdiera, siempre que mi modesto peculio o mi habilidad para conseguir invitaciones me lo hicieran posible. Iba mucho, ya digo, hasta que descubrí que a mí lo que me gusta del teatro es el texto y el teatro que se estila en Madrid tiene cada vez menos texto.

El gran Aristóteles, que reflexionó mucho y bien sobre este asunto, ya dejó dicho que “el espectáculo es cosa seductora pero muy ajena al arte y la menos propia de la poética pues la fuerza de la tragedia existe también sin representación y sin actores”, y a tal principio me he atenido en los últimos años, dispensándome con ello de acudir a las plateas con la frecuencia con que un buen aficionado debería hacerlo.

Voy poco, pero lo sigo por ósmosis. Y es ese seguimiento el que me lleva a concluir que las cosas no mejoran, como a Aristóteles le gustaría, en la actual cartelera madrileña. Lo formularé en forma de pregunta: ¿Dónde están los autores? Me refiero a los autores vivos y con cosas interesantes que decir. Dónde están los autores, digo, esos tipos capaces, a partir de un texto, de subyugar al espectador “por la imitación de la realidad a través de la acción de los personajes”.

A los datos me remito: en Madrid hay algo más de una veintena de salas comerciales de iniciativa privada en las que diariamente se celebra alguna representación teatral. (Excluyo de este análisis los teatros públicos y las salas alternativas). En este paquete hay cuatro musicales, en los que el concepto de autor tiene otros componentes que ahora no proceden; la clásica obra de Agatha Christie, La ratonera, que llevo viendo por ósmosis desde hace más años de los que tengo; una obra del Nobel Dario Fo, siempre resultón y agradecido para unas risas, sobre todo si se le adapta, como parece que es el caso, a las circunstancias presentes de lugar y tiempo; un puñado enorme de textos irrelevantes que actúan de soporte para el lucimiento de conocidos actores  televisivos con los que el espectador poco exigente pasa el rato; algún espectáculo de humorista consagrado, y, equilicuá, una sorprendente moda de adaptación de novelas a la escena para hablar de la cual me cambiaré de párrafo.

La adaptación de novelas al teatro es una vieja costumbre que, salvo casos muy excepcionales, nunca he entendido bien. Contra los que piensan que un argumento funciona igual sobre un soporte que sobre otro, cabe argumentar que cada género tiene sus propias leyes y sus propios resultados. Hay casos en que el experimento puede tener sentido –como sucede en Cinco horas con Mario-, pero en otros no termina de justificarse, salvo en la búsqueda de nombres de relumbrón que actúen como anzuelo. No se explica de otra manera  la programación simultánea de títulos comoDráculaMadame Bovary o La sonrisa etrusca, obras las tres notables, pero concebidas y escritas por Stocker, Flaubert y Sampedro con una óptica muy alejada de la representación teatral.

¿Está mal hacerlo? Pues está mal si al final sucede lo que sucede: que en las veintitantas salas comerciales madrileñas solo hay dos títulos con autores españoles contemporáneos que merecen tal nombre: el ya clásicoHay que desmontar la casa, con el que Sebastián Junyent ganó el Lope de Vega hace ya un porrón de años, y Grooming, de Paco Bezerra, que José Luis Gómez monta en La Abadía. Es decir, para ser exactos, solo un título nuevo de un autor joven en toda la cartelera de la capital.

Comprendo que no están las cosas para bromas y que los promotores teatrales tienen que arriesgar sus subvenciones (perdón, he querido decir sus inversiones) con mínimas garantías de éxito. Pero los que amamos el teatro y creemos como Aristóteles que “lo más importante es la estructuración de los hechos”, seríamos más felices si encontráramos sobre los escenarios verdaderas propuestas novedosas de literatura dramática. Porque autores hay, pero nos los tienen escondidos.

(Nota: Todos los entrecomillados corresponden a la Poética de Aristóteles y están extraídos de la edición de Valentín García Yebra)


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