Hmmm...

Amaestrar los sonidos

En las listas de los inventos más destacados de la humanidad, la radio aparece pocas veces y nunca entre los diez primeros. Yo mismo, que, como se verá en las siguientes líneas, soy muy fan del invento de Marconi, lo omití el día en que formulé mi particular ranking. Tengo para mí que esta omisión generalizada no se debe a falta de consideración hacia el invento sino a todo lo contrario: a que la radio ha pasado a formar parte de nuestras vidas con tal naturalidad que cuesta imaginarse un tiempo en el que no existía.

Sin embargo, la radio es bien reciente. Su empuje comercial no ha cumplido todavía un siglo pero ciertamente su curva de crecimiento ha sido una de las más aceleradas de la historia tanto en términos de generalización geográfica como de penetración social.

Es verdad que el reinado absoluto de la radio duró poco, entre veinte y treinta años, antes de que irrumpiera (podría escribir “como elefante en cacharrería”, pero ustedes saben que soy un fino estilista) el aplastante invento de la televisión.

Vamos por partes.

Un antes y un después

Técnicamente, la voz empezó a ser atrapada en artilugios que permitían su reproducción en la década de los setenta del siglo XIX. Por esas fechas nace el teléfono, el primer sistema que permite transmitir sonidos a distancia. No les voy a descubrir ahora las ventajas del teléfono, que tan sagazmente supo describir Camilleri en su imprescindible novela La concesión del teléfono, pero estarán conmigo que entre sus muchas virtudes no figuraba la de poder llegar simultáneamente a grandes colectivos. El teléfono valía para la comunicación individual, y aún hoy, cuando se ha convertido en una prolongación de la mano y cuenta con sofisticadas posibilidades, no ha perdido ese carácter que lo liga a la persona.

La radio es otra cosa. La radio es el primer sistema que permite llegar a las masas de manera directa, inmediata, sin barreras geográficas. El primer medio que emite palabras, música y ruido y que consigue que todo eso sea escuchado por gentes dispersas, alejadas, desconectadas entre sí, ocupadas en sus particulares tareas. Hasta su aparición, el único medio de comunicación de masas realmente existente era el periódico, asombroso invento en sí mismo, del que les hablaré cualquier día de estos, pero cargado de limitaciones: técnicas, logísticas, organizativas. Y, sobre todo, con una exigencia irrenunciable: su receptor tenía que estar, necesariamente, alfabetizado y eso, ay, costó todavía mucho generalizarlo.

A los efectos de la información, pues, el salto del periódico a la radio es exponencial. Lo que alcanzaba a pocos miles pasaba a tener la posibilidad de ser transmitido a millones, y con mucha más celeridad. Un antes y un después en el modo de transmitirse las noticias.

Y no solo las noticias. La propaganda encontró en la radio su medio natural para alcanzar dimensiones desmedidas y todo el mundo sabe que los políticos del segundo cuarto de siglo, los buenos y los malos, se convirtieron en verdaderos expertos radiofónicos para arrastrar a la opinión pública a sus posiciones o para atacar las de los contrarios.

No puede extrañar, por tanto, que los poderes públicos, el Estado, hayan jugado desde el primer momento un papel esencial en el desarrollo de este medio. Primero, por razones tecnológicas: la gestión del espectro radioeléctrico, un bien limitado en todo caso, debía hacerse de forma regulada y coordinada internacionalmente. Segundo, porque el control ideológico de la radio era crucial para la formación de las conciencias y de las opiniones públicas.

Lo asombroso es que, más allá de ese poder de dominio sobre la información, la radio haya tenido otro poder del que se habla menos: su capacidad para convertir la música en un bien común y generalizado.

El internet de cuando no había internet

Hasta la aparición de la escritura la música era inaprehensible. Se interpretaba in situ y solo quedaba la percepción que de ella hubieran tenido los escasos espectadores. Solo los muy poderosos tenían capacidad para acceder a la música –al menos a la música profesional– de manera continuada y, aún ellos, solo a aquella música que supieran ejecutar los intérpretes a su servicio.

La primera notación gráfica de la música se remonta a unos dos mil trescientos años, allá en torno a los babilonios, y aunque la cosa tiene mucho mérito conceptual –atrapar los sonidos no es ninguna nimiedad–, el proceso de extensión de la música fue lento y limitado al menos hasta la aparición de la imprenta en que ya se pudo difundir una pieza, una creación concreta de un autor, para que fuera interpretada incluso en varios lugares al mismo tiempo.

En vivo, por supuesto.

Con el fonógrafo el milagro de la música enlatada empezó a hacerse real, y un buen número de artilugios empezaron a inundar al melómano con la promesa, aún vaga, de poder amaestrar los sonidos y obrar con ellos a voluntad. Pero fue la radio quien lo trastocó todo, quien consiguió que un concierto ejecutado para quinientas personas fuera escuchado por millones, que una grabación reproducida en un pequeño aparato llegara hasta el último rincón del mundo, que los intérpretes que jamás vendrían a nuestro entorno pudieran ser descubiertos y gozados con una fidelidad bastante exacta.

Todos nosotros, los actuales habitantes del planeta, hemos nacido ya con la radio. Todos tenemos en nuestra memoria recuerdos ligados a este fenómeno asombroso. Nuestros abuelos se asomaron al mundo –a un mundo muy convulso– a través de los noticieros; nuestras madres gozaron de los seriales radiofónicos; nosotros nacimos con la radio comercial en sus primeros balbuceos. La transición nos cogió oyendo la radio y, de un modo que aún no termino de entender, surgió una figura insólita y desconocida en el mundo civilizado: el tertuliano. La radio informativa en España consiguió su eclosión, como no lo ha conseguido en ningún otro rincón del mundo, al hilo de un país poco acostumbrado a leer, menos aún a analizar, y muy necesitado de ambas cosas.

Todo esto está bien, y es interesante, y se ha escrito bastante sobre ello. Pero permítanme que yo me ciña a un pequeño ámbito de todo ese lío: a la radio cultural, musical especialmente, que se fue tejiendo en aquellos años y que ha terminado al final acotada en dos reductos muy concretos: Radio Clásica y Radio 3, cadenas ambas pertenecientes a Radio Nacional de España.

Debo a estas dos cadenas toda mi educación sentimental en lo que a formación musical se refiere. Perdón: más que a las cadenas, que son de hace cuatro días, como quien dice, a algunos de sus nombres propios, que llevan toda la vida en esto. A Juan Claudio Cifuentes le debo lo poco que sé de jazz; a Carlos Galilea, mi enganche a la bossa nova; a Tomás Fernando Flores, el no perder la ola del pop más actual; a Lara López, las músicas posibles… Ellos fueron mis ventanas al mundo, el internet de cuando no había internet, las ventanas abiertas a la cultura clásica y a la modernidad… Ahora que Radio 3 se moderniza aún más, y lanza una app y sigue a la cabeza de cuanto se cuece de interés en el mundo en materia de música y cultura, de pronto me doy cuenta de que se trata de una radio pública, sostenida por nuestros impuestos, absolutamente deficitaria, pensada por y para la inmensa minoría… y me quedo dudando sobre si siempre y en todos los casos la cultura se puede equiparar a los yogures.


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