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Alegato contra la novela negra

Los años de la Gran Depresión norteamericana, tan parecidos en tantas cosas a los que estamos viviendo, fueron propicios para el surgimiento de un género que, si no nuevo del todo, era una auténtica reinvención. La novela negra partía de la ya preexistente novela policial para fundar una manera radicalmente novedosa de explicar el mundo.

(Diré, antes de que nos enredemos en tecnicismos y filologías, que doy por aceptada la definición del gran Chandler: novela negra es la que se inspira en el mundo profesional del crimen. Con eso basta para entendernos).

En los decenios veinte, treinta y cuarenta del pasado siglo nace y se asienta esta nueva forma de narrar. ¿Sus características? Las derivadas del hecho de que se trataba de literatura barata, escrita a toda prisa y a cambio de cuatro cuartos por malos escritores generalmente alcoholizados y dirigida a un público no muy dado a la lectura pero necesitado de emociones de ficción.

Dicho de otro modo: si por aquel entonces hubiera existido la televisión, la novela negra no se habría inventado -al menos la que hoy conocemos.

Así que, como no había series, algunos avispados editores idearon un producto imbatible: narraciones muy baratas publicadas por fascículos, en las que era imprescindible mantener la tensión para sostener las ventas de cada semana. Nada que no se hubiera hecho ya en países europeos con los folletines del siglo anterior, pero con dos diferencias notables: los costes se podían abaratar aún más, con lo que se llegaba a un público mucho más modesto, y la temática se hacía más truculenta porque se adentraba en territorios marginales y sobre todo porque las fronteras éticas se habían empezado a emborronar.

Fueron decenas, posiblemente centenares los autores que cultivaron el género en aquellos años sin otra aspiración que la de ganarse su sustento y muy lejos de cualquier aspiración a conquistar la gloria. Eran autores poco ilustrados -muchos de ellos boxeadores, peones o estibadores- que buscaban en este oficio un modo mucho más cómodo de ganarse honradamente su tabaco y su whisky mediante una fórmula que no requería grandes conocimientos ni de sintaxis ni de estructura narrativa: bastaba con contar en un lenguaje básico las cosas que tenían a su alrededor. Chandler y Hammet, a quienes se menciona siempre como referencias fundacionales de la novela negra, fueron en realidad, una anomalía: tipos un poco más leídos y más capaces que sus colegas, que supieron crear tramas y personajes verosímiles y manejar una prosa perfectamente equiparable a la de los escritores convencionales de la cultura oficial.

De la anomalía a la intelectualidad

Anomalías fueron también nombres tan inmensos como los de Chester Himes o Jim Thompson, por citar aquellos que no pueden faltar en ningún artículo conmemorativo al uso, pero lo cierto es que a partir de la aparición de la televisión y de las nuevas condiciones sociales de los sesenta la novela negra tradicional deja de tener sentido y comienza su largo y lentísimo declive.

¿Declive, me dirán ustedes, que se leen El Cultural y Babelia todas las semanas y se enteran allí de que la novela negra está cada día más presente en las mesas de novedades de las librerías?  ¿Declive, cuando no hay escritor de renombre que no se adentre en el género con todo tipo de pronunciamientos a favor? Pues sí, declive, e incluso desaparición, porque lo que ahora se llama novela negra no es más que otra de las muchas estafas con las que el mundillo literario pretende disfrazar su medianía.

Primero fueron los intelectuales. Los intelectuales son tipos muy peligrosos, capaces de pervertir todo lo que tocan para convertirlo en uno de sus artefactos epistemológicos inescrutables. Con esto de la novela negra, los intelectuales vieron el negocio abierto y se dijeron para sus adentros: "Caramba, nadie entiende nada de lo que decimos, nuestros ensayos son incomprensibles y, lo que es peor, invendibles, pero si metemos asesinatos y detectives y mujeres fatales entreverados entre nuestras profundas reflexiones, a lo mejor damos el pego". Y ahí llegó Faulkner con sus tochos metanarrativos y Borges con sus cosas y Dürrenmat con su escritura-protesta y Sciascia con su crítica al Estado-mafia. Tipos muy buenos, escritores extraordinarios a los que hay que leer y perdonarles todo, pero que no escribieron novela negra ni por asomo, sino otro tipo de textos disfrazados de novela negra.

Lo peor vino después. Lo peor vino a partir de los ochenta y se ha venido enrareciendo hasta alcanzar el insultante clímax del momento actual. Lo peor vino cuando centenares de escritores, buenos, malos y mediopensionistas, americanos, europeos, asiáticos y africanos,  descubrieron que no merecía la pena dedicar un minuto a reflexionar sobre las necesidades de la ficción en el mundo contemporáneo y que bastaba con plagiar un modelo tan simple como un discurso de Rajoy para poder pasar por caja. Y los lectores, claro, encantados. Los lectores -esos tipos que dicen de sí mismos que el acto de leer les hace más inteligentes y mejores que los brutos que solo ven la tele- buscan, a la hora de enfrentarse al texto escrito, las simplezas más básicas para pasar el rato sin mayor complicación. ¿Estructuras narrativas complejas, contradictorias pasiones humanas, conflictos irresolubles, finales abiertos? Quite usted ahí, por dios, que bastantes problemas tengo. Deme usted un buen crimen, de los que, a ser posible, no se producen nunca en la vida real, e invéntese un héroe que me lo resuelva, que bastantes problemas tengo yo como para buscarme más líos.

Y, vista la fórmula, a ella se lanzaron todos, en una especie de carrera enloquecida a ver quién hacía más caja.

Un muestrario variado

El muestrario es amplio, claro, y no cabe aplicar a todos los autores la misma descalificación incendiaria. Al menos no en la misma medida. En los Estados Unidos, gentes como Parker y Mosley -por dar una muestra- han procurado mantener una cierta fidelidad al género, desde premisas cultas pero con mucho respeto a los orígenes: algo así como los que siguen tocando blues en los garitos de Memphis sabiendo que no son -y que no serán nunca- hijos verdaderos de Robert Johnson. En Europa, el irlandés Ian Rankin o el italiano Scerbanenco lo han intentado también con una honestidad fuera de toda duda, aunque todos terminan cayendo en la inevitable trampa de un modelo técnicamente muy limitado: siempre escriben la misma novela por más que la disfracen cambiándole el título.

Pero fuera del escaso puñado de honestos continuadores, viene la plaga de tramposos. Algunos me duelen especialmente porque me siento traicionado de manera personal. Véase el caso del siciliano Camilleri, un gran hombre de teatro y un fabulador extraordinario, capaz de escribir novelas de una enorme complejidad narrativa que le han llevado a crear joyas de la calidad de La concesión del teléfono o La ópera de Vigattà. Un buen día este escritor, minoritario y totalmente desconocido fuera de sus fronteras, harto de penurias, plagia con todo descaro la fórmula que a Vázquez Montalbán le estaba haciendo rico en España y convierte su otrora honrado oficio de escritor en una descarada competencia desleal con los clásicos churreros.

Otros me duelen menos porque no significan nada en la historia de la literatura, pero alguien algún día deberá denunciarlos como falsarios y embaucadores. Piénsese en nombres como los de Donna Leon, la norteamericana que se fue a Venecia a vivir del cuento, o el alabado Mankell y la ristra de nuevos escritores venidos del frío, que han dado con la fórmula maestra para pagarse la calefacción, o...

… Si creen que voy a citar nombres españoles están muy equivocados. No lo voy a hacer porque los nuestros se merecen un artículo para ellos solos en el que discriminar entre la desvergüenza pura, el intelectualismo con pose o la honestidad de modestos resultados. Hablaremos de ello, pero les invito a que vayan ustedes dándole alguna vuelta a este asunto y preguntándose si una novela negra de los años veinte del pasado siglo hubiera podido soñar alguna vez con ganar el Planeta.

Les espero por aquí para comentarlo.


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