Godivaciones

Que vuelva la Macarena

En la línea con el pasado artículo, esta semana me voy a detener en la segunda culebra de verano, de todos los veranos: el tema de Gibraltar. Reconozco que el hartazgo es máximo pero lo que voy a exponer lo defiendo también en invierno, cuando parece que el Peñón se oculta tras la estación fría y no da guerra.

Gibraltar, español... desde hace ya demasiado

Desde que tengo uso de razón, nombrar a Gibraltar era meter el dedo en la llaga soberana de los españoles. El que más y el que menos ha dicho, en serio o en broma, eso de "Gibraltar, español". La frase se hizo tan popular que el genio inigualable de Manolo Summers lo utilizó para uno de los gags en una de sus películas de cámara oculta. Un ciudadano español que pasaba por allí era reclutado obligatoriamente para evitar la invasión del Peñón por extranjeros. Así que se le proporcionaba un casco viejo y un palo de escoba y se le instaba a hacer una improvisada instrucción delante de la verja. Y allí mismo se le obligaba a mirar a la roca y gritar a pleno pulmón el consabido grito de guerra "Gibraltar, español".

Lo ridículo que resultaba el pobre panoli engañado por los actores que hacían de gancho visto desde ahora, me lleva a plantear si no habrá quedado el tema de la españolidad de Gibraltar como algo obsoleto, propio de un gag o de una no-noticia de verano. Son ya muchas décadas con el tema coleando y, sinceramente, aquí nadie mueve un dedo. Solamente las autoridades gibraltareñas se aprovechan de la situación en su propio beneficio, como el niño que acude a papá o a mamá dependiendo de por dónde sopla el viento.

Y no es que no tenga importancia el tema de la territorialidad o la soberanía. Pero seamos serios, un rey firma un tratado con otro rey por razones que interesan a uno y a otro. Y eso sucede en el siglo XVIII, cuando España no era la misma, ni Gran Bretaña, ni los españoles, ni el equilibrio político internacional. Quienes defienden mantener el Tratado de Utrecht, los acuerdos entre países soberanos, inmediatamente hablan de las Malvinas, Ceuta, Melilla, Canarias y de Hong-Kong. Quienes defienden lo contrario se alinean con los nacionalistas más radicales.

Empieza a resultar grotesco el baile de posibles alianzas que se están sugiriendo: Rajoy y la Kirchner de la manita a pedir sus respectivas plazas a las instancias internacionales correspondientes. Los nacionalistas catalanes más furibundos se unen a los políticos de Gibraltar que reclaman también ser un país soberano. Y de ahí no se mueve nadie.

Nuevos tiempos, nuevas soluciones

Me pongo en la piel de mis hijos y trato de justificar los ríos de tinta y horas de telediario dedicadas al tema. Esta vez, los llanitos han provocado tirando bloques de cemento y perjudicando la pesca de nuestros pescadores, así que el Gobierno español ha salido en su defensa. Y bien hecho. Claro que todo lo que se haga para presionar a Gibraltar afecta a los españoles que trabajan allí. Complicado equilibrio. Pero ¿era necesario reclamar de nuevo la soberanía sobre Gibraltar? Pues no.

Si los gibraltareños son ciudadanos británicos, que sea la justicia y los políticos del Reino Unido quienes tomen cartas en el asunto para deshacer el embrollo.

Más allá de eso... Utrecht. Y yo me pregunto, de la misma forma que hay Basilea I, II y III, ¿no puede firmarse un acuerdo para que los gibraltareños, que no quieren ser españoles, sean independientes? Eso sí, con todos los perjuicios que eso implica. Con todas las trabas para ellos y para nosotros.

Obviamente no es tan sencillo todo. El Reino Unido tiene una base, centros de inteligencia, es un lugar estratégico desde muchos puntos de vista: geopolítico, comercial, militar. Pero en eso consistiría el nuevo Tratado, en delimitar qué y quién. Nosotros también tenemos intereses, Gibraltar se ha convertido en un centro de contrabando,hay resquemor porque se fugan los capitales españoles allí. Pero sigo pensando que un nuevo planteamiento de raíz es mejor que lo de ahora. Cualquier cosa con tal de que se acabe la tortura veraniega. Y que se hable del calor, del frío, de los bikinis... ¡o que vuelvan Los del Río con su Macarena!


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