Godivaciones

En tiempos de crisis: trascender la apariencia

Desde el martes 25S hasta el sábado pasado, y probablemente no será la última semana que suceda, Madrid ha sido un hervidero de protestas y manifestaciones. Los recortes tienen la culpa de todo. Como todo el mundo esperaba hubo enfrentamientos entre policías y manifestantes. No siempre es así. Ha habido manifestaciones en este país sin porrazos, golpes y violencia. Pero en esta ocasión, y desde apenas conocerse la victoria del Partido Popular, muchos imaginamos que lo que no se consiguió en las urnas se iba a intentar alcanzar en la calle. En la calle y de cualquier modo.

La parte contratante de la primera parte: los manifestantes

Las protestas estaban convocadas bajo el slogan Ocupemos el Congreso. Es decir, la misma convocatoria anunciaba una acción ilegal, ilegítima y bárbara. Ese lema fue denunciado por la delegada del Gobierno en Madrid y cambiado por Rodeemos el Congreso, que tiene una carga de significado muy diferente. Reconozcámoslo. No puede proclamarse como pacífica una acción que llama a “ocupar” por la fuerza. La ocupación ilegal es una acción violenta incluso si se hace con las manos sobre la cabeza.

En la manifestación había de todo: mayores con chaqueta de pana reviviendo viejos tiempos, perroflautas, jóvenes profesionales que simplemente protestaban impotentes, gente asociada a la izquierda radical, otros a la izquierda menos radical, otros a nadie en concreto, parejas con hijos... un batiburrillo. Y en medio de la masa que protestaba, como no podía ser menos, había violentos. Algunos que iban a montarla. Otros, policías infiltrados, que iban a desmontarla.

Este tipo de acontecimientos tiene siempre un componente folclórico parecido a una verbena. Hay algo de festivo en el ambiente. Gentes que vienen de su ciudad o de su pueblo en el autobús, como quien viene a ver un partido al Bernabeu, con mochilas con comida y bebidas, el kit tradicional del manifestante que incluye camiseta, gorra y banderita. Caminatas, gritos de consignas, pancartas reivindicativas. Hasta ahí todo normal. Lo feo viene cuando los de la primera línea en el Congreso tiran piedras a policías, o escupen a diputados, o tratan de quitar las vallas que protegen el Congreso. Ahí hay porrazos, carreras y golpes.

“¡Pero había niños!”. Señora, no lleve a sus hijos a una manifestación.

“Pues que persigan a los que tiraron piedras”. Pues, mire, es que no dejaron su tarjeta.

“Fue desproporcionado”. Lo proporcional habría sido que los policías también tiraran piedras, latas de refrescos y escupitajos, efectivamente. Pero resulta que, como todo el mundo sabe, la intervención de los antidisturbios tiene esos procedimientos. Lo sabían los convocantes, los manifestantes y el lucero del alba.

La parte contratante de la segunda parte: la Policía

Los policías son funcionarios públicos que sufren las ventajas y rigores de serlo. Como los recortes, por ejemplo. En concreto, los antidisturbios bailan siempre con la más fea porque se dedican a frenar actos violentos con violencia. Es la violencia estatal que defiende su monopolio. Así está en la Constitución, así son las bases de nuestro estado de derecho y así es aceptado por todos. Ahora bien, esa actuación no incluye entrar a porrazos en un local, o la represión de quienes claramente no son violentos. Ellos obedecerán a sus mandos, imagino. Y no me refiero tanto a Cristina Cifuentes, que puede pedir que protejan el Congreso, sino a Ignacio Cosidó, quien es responsable directo de aquellos que ordenan “Carguen” o “Entren en el Metro de la plaza de Atocha repartiendo leña”. Y, como decía Lucky (Paul Newman) en La Leyenda del Indomable al celador que le encierra en el agujero: “Por mucho que usted cumpla órdenes eso no hace que tenga más razón”.

Otro aspecto de la actuación policial son los infiltrados. Estos policías, también cumplidores de órdenes de arriba, provocan actos violentos adrede para que la policía uniformada actúe y se ponga fin a la manifestación. Ya imagino que es una estrategia muy moderna y generalizada en nuestro brillante mundo europeo y occidental, pero ¿hasta qué punto eso está bien? Ya entiendo que en algunos casos ha ayudado precisamente a identificar y detener sobre la marcha a los violentos en otras manifestaciones, pero ¿no son en parte responsables de la violencia desatada, a veces de manera excesiva?

Lo aparente y lo real

Una buena amiga, autoexiliada en Francia durante el franquismo, licenciada en la Sorbona, ahora muy alejada de la política y dedicada a cuestiones completamente diferentes me decía al respecto: “Yo no sé si es buena o mala la protesta colectiva o si tienen razones para hacerlo, pero me pregunto si esas personas que cuando van en grupo gritan pidiendo un mayor bienestar para todos se esfuerzan en su pequeño mundo, en su actividad diaria, en procurar un mayor bienestar a cada una de las personas con las que conviven”. 

Esta crisis que trasciende la apariencia económica y se manifiesta como una crisis del modelo, del sistema, de los valores personales, una crisis global, debería enseñarnos que la verdadera revolución es la interior, y que o bien tenemos muy claro en qué creemos, cuáles son nuestros pilares y por qué luchamos, más allá de consignas, instituciones podridas e intereses políticos, o estamos perdidos del todo.

La receta económica no es el tema primordial, por más que es lo que va a permitirnos salir de esta comiendo una vez al día o una vez en semana. El tema primordial es mucho más gordo y no se resuelve saliendo a la calle a exigir nuestra ración de pataleta. Al fin y al cabo, somos los mismos que nos dejamos engatusar. ¿Aprenderemos a exigir valores, rigor y transparencia como punto de partida? ¿O seguiremos conformándonos con buenas palabras?


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba