Godivaciones

El sistema financiero a examen

Esta semana se ha cumplido el quinto aniversario de la caída de Lehman Brothers. Las reflexiones que ha suscitado el aniversario han sido de lo más variopinto, y cuando se pregunta en alto qué hemos aprendido de ello, cada cual arrima la conclusión a sus prejuicios e intereses. Subyace en mucha gente el mantra antifinanciero, un mensaje facilón que exculpa a parte de los responsables: los políticos. Pero ese tabú que abomina del sistema financiero olvida las lecciones de la historia.

La caída de Lehman Brothers y la no caída del resto

Una de las preguntas que siguen flotando en el aire es la razón que explica que Lehman se dejara caer pero no al resto de los bancos americanos "infectados". Documentales, películas made in USA, artículos, opiniones de expertos, han intentado con más o menos éxito, ofrecer una explicación. Básicamente, se trata de una mezcla de intrigas políticas, intereses creados y datos que nunca saldrán a la luz, lo que está detrás del derrumbamiento. Pero la segunda parte de la pregunta no se ha explicado ¿por qué el resto sí se rescataron? Especialmente si, a continuación, cuando se percibieron en los presupuestos públicos y en las cuentas macroeconómicos los efectos de los rescates millonarios, aquellos que se alarmaban ante la perspectiva de que no se rescataran, reclamaron la cabeza del sistema financiero y le hicieron culpable de todos los males.

Mientras que los expertos lo tienen muy claro, cada uno lo suyo, la gente de a pie no sabe muy bien qué pensar. Sí hay una percepción clara de que el sistema financiero abusó, realizó operaciones irregulares y que hay que hacer algo, por ejemplo, cómo no, intervenir más. No importa que se explique que una cosa es regular más y otra regular mejor. Da lo mismo que, como hace Daniel Lacalle en Energy and Markets, se recuerden los tópicos que recorrían las redacciones y las emisoras ese 15 de septiembre del 2008, la idea que ha quedado es que el sistema financiero nos robó la inocencia.

Y no seré yo quien defienda prácticas irregulares y abusos, pero sí deberíamos, como he expresado en diferentes artículos en este medio, pensar si tiene algo que ver que no leamos los contratos, o que mucha gente se sumara a la efervescencia del pelotazo que prometía el boom inmobiliario y financiero. Y, lo que es más importante, deberíamos preguntarnos qué papel desempeñaron las autoridades financieras, en concreto, los bancos centrales, en todo lo que se nos vino encima.

Por el contrario, seguimos clamando por más intervención, porque esas mismas autoridades nos saquen de una situación de la que son responsables directos, y apostamos por una unión bancaria europea que no asegura nada.

La lección de la historia financiera

Una de las ventajas de estudiar y enseñar Historia del Pensamiento Económico es que te sometes a una permanente reflexión acerca de las soluciones que hemos tratado de aportar para resolver los problemas económicos eternos. Y en este caso, la aportación de la Escuela de Salamanca nos proporciona un aleccionador ejemplo. En el siglo XVI, cuando había multiplicidad de monedas, una de las preocupaciones de los estudiosos escolásticos, que velaban por la justicia en el intercambio, entre otras cosas, era evitar los abusos en el intercambio de divisas. No fue hasta que la Escuela de Salamanca estableció la teoría de la paridad del poder adquisitivo de la moneda, cuando la Iglesia levantó la prohibición del cambio de divisas.

La reflexión viene al analizar qué significó esa prohibición. El aumento de los costes de transacción, de realización de los contratos, la pérdida para empresarios y banqueros, y de manera indirecta, para los consumidores, es evidente cuando se observa la caída en la creación de empresas, en el comercio y en la actividad económica de la época. La idea preconcebida acerca de la Edad Media como una época gris y de estancamiento se debe, en gran parte, a este tropezón histórico.

¿Qué habría sucedido si la Iglesia no hubiera mostrado un celo tal vez exagerado y se hubiera controlado el fraude en los cambios de otra manera? Las expectativas de beneficios de empresarios medievales y banqueros habrían permitido un comercio internacional más intensivo, y las economías afectadas se habrían contraído menos.

La lección es clara. Demonizar el sistema financiero, optar por una idílica deceleración del crecimiento, y poner el acento de la culpa en los especuladores no es la solución porque, como ya sucedió, la contracción económica resultante nos afectaría a todos, y con más dureza a aquellos países menos favorecidos que se ven aupados por la inversión extranjera.

Tal vez deberíamos quitarnos la venda de los ojos y exigir responsabilidades a todos, no solamente al impersonal sistema financiero, sino también a los gobiernos que se han lucrado y, especialmente, a los bancos centrales, que literalmente, viven de ello.


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