Godivaciones

Una reflexión post-electoral

Ya están repartidas las cartas, la suerte está echada. Ha sido una de las campañas más aburridas y poco imaginativas que recuerdo, pero ha habido un par de demagógicos slogans difundidos a diestro y siniestro que me han demostrado la ignorancia de gran parte de nuestros conciudadanos y me han vuelto a descubrir la capacidad para escurrir bultos que tenemos.

A medida que se acercaba el día de las elecciones cada vez más, tanto en los medios tradicionales como en las redes sociales y en los periódicos digitales, se intensificaba el mensaje “que no nos gobiernen los mercados”, “que no nos gobierne la Merkel”, como los truenos que se acercan anunciando la tormenta.

He leído a economistas (metidos a periodistas) que se han preguntado para qué sirve el mercado financiero tal y como está ahora, excepto para empeorar las cosas. Hay que tirar de la historia y recordar que los mercados financieros surgen no solamente para canalizar el ahorro de los empresarios privados, sino también, y especialmente, para que los reyes pudieran financiar sus guerras y sus desmanes. Desde los “split tallies” ingleses y los juros españoles hasta nuestros días, la compra venta de la deuda soberana ha sido una de las fuentes de financiación más habitual de los gobiernos. No hay que olvidar que, precisamente, el impago de la deuda llevó a la quiebra a Felipe II.

Ahora, nuestra deuda soberana es de mala calidad, pero la culpa no es de quien no ofrece seguridades de pago y confianza a quienes la compran, la culpa es de “los mercados”, de Merkel, del contubernio judeo-masónico, del chachachá.... de cualquiera menos de quienes no han ayudado a que nuestro país tenga una economía sólida. Y eso no se logra mediante hiper-regulaciones (como demostró en su momento Colbert), ni pagando a clientes electorales que te aseguren la poltrona cuatro años más, sino dejando que los empresarios españoles que funcionan a pulmón, los de verdad, no las empresas que viven del privilegio y en connivencia con políticos, hagan lo que saben hacer: ofrecer puestos de trabajo, activar la economía, buscar beneficios e invertir. Nuestros políticos han decidido jugar el juego de la deuda soberana, y ahora se quejan. Pues si no quiere usted deuda de mala calidad no pida prestado tanto. Ah, claro, que eso compromete sus promesas de unicornios para todos.

Pero en este país las cosas no funcionan así: se culpa a otro, a ser posible extranjero. Y ahí aparecen los alemanes liderados por Merkel. Por supuesto que la canciller alemana vela por los intereses de los alemanes. Sólo faltaría. Pero he de recordar a quienes afirman que nos deben su crecimiento de los últimos 25 años, que ya han comprometido varios cientos de miles de millones de euros en el fondo de rescate de Grecia, Irlanda y Portugal, que ellos tampoco son imperturbables y la crisis también afecta a Alemania. ¿Cómo no van a pedir cuentas y a asegurarse de que ese préstamo va a ser devuelto en las condiciones pactadas? ¿Cómo arriesgarse a que los países deudores se declaren en quiebra y no devuelvan el dinero?¿Cómo arriesgarse a perder el caudal de tus ciudadanos porque los políticos de los países deudores mostraron a sus ciudadanos una abundancia irreal? Claro que van a exigir medidas a España, y eso comprometerá nuestro crecimiento en un primer momento, pero probablemente no hay otra. Lo contrario, financiar con más deuda un posible crecimiento, sinceramente es inviable.

Además de la idea de que va a venir la Merkel con la lista de tareas por hacer y la regla para darnos en la mano si no la cumplimos, aparece en nuestra sociedad el síndrome del leproso.

Las noticias de que los bancos franceses, belgas o austriacos están en peligro, parece alegrar a muchos que proclaman que ya no somos solamente los de siempre, sino que ahora los periféricos somos todos y ya no se puede señalar con el dedo. A todos ellos, hay que recordarles que si cae el centro que está soportando la carga de la mala situación de los PIIGS, habrá que salir a buscar financiación a China o a los países emergentes (como ya está empezando a pasar). ¿Echaremos entonces la culpa de nuestra imbecilidad a los chinos?.

El presidente recién elegido deberá luchar contra los vicios y malos hábitos de los españoles si quiere que al menos tengamos la esperanza de que existe una luz al final del túnel.


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