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De puente a puente... y me lleva la corriente

Esta semana de puente la noticia más polémica, casi por encima de la celebración del aniversario de la Constitución, ha sido precisamente el puente. Cada vez que hay un día laborable entre un fin de semana y una fiesta, el español asume que “merece” que esa jornada se transforme en una fiesta extra. Y esta semana hemos tenido dos días así, de manera que ya puestos ¿por qué no tomarse la semana entera? Eso es lo que ha hecho parte de la población. Algunas personas porque la empresa ha dado el viernes (colegios, universidades...) y otras porque se han pedido los días. El caso es que de repente ha saltado la alarma de la pérdida de la productividad. Los días sin trabajar implican menos producción, menos PIB, menos ratio producción/trabajador, cifras nada convenientes tal y como está la economía española.

La mismísima CEOE ha pedido que se solucione este desarreglo y que se trasladen las fiestas entre semana al lunes para evitar el sangrado productivo, se cifran las pérdidas para las empresas en 1.200 millones de euros. Los sindicatos mayoritarios están en ello también. Pero no todo el mundo está de acuerdo.

Los puentes son aprovechados para hacer turismo y suponen pingües ingresos para el sector servicios en un país cuya principal industria es precisamente la turística. Un dilema.¿Es mejor trasladar las fiestas al lunes?¿Mermará esa medida mucho el turismo? En definitiva, ¿que es mejor para la economía española?

Como decía mi compañero del Instituto Juan de Mariana, Fernando Díaz Villanueva, hay un sospechoso “tufillo soviético” detrás de esa bienintencionada idea. “Lo mejor para la economía del país” dio lugar a medidas que lesionaron las libertades de los individuos en todos los regímenes totalitarios del mundo. “Lo mejor para la patria”, “lo mejor para los ciudadanos”, es especialmente peligroso cuando te lo imponen y cuando además se hace desde el poder. La coletilla “por tu propio bien” suena tanto a la famosa novela de Orwell 1984 que da miedo.

En el caso de los puentes y fiestas de guardar resulta sorprendente que ni empleadores ni empleados puedan decidir cuáles son los días laborales, incluyendo las fiestas religiosas. ¿Por qué no dejar que el trabajador decida si está dispuesto a trabajar el 6 de diciembre o el Viernes Santo y que pacte con la empresa a cambio de qué?

Seguro que a muchas empresas les vendría bien y segurísimo que a muchos trabajadores les vendría de perlas. No hay una razón convincente para imponer que las fiestas, religiosas o no, lo sean. Una vez que se fijan cuántos son los días de trabajo y los que no ¿por qué una autoridad debe decidir los días concretos que deben tomarse? Tampoco cambiaría tanto el panorama. Los católicos tomarían la Semana Santa, quienes veneran y respetan la Constitución la celebrarían espontáneamente, y los hosteleros probablemente tendrían ingresos menos concentrados pero más regulares.

La desregulación suele crear la falsa apariencia de caos, y en este caso, sé que la idea que viene a la cabeza es de que cada trabajador va a elegir un día diferente y que el desorden va a reinar. Pero existe el orden espontáneo, la coordinación, y de la misma forma que nos poníamos a la derecha en las escaleras mecánicas del Metro mucho antes de que a algún listo se le ocurriera poner un cartel, los trabajadores nos coordinaríamos con los colegios, con nuestras parejas y no habría tal caos. Eso sí, las empresas no tendrían que cerrar, y no habría trabajadores a medio fuelle en los días encerrados entre dos fiestas.

Lo que hay detrás de los calendarios laborales oficiales, en contra de lo que pueda parecer, no es un beneficio para el trabajador. Es una manipulación del poder central que planifica cada vez más la vida de los ciudadanos. No están solos, las organizaciones que pretenden representar a trabajadores y a empresarios pactan con los gobiernos. Es el comportamiento típico de los grupos de presión: los partidos políticos, los “colectivos”, sindicatos, patronales... usurpan la capacidad de decisión de los individuos y terminan por hacer más mal que bien. Es cierto que aparentemente nos representan porque votamos en las elecciones, pero ¿realmente lo hacen? ¿defienden nuestros intereses? Una de las cosas que están cada vez más claras es el desapego no tanto de los ciudadanos respecto de sus representantes, sino de los representantes respecto a los ciudadanos. Sus intereses no son nuestros intereses. Y el trabajador ya no tiene nada que decir, porque ahora los trabajadores son asimilados a los sindicatos. De la misma forma, se suponen que son los empresarios cuando la CEOE habla.

¿Por qué no dejar a cada cual que fije con su empresa qué días trabajar y cuáles no?Estoy segura de que mucha más gente trabajaría: los productivos podrían ejercer sin descansos obligatorios. Eso sí, tal vez la veneración hacia determinadas instituciones no sería la pretendida.


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