Godivaciones

La propiedad de lo sagrado

No deja de sorprender la capacidad humana para destruir y para crear. Como si no fuéramos de la misma especie, como si viviéramos en realidades diferentes, los mismos seres humanos somos capaces de lo más grande y de lo más terrible. Este nuevo año se ha despertado de mal humor y nos está regalando episodios muy duros, ataques terroristas, muertes, violencia, como recordándonos que seguimos teniéndonos miedo, los unos a los otros, miedo como el que no ve y desconfía de lo que le rodea por puro sentimiento de supervivencia.

La demanda de conspiraciones

Ante sucesos como los acaecidos en Francia en las pasadas semanas, siempre hay una venta exitosa de conspiraciones que apuntan a supuestos autores de lo más variopintos: el Mosad, los gringos, la mano negra. Y como toda teoría de la conspiración que se precie, los argumentos están diseñados para que el hilo de la lógica se retuerza sobre sí mismo y no deje más opción que aceptar la conspiración, o bien, reconocer que a una le encanta vivir en la mentira.

Lo mejor, o lo peor, es que por poder, claro que puede ser. Igual que es posible que seamos un sueño de un alienígena, o que haya una civilización paralela en un planeta remoto donde exista otro yo y que estemos unidos solamente en los sueños.

No puedo demostrar ninguna de esas hipótesis y si las niego la alternativa es reconocer que “mi” explicación, basada en los hechos que conozco, es la mejor de las mentiras, y que quienes aceptan esas teorías están en la verdad, y su mente preclara les permite entender lo que yo no soy capaz.

Yo reconozco que ante un atentado reivindicado por terroristas de una facción extremista de un movimiento musulmán radical, tiendo a creer que han sido ellos, antes que pensar que no, que han sido otros ocultos tras los terroristas por razones recónditas. Ya ven. Soy rara. Pero me temo que esas conspiraciones, junto la famosa amenaza franquista de la “conspiración judeo-masónica”, la amenaza de quedarse ciego al practicar el sexo en solitario, o la de quedarse bizco si te daba el aire en los ojos cuando de niño cruzabas los ojos haciendo muecas, tienen una base similar en cuanto a su poca fundamentación.

Los derechos de propiedad sobre las imágenes sagradas

Dicho lo cual, dejando de lado la autoría, merece la pena reflexionar un poco acerca de las razones que llevan a algunas personas a matar, a los resortes que tocan en muchas personas determinados comentarios acerca de lo que ellos consideran sagrado y los límites de la libertad de expresión.

Planteaba en su muro de Facebook el jurista de Estados Unidos, Stefan Kinsella, experto en temas de propiedad intelectual y apasionado detractor precisamente de los derechos de propiedad intelectual, que podría re-pensarse el ataque terrorista al semanario “Charlie Hebdo” en términos del monopolio que algunos creen tener sobre las imágenes que representan lo que ellos entienden que es sagrado. Efectivamente, muchos entre quienes profesan una fe sienten que ellos son los únicos que pueden hacer uso de las imágenes que representan a su Dios, santos, profetas, etc. Un uso inadecuado puede ser interpretado como falta de respeto. Y estoy pensando, por ejemplo, en la moda de exhibir un rosario alrededor del cuello a modo de collar, o el crucifijo colgando de la oreja de algún cantante. Me pregunto si esas personas tan susceptibles ante lo que ellos llaman “Dios” sienten tanto respeto por todas las manifestaciones de lo sagrado pasadas y presentes.

Más allá de eso, entiendo que el tema que levanta ampollas es la sátira y el mal gusto. Personalmente creo que la sátira, la burla hacia lo ajeno, hacia la autoridad, y muchas veces hacia lo propio, es un síntoma de buena salud, y sé que duele cuando te tocan lo que más quieres. Pero la capacidad de cachondearse uno hasta de su sombra, no es mala, incluso si transgrede la corrección y el respeto. Lean a Quevedo. Es la sociedad la que debería no ver ese programa de televisión, no comprar esa revista, y no alimentar a quienes se pasen de la raya. No debería ser necesaria una ley que sustituyera el deber de cada cual de posicionarse y hacer algo. Algo no violento, por supuesto: afear la conducta, denunciar el mal gusto, poner en marcha una campaña para evitar que la gente vea o lea esas publicaciones. Hay muchas cosas que no son un puñetazo en la cara.

Y, por supuesto, al lado de las discusiones serias, de los debates bienintencionados, Occidente, desdibujado como está en este siglo XXI, permite que sus políticos, los mismos que miran al techo frente a las masacres en África, cuando no sacan partido de ellas, se atribuyan también el monopolio del dolor y la indignación. Lo que nos faltaba.


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