Godivaciones

La picaresca del siglo XXI: ricos y famosos

El corral nacional sigue alborotado. La prensa, los propios políticos y el público en general, sumidos en un mar de confusión, no hacen sino aumentar el ruido de fondo con sus voces, alarmadas pero vacías.

Que hay cuentas B, sobres bajo cuerda, pagos a la prensa, financiación irregular, que todo eso sucede en todos los partidos, que la corrupción vive entre nosotros, todo eso ya lo sabemos. Lo sabíamos. Lo suponíamos. Lo permitíamos.

Los mártires de la democracia española

La publicación de las declaraciones del IRPF y del Patrimonio del presidente del Gobierno, como era de esperar, ha levantado una polvareda de comentarios agrios por parte de todos. Unos, porque escudriñan entre los números tratando de buscar su rédito político como oposición, maltrecha y dividida oposición. Otros, porque consideran una afrenta que los focos se dirijan nada más que a Mariano Rajoy, en lugar de apuntar a todos los demás también y están rasgándose las vestiduras con los ojos en blanco.

Y lo cierto es que lo suyo sería tirar del hilo. De todos los hilos. Y llegar donde haga falta llegar. ¿A la Transición? Pues a la Transición. Y que salgan a la luz los pagos a la prensa desde entonces, los pactos ocultos con unos partidos y con otros, de derechas y de izquierdas. Pongamos encima de la mesa el golpe del 23 de febrero, sus entrañas, los actores, los vínculos, todo.

Saquemos la manguera y el detergente para limpiar los barros primigenios de nuestra democracia. Pero tengamos clara una cosa: aquí no hay santos, ni perfectos. Todas las democracias, y las no-democracias, se asientan sobre la misma base, sobre el mismo pilar que cualquier institución: la naturaleza humana. Y no, no es perfecta. Así que, probablemente, nos encontremos con que hasta el sistema más perfecto del país más "civilizado" está edificado sobre cimientos cuestionables. Y no pasa nada.

Tampoco se trata, por otro lado, de mitificar a nuestros padres de la democracia como si el mero hecho de haber participado en todo aquello les hiciera mejores personas, más formados, mejores políticos o más honestos. No hay mártires de nuestra democracia. Hay de todo, como siempre. Personas que tuvieron el firme propósito de salir adelante y políticos de medio pelo a quienes les tocó estar allí.

Tenemos los instrumentos

Lo ideal sería que nuestro modelo político generara incentivos para que la gente se esforzara, trabajara, viviera mejor, encontrara los medios para conseguir sus fines, sean estos aumentar la talla de pecho o ser una virtuosa del violonchelo. Para eso los ciudadanos tendrían que tener expectativas de que hay caminos para lograrlo. Para ello, el hombre en sociedad, desde sus orígenes, crea instituciones. Y justo ahora, cuando el sistema está cuestionado, se oyen voces desde todos lados clamando por una regeneración institucional.

Pero no se especifica qué es una regeneración. Verdaderamente ya tenemos instituciones que estás diseñadas para velar por los ciudadanos: el Tribunal de Cuentas, el Tribunal Constitucional, el Tribunal Superior de Justicia... ¿No funcionan? Tal vez se nos olvida que el problema del diseño ingenieril de las instituciones tiene el peligro de la manipulación. El diseñador, ese que sabe qué necesitan los demás y cómo. Manipula quien ocupa cada puesto, empezando por los jueces y acabando por los guardias de seguridad del Metro, y cierra el círculo asegurando puestos y dádivas.

No se va a decapar el sistema eliminando instituciones obsoletas o duplicadas. Es como decirle a un niño que devuelva la piruleta que le acabas de comprar, hay que tener muchos arrestos para devolverla: el niño sale corriendo y se la zampa antes de renunciar a ella. Lo que pasa es que, en el primer caso, la piruleta son fondos públicos, pagados con los impuestos de una población empobrecida.

Así que no son las instituciones las que fallan, son las personas.

Usted también nada entre corruptos

Y no solamente los jueces, los políticos y los medios de comunicación están implicados en este patético sainete. Somos la ciudadanía. Como decía Luis Garicano este fin de semana, debe ser la ciudadanía la que, igual que sucedió cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco, diga ¡Basta Ya! de una vez por todas. La diferencia es que la corrupción no está solamente en los políticos o los periodistas, es un mal común a los españoles. ETA era un mal ajeno, no toleramos los delitos de sangre, pero sí el hurto y el trilerismo.

La famosa picaresca que retrataron tan bien Quevedo o Mateo Alemán debería habernos enseñado una lección. El pícaro, pobre de solemnidad, solamente puede sobrevivir mediante la estafa y el engaño. No tiene principios porque procede de una familia de delincuentes, de gente marcada por la cárcel o el deshonor, sin formación, ni moral. Es el anti-héroe español.

Nosotros no éramos pobres de solemnidad cuando en medio de la bacanal inmobiliaria consentimos lo que consentimos. Se nos supone cierta madurez como pueblo, cierto sentido del bien y del mal, cierta honestidad. Pero el comportamiento de los españoles, sinceramente, deja mucho que desear. No porque seamos unos ladrones, sino porque consentimos al ladrón. Por omisión. Y eso es casi más grave por lo que tiene de indolencia y desidia.

Y ahora, clamamos al cielo pidiendo cárcel para los corruptos. Estoy de acuerdo. Pero antes pensemos qué tiene que hacer cada cual para que no suceda más. Porque inocentes, inocentes... muy pocos.


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