Godivaciones

La penúltima treta: alardear de incapacidad

Llega el verano y, como si se tratara de la canción de moda, “tambores de deuda” resuenan por el Viejo Continente. La diferencia en el porcentaje de deuda sobre PIB en el primer cuarto del 2013 respecto al año pasado en Europa da que pensar.

En la Eurozona, la deuda sobre PIB es de 92,2% frente al  88,2% hace un año; en Grecia 160,5%, frente al 136,5% de hace un año; Portugal pasa de 112,3% a 127,2%; Italia también sube siete puntos; España sube quince. ¿Austeridad?

De las causas y los efectos: si quitas y no pones…

Dice un viejo refrán: “Quita y no pon, y se acaba el montón”. Y así es. También es cierto que el desarrollo de un mercado financiero sofisticado, desde la Edad Media hasta nuestros días, ha permitido el progreso de la ciencia, la tecnología y del nivel de vida, en general. En especial, le pese a quien le pese, de los más pobres. Pero la posibilidad de endeudarse para generar actividad económica va intrínsecamente unida a la confianza del prestamista en que el prestatario, o alguien en su nombre, va a devolver lo acordado en el plazo establecido.

Por un lado, la deuda se asume ahorrando para devolver lo debido. En el caso de la deuda estatal queda claro que, históricamente, de lo que hablamos no es del principal. ¡Ojalá! De lo que no se hace cargo el Estado es ni siquiera de los intereses.

Respecto a la situación de los países europeos, actualmente, lo que llama la atención es que cuando se dice expresa esta alerta en voz alta, nadie señala el aumento del gasto que, en Grecia, por ejemplo, asciende al 50% del PIB aproximadamente, y es superior al año 2008. Es más, a los pocos que lo señalan se les echa en cara que es por culpa de la austeridad por lo que pasa todo esto. Resulta que la austeridad da lugar a despidos y otros problemas de orden social que han de ser cubiertos con gasto público. La austeridad… que se predicaba para acabar con el exceso de gasto genera aún más gasto. Y eso, a mí, no me cuadra. Algo se está haciendo mal.

Pocas personas parecen preguntarse en qué se gastan el dinero los Estados. Es más, qué parte del gasto en Sanidad o en Educación va a lo que todos entendemos por sanidad o educación. ¿Debe haber un gasto en peluquería en un hospital? ¿Es sensato que haya hospitales con más directivos que médicos? Ya sé, queda fatal, pero lo cierto es que hay despilfarro en todas las partidas. Por el contrario, el enrevesado argumento que confunde causa y efecto vende mucho más y justifica el aumento del gasto público que esté usted dispuesto a endosar a los futuros europeos.

Responsabilidad inversa, libertad inversa

Hasta el padre del pensamiento socialdemócrata, John Stuart Mill, consideraba que la libertad va asociada, de forma inseparable, a la responsabilidad. No somos solamente quienes defendemos una defensa de la libertad individual más radical, también está la unión entre esos dos conceptos en la base del liberalismo más vago.

Trasladado a nuestros días, me pregunto cómo encaja esa exigencia de responsabilidad. Ante el aumento de gasto estatal, las quejas por la carga financiera, el imposible crecimiento económico, el peso de un sistema económico híper dimensionado y esclerótico… ¿quién asume la responsabilidad? Los otros. Los prestamistas, por ejemplo, que exigen que la deuda sea devuelta.

¿Y qué solución se propone? Otra quita griega: la declaración de incapacidad. Se trata de una declaración de deudores en jarras, acusando a quien tuvo a bien prestarles para evitar algo peor. ¡Oiga, que soy incapaz! Y, a continuación, el clamor unánime de quienes estamos ahí, en la misma ensalada de gasto, queja, aumento de deuda y sistema estatal mastodóntico. Todos queremos declararnos incapaces y exigir la condonación, la reestructuración de plazos, en resumen, el incumplimiento de la palabra dada y de lo firmado. Lo peor que puede sucederle al sistema financiero: que se quiebre la confianza.

Este “comodín del público” no es exclusivo de las mentes de izquierdas o los antisistemas. Se trata de un recurso genérico para los grandes gastadores. Por ejemplo, el Gobierno. De esta forma, el ministro Luis de Guindos declaraba tras la cumbre de la semana pasada, que el G20 ha fracasado en las políticas de crecimiento y empleo y que España ha sido “uno de los países más golpeados”.

Dicho así, la culpa es del chachachá que ha venido, nos ha dado una colleja de paro y se ha esfumado. No se puede pedir a la ciudadanía lo que uno no está dispuesto a mostrar con el ejemplo. Y si el ministro no es capaz de asumir la parte de responsabilidad que corresponde al gobierno ¿cómo espera que los ciudadanos lo hagamos? La culpa va a ser del otro siempre: del extranjero, del que tiene más, del que no protesta… de quien sea.

¿Y dónde deja ese sentido de responsabilidad invertida nuestra libertad? Bastante mal, en mi opinión. Seguiremos siendo dependientes de nuestras deudas y, sobre todo, esclavos de nuestra cacareada incapacidad. Pero no libres.


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