Godivaciones

No me llames dinero, llámame Lola

El hombre es el animal capaz de tropezar, no dos, sino dos millones de veces con la misma piedra. El laberinto del lenguaje, la mala definición de los términos (en este caso, económicos) y las medias verdades son, en gran parte, responsables de ello. La otra parte de culpa es nuestra. De las propias personas, que parece que tenemos querencia por según qué pedruscos del camino. En esta ocasión, hablo del Quantitative Easing y la inflación que no genera.

Vuelve el QE, como las oscuras golondrinas

Periódicamente, los estadounidenses alzan sus ojos y miran al máximo representante de su banco central, la Reserva Federal o FED, el señor Bernanke, para ver qué hay de lo suyo, si habrá un nuevo Quantitative Easing (QE) o no. Hace dos semanas, Bernanke desataba nuevos rumores acerca de un nuevo embiste de la FED al declarar que igual era muy pronto para retirar estímulos, no sea que se apague el Sol. Y de nuevo llueven análisis justificando la política de QE. Que no. Que no es emisión de dinero nuevo. Pero es que el dinero, los billetes... no son los únicos medios de pago.

El Estado quiere financiar el gasto que no puede asumir: emite deuda pública a largo plazo y la vende. El banco la compra en una subasta. Y, a continuación, el Estado, a través de la FED (¿en serio alguien cree que la autoridad monetaria es independiente?), compra esa deuda pública que está en el activo de los bancos, a cambio, no de dinero, sino de un depósito en el banco central. ¿Enrevesado? Pues sí, esas piruetas y otras más complejas son las que nuestros gobiernos hacen para financiarse. Hombre, lo que nos venden es que se trata de fomentar la inversión, porque las bajadas de tipos, ya ni fu ni fa. Así que, de alguna manera, los bancos ven sus tenencias de deuda pública a largo plazo disminuir y un depósito para ser utilizado en el banco central. Aunque, lo cierto es que eso permite que esos bancos respiren y sigan comprando deuda pública, que sirve para que el Estado siga gastando, y gastando mal.

Claro que, este encaje de bolillos no genera lo que conocemos estrictamente como inflación. Como decía Juan Ramón Rallo el pasado febrero: “en el fondo, igual da que sea contra billetes de nueva impresión o contra depósitos en la Fed, los dos son pasivos del banco central estadounidense que sirven como moneda de curso legal para saldar las deudas privadas nominadas en dólares”. Pero generan otras distorsiones similares porque lo que ha aumentado son los medios de pago, que son como los dioses grecorromanos que contaban, cada uno, con cien mil advocaciones. ¿Y dónde están esos medios de pago extra? Adivinen... en deuda pública, disfrazados de unicornios.

El salto intertemporal: movimiento sexy

¿Hay inflación? Tal vez, aunque no escandalosa. Es decir, desde finales de 2008, cuando se inician los Quantitive Easing, los precios han subido casi una media anual del 2,2%. No es mucho, pero el día que la economía norteamericana esté en condiciones de volver a endeudarse y los bancos empiecen a hacer uso de esos depósitos de que disponen en la FED, subirán mucho más. Bueno, hoy no será. Eso dicen los defensores del QE, del gasto y de los unicornios. Pero, no solamente el aumento de los precios es inflación. También hay que considerar el exceso de liquidez, porque la inflación es la depreciación de los medios de pago, no el aumento de los precios. Lo otro es confundir el síntoma con la enfermedad. Y en nuestro sistema, crear crédito falso es crear dinero, en el momento en que ese crédito supone un mayor poder adquisitivo. Esa es la cruda realidad. Lo demás son apaños de quienes enseñan los datos para justificar su ineptitud.

Me admira que este argumento tan egoísta para con nuestros descendientes sea defendido por los mismos que te acusan de odiar la madre Tierra por proponer competencia energética, suspender subvenciones y abrir la puerta al fracking.

Es ilustrativo compararlo con lo que ha hecho Draghi en la UE. Sí, se parece más a una ‘barra libre’, pero no va a tener ese efecto ‘huevo Kinder’, que encierra una sorpresita en su interior. En la Unión Europea, el BCE ofrecía créditos a la banca comercial a unos tipos de risa. Y la banca comercial compraba deuda soberana a sus respectivos países para que el Estado pudiera seguir gastando y, también en esta ocasión, mal. Las empresas y particulares nos quedamos a dos velas, es verdad, pero no hay traslación de efectos perversos a generaciones futuras. Eso sí, tenga claro que se la están dando con queso, porque esa financiación privilegiada para gobiernos y bancos la obtienen a su costa, es menor crédito para el ciudadano.

Yo soy de las que eliminaría los bancos centrales, lo reconozco, pero entre una cosa y otra, igual me quedo con Draghi. Y más cuando le oí decir el otro día que “no hay que gastar lo que no se tiene”. Que es una frase que debería tatuarse cada ministro de Economía español, cada vez que se incumpliera el sano equilibrio presupuestario.

Otro gallo cantaría


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