Godivaciones

El infierno de las buenas intenciones del Gobierno

Las buenas intenciones del Gobierno de Mariano Rajoy deben tener una sala especial en el infierno, una  estancia bien grande. Porque cada semana somos obsequiados, sea por un miembro del gobierno, sea por el propio presidente, con una lindeza que señala un camino de baldosas amarillas brillantes por donde llegar a Oz, como Dorothy, el Espantapájaros, el León y el Hombre de Hojalata, para ver al famoso Mago. Detrás de las buenas intenciones de Mariano y de cualquier político actual, se esconde una sofisticada versión de tramposo de toda la vida, a quien tanto le debe la especie humana.

El tramposo troglodita en versión 4.0

Ya cuando éramos cazadores-recolectores, la aparición del llamado free-rider (o gorrón) que disfrutaba de los resultados obtenidos con el esfuerzo colectivo pero que no colaboraba, dio lugar a una habilidad especial para reconocer quién estaba aprovechándose de la comunidad. Al principio, el criterio se centraba estrictamente en el que no colaborase. Pero el ser humano se fue sofisticando y entendimos que alguien podía no colaborar por error o ignorancia. Y ahí surgió el análisis de las intenciones ajenas. ¿Querías aplacar tu hambre comiendo mamut cuando te has escondido detrás de un árbol para no tener que cazar? ¡Te han pillado! No hay carne de mamut para ti.  Aunque parezca simple, los seres humanos hemos desarrollado poco a poco un conjunto muy prolijo de habilidades para detectar al tramposo: el reconocimiento de los rasgos de nuestra familia, porque los extraños eran menos confiables, los ritos de iniciación de los clubs cuya pertenencia era una garantía de fiabilidad, los juramentos, los contratos, la penalización de la mentira…

Pero las cosas han cambiado. Y resulta que el gorrón es admitido siempre que cumpla determinados requisitos: a) cuando pone por delante una causa que mueve las emociones del respetable, b) cuando es político, cuyo servicio a la patria nadie tiene derecho a cuestionar, y c) cuando se trata de engañar a un mentiroso. Los demás casos son tan mal vistos como siempre, pero estos tres se han integrado en el sistema como parte del ADN de Occidente. Si yo defiendo a los pobres, los niños, las viudas, los enfermos o los exiliados políticos, por ejemplo, pidiendo subvenciones al Estado, puedo vivir de los demás. Todo el mundo me considerará alguien generoso. Si defiendo exactamente la misma causa y lo hago buscando financiación privada para lucrarme y poder alimentar a mi prole, nadie lo va a entender y me van a acusar de vivir del mal ajeno.

El despreciable es el segundo caso, porque el primero, aunque también vive de lo que saca de las arcas del Gobierno, como el dinero procede de tu bolsillo pero te lo quitan sin darte cuenta vía impuestos, no se nota. Si soy un político, como estoy al servicio de la ciudadanía (sobre el papel) nadie puede desconfiar de mí, incluso si todos sabemos que buscan votos, preferimos pensar que lo que reclama el político, que su lucha por el poder, esconde una gran sensibilidad ante la necesidad ajena y un profundo respeto por los más débiles. Si soy un ciudadano y engaño a alguien que engaña a su vez, se puede hacer la vista gorda. ¿Y eso cómo se ve en la vida real?

El caso del aforamiento irreal

Este lunes, el presidente Rajoy anunció ante el Comité Ejecutivo del PP la intención de estudiar una posiblereducción del número de aforados que hay en España.  Hay casi diez mil entre los propios miembros del Gobierno, diputados, senadores, parlamentarios autonómicos, jueces y magistrados. Todos ellos, duermen tranquilos pensando en esa intención de estudiar la posibilidad. Y aún lo harían si se designara una Comisión al efecto.

Como político, Rajoy tiene derecho a mentir. La complejidad de la vida humana en el siglo XXI explica que en nuestros cerebros etiquetemos las mentiras de los políticos de diferentes maneras: anuncios (como el caso que estudiamos), promesas electorales, requisitos exigidos por  instituciones supranacionales, etc.  Normalmente están relacionadas. Por ejemplo, puede suceder que un anuncio termine convirtiéndose en una promesa electoral. El precio que los ciudadanos de a pie ponemos a este consentimiento, a sabiendas de que abusan de nosotros, es la apatía. Es una mala venganza porque a los políticos les da igual que les dediquemos miradas vacunas impertérritas mientras nos cuentan sandeces como lo que Rajoy ha contado a los suyos, pero en alto para que lo oigamos todos. Habrá pensado: “Y si eso ya tal” y se habrá quedado tan ancho.

Y  lo que nosotros, pueblo sometido voluntariamente, población de leones cobardes, robots sin corazón, hombres de paja descerebrados y niñas irresponsables y cursis, debemos tener siempre en mente para estar a salvo de estos charlatanes (los de todos los partidos) es una sola cosa. Al final del camino de baldosas está la ciudad de Oz, cuyo Mago, capaz de satisfacer las necesidades de todos…. es solamente un viejo loco.


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