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Los incentivos: los "juguetes rotos" de la economía

El pasado viernes, el Instituto Juan de Mariana le otorgaba su premio al catedrático de Economía Pedro Schwartz. En su discurso de agradecimiento, el profesor Schwartz señalaba como uno de los errores de John Stuart Mill, el famoso economista inglés de mediados del siglo XIX a quien dedicó su tesis doctoral en economía, la separación entre las leyes de la producción y las leyes de la distribución. Y se preguntaba Pedro Schwartz qué razones habrían llevado a Mill a suponer que el productor no se va a fijar ni va a ser influido por el modo y manera en que se distribuyan los bienes y servicios. Ese detallito apuntado por Pedro Schwartz tiene mucha más miga de la que parece porque deja entrever cuál es la madre del cordero, la pieza clave de la economía: los incentivos.

Las estrellas olvidadas de la economía

La reflexión del profesor Schwartz y la alusión a los incentivos como clave del comportamiento económico del ser humano, y por descontado del no económico, se acerca a cómo vivimos los problemas el común de los mortales, pero choca estrepitosamente con lo que nos cuentan los periódicos.

Efectivamente, desde niños, los incentivos negativos, pero en especial los positivos, nos enseñan a tomar decisiones para lograr mejorar nuestra situación o para evitar un mal. No es el único factor que influye, obviamente. El desarrollo temporal de esos incentivos, si se trata de un castigo futuro, y como cuánto de futuro, es muy importante. La duración del incentivo, la solidez de la autoridad que lo aplica son todos ellos factores relevantes a la hora de estudiar esos motores de la acción humana. Por ejemplo, si tu madre es tan despistada que se le olvida que te ha castigado, tu tendencia a hacer como que lo has olvidado tú también y zafarte será considerable. Y es un caso real.

Pero, si todo esto está tan claro ¿por qué cuando leo Vozpópuli ayer me encuentro a José Manuel Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea, “bronqueando” a Zapatero y Miguel Ángel Fernández Ordóñez en los siguientes términos: “Sospechábamos de las cajas y nos decían que estaba todo perfecto”? Pero va más allá: “La población debería preguntarse por qué existe la crisis en España”. ¡Nos señala a todos! No puede ser… un pueblo tan responsable, que vota en conciencia al político preparado, al servicio de la sociedad, de probada honestidad… Para quien no se haya dado cuenta, estoy siendo irónica. No por nada, es simplemente porque, habida cuenta de los 41.000 millones de ayudas para sanear el sistema financiero que hay que devolver con el sudor de mi frente (y de la suya, y de las de nuestros hijos y nietos), pues o me pongo irónica o me dan ganas de salir a la calle gritando.

Mi pregunta es ¿qué incentivos tenían Zapatero y MAFO para actuar así?

España: el que puede, la hace, siempre que no la pague

Ahí está la respuesta. Actuaron así porque podían, porque estaban avalados por los votos que ensalzaron al PSOE a la segunda legislatura. Por lo mismo que Montoro, Guindos y Rajoy hacen lo que pueden hacer, avalados por una victoria electoral. Y suma y sigue. El que miente lo hace porque no tiene incentivos para dejar de hacerlo. Y si la frase de Durao Barroso hubiera terminado con un “y por eso están donde están” o “por eso se les ha sancionado, por mentir”, pues otro gallo cantaría, pero el pueblo español es como esa madre olvidadiza, y nuestros políticos lo saben muy bien.

Por eso, los incentivos, no solamente como prevención de comportamientos indeseados en política, sino como motores de las buenas decisiones económicas de todos nosotros, son como los “juguetes rotos” que el genial director Manolo Summers retrató en la película del mismo nombre. En ella recorría las vidas de actores, deportistas y gente que en un momento dado habían sido aclamadas por el público, que al caer en el olvido se habían convencido de que ya no servían para nada. Summers denunciaba con su peculiar estilo una enorme injusticia. La misma que Pedro Schwartz señalaba al criticar a John Stuart Mill, y que debería hacernos pensar. Nos engañan porque no tienen incentivos para no hacerlo. 


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