Godivaciones

A favor de la independencia... económica

Este fin de semana de elecciones catalanas casi todos los españoles nos hemos quitado el gorro de entrenadores de fútbol y nos hemos puesto el de analistas políticos. El domingo por la tarde CiU consiguió su objetivo, perdió estrepitosamente, ganó el nacionalismo, el independentismo, la abstención, la izquierda radical… todos. Hubo aplausos hasta para el PSOE porque sigue siendo candidato a futuros pactos y “estaba difícil dada la situación tan complicada” según leí en las redes sociales.

La resaca electoral a gusto del particular

Cataluña amaneció el lunes más fragmentada (lo que para mí no es necesariamente malo) y esperando que Mas se derrumbara por completo, se inclinara hacia la derecha o que lo hiciera hacia la izquierda. A estas alturas creo que una gran parte de los ciudadanos sospechamos que lo hará hacia la PSC y ERC. ¿Derrumbarse? Un Moisés como Mas no se apea de la poltrona ni aunque se lo recete el médico. Y mucho menos cuando se puede hacer un apaño para sobrevivir. Incluso, bien pensado, tiene la posibilidad de a) seguir con el referéndum anti-constitucional y si sale, bien y si no, pues no pasa nada, ya ha ganado su particular batalla; b) puede aliarse con PSC, casi cadáver, que estará encantado de firmar lo que sea con tal de figurar y poder afirmar que sigue siendo relevante; y c) puede pactar con ERC en aquellos asuntos espinosos que requieran decisiones tan descabelladas como sea posible, y tener alguien a quien echarle la culpa. Y si, de repente, Artur Mas decide que de lo dicho nada, puede dejarse querer por Alicia Sánchez-Camacho y enseñarle a las izquierdas que no se está tan mal entre dos aguas.

Un Moisés como Mas no se apea de la poltrona ni aunque se lo recete el médico. 

En mi opinión, no hay nada nuevo bajo el sol. Lo único, que ha aflorado el independentismo que ya sabíamos que existía y que estaba oculto bajo los faldones de CiU. Pero lo relevante ahora mismo, a mi entender, no es la independencia que tanto dicen ansiar, sino quién paga la factura y a cuánto asciende. Y no se sabe. Lo demás es hojarasca. De hecho, muchos ciudadanos de "Madrit", es decir, de cualquier sitio que no sea Cataluña, estaban tan cansados del mismo debate, los mismos ataques, la cansina crispación y los lloriqueos persistentes que claramente declaraban su preferencia por la independencia catalana pero con todas las de la ley. Es decir, por delante la independencia económica. Y, a pesar de las cuentas de Sala i Martín, esa no fue la opción de Mas. Tuvo que ver que su idea absurda de que sin pertenecer a Europa Cataluña podía tener un sitio en las instituciones europeas se vino abajo.

Independencia económica de verdad

El caso es que la independencia económica sería un logro histórico sin par. Yo la apoyo sin ninguna duda. La razón es clara: finalmente algo sería diferente en este país. Somos el país de los 25 años de PER andaluz, los 100 años del carbón en Asturias, 50 años de INI y la secuela, el SEPI que aún gestiona empresas tan boyantes como la corporación RTVE. Nuestra tradición económica es la de nutrirnos de los impuestos, de la riqueza generada por los demás, aunque sea insuficiente, aunque terminemos destruyendo más de lo que gastamos y nos veamos a un déficit estructural altísimo (un 5% según Jesús Fernández-Villaverde de FEDEA). Una variable es estructural cuando es permanente, cuando no depende de circunstancias temporales. Nuestra economía solita genera un exceso de gastos sobre ingresos equivalente al 5% de la riqueza que se crea, en circunstancias normales. Y cuando vienen los “malvados extranjeros” a pedir que bajemos el déficit nos lanzamos a la calle a exigir que no se pague ni un duro de deuda y que se siga gastando. Esa es nuestra mentalidad como decisores económicos.

La independencia económica de Cataluña, o de la autonomía que sea, implicaría que el Estado tiene una cosa menos que gestionar, un presupuesto menos que vigilar, un montón de gastos menos que asumir y, efectivamente, también menos ingresos que recaudar. Pero la actitud de “puedo vivir sin la ayuda de mis papás” sería un ejemplo para las demás autonomías, para los bancos que dependen del poder político, para las empresas que no quieren competir sin subvención (traducción: no saben competir) y también para los ciudadanos que cumplen el perfil de llamar a mamá cada vez que se les rompe una uña.

Las razones que se aducen para no permitirlo, además de los motivos de unidad nacional, que dejo a un lado en mi argumento, es la solidaridad entre autonomías, que todos los españoles tienen derecho a lo mismo, en las mismas condiciones. Pero esa falacia cada vez cuela menos, porque lo que sabemos es que unas comunidades autónomas viven creando y otras gastando. Los ciudadanos, a medida que nuestro bolsillo se ve afectado por la crisis, se plantean si quieren financiar con impuestos los gastos de las comunidades más manirrotas. Y como nadie pone orden presupuestario, creo que una solución sería independizar económicamente a las comunidades y que cada cual se las apañe. Y luego ya el territorio, la nación, la bandera y el himno, que se organicen, como siempre, en función de quién nos defiende de los enemigos. ¿El Ejército español? Pues españoles.


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